
Ahora mucha gente vacaciona en las costas pero, en otros siglos, el mar era sinónimo de miedo. El cambio empezó gracias a los poetas y a los médicos del siglo XIX, quienes recomendaban el agua del océano para sanar las enfermedades del cuerpo y de la mente. Aquel fue el arranque de la playa como un fenómeno turístico.
El estrecho de los Dardanelos es un brazo de mar entre Asia y Europa. Según un mito griego, los amantes Hero y Leandro vivían separados, uno en cada orilla. En las noches, ella encendía una antorcha en lo alto de su torre para que el muchacho cruzase el mar a nado y la visitase. Sin embargo, una madrugada el viento invernal apagó la llama y Leandro se ahogó. A la mañana siguiente, Hero encontró su cadáver en la playa.
Por extraño que parezca ahora, descubrir cuerpos en las costas no era una rareza en la antigüedad. Y es que los instrumentos y materiales de fabricación rudimentarios, así como las guerras y la piratería provocaban toda clase de naufragios. Entonces, para evitar esos hallazgos terribles sobre la arena y el mal agüero, la gente prefería alejarse de la playa.
Pero entre los siglos XVIII y XIX la costumbre cambió: los médicos empezaron a recomendar el baño en agua marina para curar enfermedades. La gente obedeció. Y aquel fue el inicio de una moda que hoy se ha convertido en el ‘turismo de masas’.
La playa de otro tiempo
En 1968, el arqueólogo Mario Napoli estaba excavando una necrópolis en la colonia griega de Posidonia, al sur de Italia. Allí, descubrió una sepultura con cinco losas recubiertas con frescos, uno de ellos ilustra a un joven haciendo un clavado a en cierta ensenada. El lugar se llama la Tumba del Nadador y es una muestra de la relevancia del mar y las playas en la Grecia antigua.
Al tratarse de un pueblo que vivió rodeado por el Mediterráneo, la alimentación y el comercio dependían de él en gran medida. Pero esa convivencia también desnudaba el peligro, lo que provocó una relación ambivalente de miedo y necesidad, como explica Marie-Claire Beaulieu en The Sea in the Greek Imagination.
Por otra parte, los romanos construían villas en las costas, aunque no con el objeto de asolearse o nadar; solo les atraía el clima y la comida. Para refrescarse optaban por las piscinas y los baños públicos. El bronceado, en cambio, era una consecuencia de la gimnasia al aire libre y no del reposo sobre la arena.

Fuera de Europa, había sitios en los que la playa sí servía para entretenerse. Por ejemplo, cuando el navegante James Cook llegó a la Polinesia observó que la gente se divertía encaramándose sobre fragmentos de canoas y dejándose empujar a la costa por las olas. Y en Hawái se organizaban competencias deportivas en las orillas del Pacífico.
Mientras tanto, en el antiguo Perú las playas eran el sitio escogido para secar los botes o caballitos de totora tras las faenas de pesca y comercio. Eran un lugar de trabajo y convivencia diaria.
La invención de los sublime

El historiador francés Alain Corbin explica que quizá los siglos XVIII y XIX marcan un cambio en la manera de entender los océanos, sobre todo por el inicio del Romanticismo y las nuevas teorías médicas.
Hasta ese tiempo, la lectura de los clásicos griegos o la Biblia con su diluvio universal alejaban a la gente de la playa. Aunque el mayor repelente era la enfermedad, pues las plagas a menudo entraban en Europa y América a bordo de un barco.
Sin embargo, los médicos de la segunda mitad de 1700 propusieron una teoría diferente: el océano no daña, más bien cura. Uno de ellos fue Richard Russell (1687-1759), quien publicó un tratado en el que recomendaba tanto el baño como la ingestión de agua marina para curar las enfermedades glandulares.
De todas maneras, aquellas visitas poco tenían que ver con las de los vacacionistas actuales. La gente solo cumplía prescripciones médicas, con inmersiones puntuales e ingestión controlada.
Al mismo tiempo, entre los intelectuales románticos circulaban los escritos de pensadores como Immanuel Kant (1724-1804), quien recurría al mar para redefinir la naturaleza de lo sublime. En su Crítica del juicio escribió que la inmensidad del mar es inabarcable para el ser humano, de modo que la razón lo recrea y lo redefine. Lo sublime de los océanos, según él, no es otra cosa que una manifestación de lo que hay dentro de las personas.
Estas ideas fueron claves porque mientras la gente de la Edad Media temía a los océanos, la del periodo romántico se acercó a ellos para curarse y tratar de entenderse a sí misma.
El 'Grand Tour'

