Carlos Vargas Cesa (Guayaquil, 1996) tiene un pie en su tierra natal y otro, cruzando el charco, en Barcelona, donde vive desde hace diez años. Y debe ser que la lejanía, la distancia, como suele pasar con los migrantes, hace que se encienda en su pincel la chispa de la nostalgia. “Cuando pinto, me gusta pintar lo que es esencial para mí y, al estar tan lejos, recurro bastante al pasado, a mis recuerdos o sensaciones. Al final termino gravitando hacia los recuerdos, a la familia, a cosas que he hecho o que me han definido”.
El artista creció en el medio artístico guayaquileño. Su madre es coleccionista y su entorno siempre estuvo rodeado de pinturas, esculturas y obra gráfica. Llegaban amigos pintores a su casa y él fue gravitando por ahí, primero, por curiosidad sobre el oficio y, luego, terminó pintando. Tuvo a Pedro Dávila como maestro hasta que se fue a la universidad a estudiar Diseño. Luego, cada verano se encontraban de forma intermitente hasta que decidió estudiar Pintura durante tres años más en una academia de arte en Barcelona.
Verse en el espejo

En la obra de Vargas Cesa hay algunos autorretratos, empezando por “Autorretrato con lagartija”. Su propia imagen tiene protagonismo dentro de su exploración pictórica. “Lo que me gusta del autorretrato es la libertad que me da. Me conozco tan bien que me da libertad expresiva superior, me puedo desenvolver más libre”.
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