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Mundo Diners al día

A lomos de los caballitos de totora

por José Luis Barrera

Artesano de Huanchaco navega en Australia con uno de sus caballitos de totora.
Uno de los caballitos de totora navegó en 2016 en costas australianas de la mano del artesano de Huanchaco Carlos Ucañán. Foto: Olas Perú.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

Las olas se estrellan contra las playas de Huanchaco en Perú y mientras surfistas ultramodernos las desafían, los caballitos de totora aguardan en la arena a una estirpe casi extinta de pescadores. Le invitamos a conocerlos.

Esta es una historia sobre pescadores, pero no inicia en el mar, sino en el desierto. Por lo general, en la costa norte del Perú el agua termina cuando empiezan las dunas, el clima es seco y el cielo pasa del rojo al azul o al blanco sin que la tierra se inmute. Sin embargo, allí, donde crecen pocas plantas, emergieron civilizaciones.

Los moches, los chimúes -entre otros- construían gigantescas estructuras en la arena, al tiempo que sus canales regaban el suelo seco para extraer maíz, camote, yuca o calabaza. No obstante, el mar era importantísimo porque además de ofrecerles comida, les permitió conectarse con los actuales Ecuador y Chile, territorios desde los que llegaban spondylus y lapislázuli.

El Pacífico, a modo de carretera, lo recorrieron en botes ‘tup’, que los españoles, despistados por su forma, nombraron ‘caballitos de totora’.

Caballitos de totora del museo de la dama de Cao.
Caballito de totora en el museo del sitio 'El Brujo' en el distrito de Magdalena de Cao. Foto: José Luis Barrera.

Surfistas y pescadores

Del centro de la ciudad de Trujillo al balneario de Huanchaco hay treinta minutos de viaje en automóvil. Una vez en el lugar, aparecen europeos y norteamericanos que desfilan por el malecón al lado de la gente local llevando tablas de surf. Unos y otros saltan la barda que separa la playa de la ciudad para buscar esas olas que suelen alcanzar los tres metros.

Pero antes de que los surfistas aparezcan, hombres de torso anchísimo hunden en el agua su remo -una caña de bambú de dos metros- conduciendo las naves de totora mar adentro. Son los pescadores de Huanchaco, cuyo oficio persiste desde siglos atrás como si el agua helada lo hubiera congelado en el tiempo.

Terminada la faena, el caballito de totora atraca en la playa oliendo a sal y su piloto descarga un botín que cada vez contiene menos pescado: el aumento de barcos comerciales, la basura y la erosión están vaciando su mar.

Eso sí, con premio o sin él, el pescador debe cargar su bote de 40 kilos que, casi duplicó su peso por el agua, y luego colocarlo en la arena con la proa apuntando al cielo. Gracias a los vientos gélidos, la nave se escurrirá salvándose de la putrefacción.

Caballitos de totora en Huanchaco.
Los caballitos de totora se secan en la playa al atardecer mientras en el mar surfistas 'corren' las olas. Foto: José Luis Barrera.

Caballitos de totora

Al norte de Huanchaco, hay una reserva de totorales donde se le asignó a cada pescador el cuidado de los estanques de los que extraerán la materia prima de los ‘tup’. Esas cañas tardan meses en tener al tamaño necesario, después hay que segarlas y dejar que sequen previo a construir los botes. Dependiendo del número de veces que zarpen, la duración de estos podría alcanzar a lo sumo noventa días, así que el trabajo es largo, pero su vida breve y frenética.

La pesca deja poca ganancia ahora, por lo mismo, los jóvenes empiezan a abandonarla, enfocándose en el surf. Incluso los que aún ejercen el oficio ancestral optan por hacerlo temprano, de modo que cuando los turistas despiertan es posible llevarlos de paseo por treinta minutos a bordo de un caballito de totora y a cambio 15 dólares. Los foráneos entonces ocupan en el barco el mismo sitial que el pescado.

En el desierto y el mar

Caballito de totora en cerámica de Lambayeque.
Los caballitos de totora aparecen en distintos objetos cerámicos de culturas precolombinas como moche, chimú, lambayeque.

Algunos historiadores dicen que navegar a bordo de caballitos de totora es una tradición de más de tres milenios y es probable que sea verdad: en el norte peruano los dioses de otro tiempo hasta tienen barba y cabello con forma de olas porque, antes igual que ahora, el mar lo es todo y sus corrientes significan vida y muerte.

Hoy, carreteras y vehículos parten en dos a las ciudades antiguas como Chan Chan, al tiempo que la vorágine turística succiona los totorales y los transforma en parcelas que son o serán hoteles y tiendas de ropa deportiva.

Los pescadores ancestrales -ya de cuarenta o cincuenta años- parecen los últimos sobrevivientes de una raza milenaria, mas no es cierto: sus hijos no reniegan del pasado, lo adaptaron a una época de surf y tablas que, según ellos, ‘corren’ las olas mejor que una balsa antigua.

De hecho, un joven guía local le dice a su grupo de turistas: “los extranjeros cuando vienen al Perú piensan que aquí solo hubo incas, la verdad es que ellos ni siquiera existían en el tiempo en que mis ancestros ya estaban recorriendo los mares a bordo de los caballitos de totora; aquí, el océano y la tierra guardan historia y ninguno de los dos se va a cansar de contarla”.

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