Los estudiantes universitarios del siglo XIX visitaron Italia y el sur de Francia inspirados por los ideales románticos. Era una forma de completar su educación formal conociendo las ruinas de las culturas que proliferaron alrededor del Mediterráneo.
Por tratarse de años sabáticos, estas vacaciones conocidas como ‘Grand Tour’ solo estaban al alcance del aristócrata o del hijo de un burgués adinerado, sin embargo, terminarían popularizando destinos como la Costa Azul o las Dos Sicilias.
Si bien la gente aún no acudía en masa las playas, las crónicas de los viajeros del Grand Tour eran un imán por su promesa de paz y salud. El poeta Lord Byron, un entusiasta del veraneo costero que hasta emuló el nado de Leandro en los Dardanelos, escribió en aquel tiempo:
Hay placer en los bosques sin senderos,
hay un arrebato en la costa solitaria,
hay compañía donde nadie irrumpe,
junto al mar profundo y su rugido musical.
Al mismo tiempo, los médicos aumentaron el rango de enfermedades que los océanos podían curar. Así, Henri Noppe, Louis François Verhaeghe y Petrus Marinus Mess enviaban a sus pacientes adinerados a la costa neerlandesa o belga para sanar desde la ansiedad y el cambio de humor hasta los dolores menstruales.
Pero el auge fue poco después cuando los ferrocarriles facilitaron los viajes más baratos y rápidos. El historiador británico John K. Walton en su ensayo The Demand for Working-Class Seaside Holidays in Victorian England explica que a finales del siglo XIX y principios del XX hubo una expansión en la demanda de vacaciones entre la clase media para ir a la playa.

Y en 1936 el Frente Popular, una coalición de izquierdas que gobernaba Francia, estableció las primeras vacaciones pagadas para todos los trabajadores. Enseguida, las playas se llenaron. La Costa Azul y el Mediterráneo español eran los destinos predilectos. Y el anhelo de belleza romántico evolucionó en un rito anual de desconexión y renovamiento.
El historiador Alain Corbin afirma que la playa como destino de ocio es, justamente, un invento moderno o, mejor, un efecto de los transportes rápidos y las conquistas laborales del siglo XX. La arena y los mares han estado allí mucho antes que los humanos, pero nosotros, por la convivencia y las necesidades de cada época, los convertimos en bellos o temibles.
Cinco playas más populares del mundo
En rigor, no existe un ranking oficial de las playas más visitadas del mundo, sin embargo, revistas como Condé Nast Traveler suelen realizar votaciones entre sus lectores para escoger los destinos favoritos al momento de veranear cerca de los océanos. Cinco lugares se repiten en la mayoría de aquellos listados:
- Copacabana: ubicada en Río de Janeiro, Brasil, se trata de una playa particular pues no es un resort aislado, sino una plaza pública donde turistas y locales se reúnen, por supuesto, para broncearse y nadar, pero también para tener charlas con amigos y jugar futevôlei -fusión de fútbol y vóleibol-. Su popularidad resulta de una combinación de factores como el paisaje que incluye una playa semicircular con formaciones rocosas en los alrededores; además de la cercanía con la ciudad y la cultura carioca. Ha sido incluso escenario de grandes conciertos, por ejemplo, el de Shakira en mayo de 2026.
- Waikiki: al mencionar esta playa de Hawái es imposible no pensar en el surf, su deporte tradicional; se trata de uno de los destinos favoritos de los amantes de esa disciplina o de quienes desean aprenderla de su fuente original. Contiene un sinnúmero de escuelas de surf, tiendas, bares y restaurantes. Es un lugar pequeño y los guías locales recomiendan acudir temprano porque suele llenarse con demasiada rapidez.
- Bondi Beach: ubicada en Sídney, Australia, es la playa más deportiva de la lista, pues aunque también es un punto de encuentro de surfistas, hay además corredores, nadadores y hasta gimnastas, quienes aprovechan los paseos marítimos para ejercitarse. Estimaciones del gobierno local apuntan a que en 2024 hubo 2,64 millones de visitantes entre turistas nacionales y extranjeros. Su fama se debe a los deportes, la cercanía con una gran ciudad y la variedad de eventos culturales que suelen escoger esta locación como sede.
- White Beach, Boracay: es un viejo paraíso tropical en Filipinas que devino en destino del turismo masivo; las parejas de recién casados y las familias suelen escogerlo por sobre otros porque, a diferencia de Bondi Beach o Copacabana, no tiene grandes ciudades a su alrededor. Entre los atractivos se encuentran sus puestas de sol, la arena blanca y el agua tibia y celeste.
- Maya Bay: esta playa era un secreto guardado al sur de Tailandia hasta la aparición de la película La playa protagonizada por Leonardo DiCaprio. Y es que buena parte de la historia se filmó allí. Hoy, este paraíso está repleto de turistas, quienes aspiran a revivir la experiencia del joven mochilero del filme. Sin embargo, esta popularidad provocó tal presión turística que en 2018 las autoridades se vieron obligadas a cerrar el lugar para permitir la recuperación ambiental. Ahora se ha reabierto con ciertas restricciones, aun así, las autoridades calculan que el número de visitantes puede alcanzar los 5000 diarios.
