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Mundo Diners al día

'Conjuro para cazar venados' y la violencia machista

por Damián De La Torre Ayora

Obra Malayerba
El Hierbero (Francisco Ordóñez), Rafael (Alfredo Espinosa), Irene (Andrea Ruíz), Laura (Nadine Muñoz) y Carlos (Ignacio de Vries) ‘disparan’ reflexiones frente al machismo. Foto: Cortesía Emilio Narváez.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

La imagen de una mujer desaparecida recibe al público que llega al Teatro Malayerba, en este espacio escénico se presenta la primera temporada de Conjuro para cazar venados, una obra que convierte la cacería en una metáfora de la violencia que puede instalarse dentro de una familia.

Al llegar al Teatro Malayerba, antes de que comience la función, algo ya incomoda. En el piso aparecen los anuncios de una mujer desaparecida: Mariana Obregón. Ayúdanos a encontrarla. Estas hojas desperdigadas son la apertura de telón de Conjuro para cazar venados.

El teatro, que ha representado a la sociedad, empieza a recordarnos que algunas historias no necesitan escenario. Entre enero y julio de 2026 se registraron 4.341 denuncias por desaparición de personas en Ecuador. 2.164 correspondieron a adolescentes de entre 12 y 17 años. Más que cifras, Mariana es un rostro, y eso importa.

Ya tras la tercera campanada asoma Rafael. Está desnudo y es perseguido por la sombra de un venado. La imagen tiene algo de sueño y de amenaza. Es también una primera pista para entender que en esta obra la cacería no tardará en dejar de ser una actividad hasta convertirse en una forma de mirar al otro.

La familia, ¿un territorio de caza?

La obra, escrita por la dramaturga mexicana Ginna Álvarez y dirigida en Quito por la ecuatoriana Isadora Fonseca, parte de una situación aparentemente simple. Una familia viaja al monte para celebrar los quince años de Irene y cazar venados. 

Solo que los animales no aparecen. Entonces, la escopeta cambia de dirección. Lo que sigue es un thriller psicológico que encuentra en esta familia el espacio más inquietante para hablar de violencia machista.

Lo interesante es que la obra no necesita explicarlo todo. La violencia está en la dramaturgia, en los cuerpos, en los silencios y en el desarrollo de los personajes. Fonseca parece confiar en que el espectador puede completar las reflexiones que quedan abiertas. Esa decisión evita el panfleto.

La quinceañera Irene vivirá una celebración nada inocente. La adolescencia empieza a ser observada como el momento en que un cuerpo femenino entra en un mundo que ya tiene otras reglas. La pérdida de la inocencia no ocurre solamente en lo que Irene descubre, sino en la manera en que los demás empiezan a mirarla hasta desaparecerla.

La familia se convierte así en una pequeña maquinaria de roles. Carlos, el padrino, representa una masculinidad depredadora. Laura, un modelo de sometimiento que ella misma reproduce, y Rafael encarna una masculinidad debilitada por el Alzheimer, pero acompañada por los códigos del hombre cazador. 

El personaje de Carlos se construye de manera progresiva. Sus rasgos se acentúan y su presencia se vuelve cada vez más incómoda hasta alcanzar, hacia el final, una dimensión casi terrorífica. Rafael sostiene otra clase de dificultad al pasar con rapidez de la dureza del macho a la vulnerabilidad de un hombre extraviado por el olvido. Sus lagunas de memoria convierten al espectador en participante de un juego de recuerdos, dudas y regresos.

Laura orbita alrededor de una idea de maternidad y de esposa ejemplar, pero desde la resignación. Hay en ella una mujer que fue cazada y que termina transmitiendo a su hija aquello que aprendió como mandato.

Conjuro para cazar venados

  • Se presenta en Casa Teatro Malayerba (Sodiro 345 y Av. 6 de Diciembre 345, diagonal al Churo de la Alameda, en Quito).
  • Las funciones serán el 21 de agosto a las 20:00, el 22 a las 19:00 y el 23 de agosto a las 18:00. La entrada cuesta USD 12.
  • Elenco: Alfredo Espinosa (Rafael), Nadine Muñoz (Laura), Ignacio de Vries (Carlos), Andrea Ruíz (Irene) y Francisco Ordóñez (el Hierbero).
  • Producción: Isadora Fonseca (directora), Ginna Álvarez (dramaturgia), Tadeo Gangotena (música), Sebastián Iturralde (escenografía) y Juana Arias (vestuario).

Atmósfera contagiosa

La escopeta Remington 22 es un instrumento de caza, pero también un regalo que pretende cuidar a Irene. Un arma para defenderse y, al mismo tiempo, la evidencia de lo insuficiente que puede ser esa protección cuando no cambian las condiciones violentas. ¿De qué sirve entregar un arma si realmente no se está a salvo?

Por su parte, la dirección encuentra su fuerza narrativa en los detalles. La iluminación construye un ambiente de niebla y una tonalidad sepia que parece reproducir la nubosidad de una memoria. Las luces azules y rojas modifican el clima emocional. La música en vivo, con el teclado como acompañamiento, sostiene esa sensación de estar dentro de un recuerdo que nunca termina de aclararse.

El parpadeo del foco de la lámpara de la sala es constante, reforzando la idea de que habita una falla de conexión. Alguien siempre está bebiendo en escena, lo que se convierte en un signo de un estado de inconsciencia, como si la familia avanzara hacia su propia tragedia bajo los efectos de una embriaguez compartida. 

En medio de tanta tensión, el personaje del Hierbero introduce una respiración necesaria. No exactamente una pausa cómica, sino una bocanada que da al espectador el aire antes de volver a entrar en la oscuridad. Su presencia entrelaza cómo una problemática contemporánea está arraigada en la cultura popular.

Quizá, el mayor acierto de Conjuro para cazar venados es no convertir la violencia en discurso, sino en atmósfera. La cacería que propone no ocurre únicamente en el monte, pues está en la familia, en los roles aprendidos y en aquello que se transmite de generación en (de)generación.

Por eso, cuando las luces se apagan, la historia de Mariana resuena de otra manera. El anuncio que encontramos al entrar ya no parece un recurso teatral, sino el conjuro de una advertencia: la violencia no termina cuando cae el telón y eso es realmente lo monstruoso.  

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Acerca de Damián De La Torre Ayora

Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora y condujo el programa radial In-Cultos. Ganador del Eugenio Espejo UNP y Artes Vivas de Loja.
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