
El 5 de julio de 1946 Louis Réard presentó en Francia una indumentaria que iba a transformar al mundo de la moda: el bikini. Para conmemorarlo, en esa fecha se celebra cada año su día internacional. Y es que esa prenda de vestir desafió costumbres y liberó a las mujeres, quienes hasta entonces preferían esconder sus cuerpos.
Empezaba el verano de 1946 y dos hombres competían por presentar el traje de baño femenino más corto del mundo. Uno era diseñador de modas y el otro, un ingeniero mecánico. Este, Louis Réard, ganó la batalla con su invento: el bikini.
Pero su victoria no fue sencilla, ya que pocas mujeres se atrevían a usar aquella prenda en los años cuarenta. Entonces, Réard tuvo que recurrir a una bailarina del Casino París para que lo modelara por primera vez. Luego, estrellas del cine como Brigitte Bardot o Elizabeth Taylor lo popularizaron.
Y aunque la palabra ‘explosión’ puede parecer exagerada, en el caso del bikini es precisa. Ese traje de baño detonó la moda de su tiempo, de modo que hasta su nombre hace referencia a las pruebas nucleares que se realizaban en el atolón de Bikini durante la Guerra Fría porque, allá, el fuego desnudaba a la tierra de la vegetación…
Nadar entre victorianos
En Occidente, por casi quince siglos el pudor escondió el cuerpo, sobre todo femenino. Además, las playas no eran sitios a los que la gente acudiese para descansar, pues solían relacionarlas con tormentas y pestes. Apenas en el siglo XIX se superó el miedo y los turistas aparecieron llevando consigo, eso sí, la moral de los tiempos de la reina Victoria de Inglaterra (1837-1901).
Quizá por eso las mujeres solo entraban al agua completamente vestidas. Sus trajes de algodón incluían blusa de manga larga o de tres cuartos, corsés, pantalones bombachos, gorros y una caseta llamada bathing machine.

Aquella estructura medía 2,5 metros de largo por 1,8 de ancho. Las bañistas se metían allí con ropa de paseo y se cambiaban dentro. Mientras tanto, los caballos arrastraban el armatoste hasta el mar y, una vez listas, las ocupantes salían al agua sin haber pisado la arena.
Pero la natación cambió la moda. Las jóvenes se interesaron por competir en eventos de aquel deporte y el traje victoriano, que al mojarse se volvía tan pesado como una coraza, se hizo inútil.

Así, miembros de clubes de natación femeninos empezaron a imponer trajes de una sola pieza con mangas, pantalones hasta las rodillas y cuello alto. Pero, a principios del siglo XX, una nadadora profesional australiana, Annette Kellerman, se rebeló también contra ellos.
Ella defendía el deporte como base de una buena salud porque superó una discapacidad gracias a la práctica diaria de la natación. Durante sus entrenamientos, comprendió que los trajes seguían siendo pesados por el algodón y decidió crear uno con tejido de punto elástico. Este era ajustado y sin mangas ni perneras.
Se dice que fue arrestada en Boston por lucirlo en público. Aun así, sus intentos de cruzar a nado el Canal de la Mancha o las competencias en el río Danubio, le granjearon tal popularidad que terminó convirtiéndose en estrella de cine y teatro. Luego, comercializó su propia marca de trajes de baño inspirados en su primer diseño.
Los ancestros del bikini

Sicilia es una isla italiana repleta de sitios arqueológicos. Los hay griegos, fenicios y, por supuesto, romanos. Entre estos últimos se encuentra el de la villa del Casale que destaca por sus frescos decorativos. Al más famoso se lo conoce popularmente como ‘el mosaico del bikini’.
En él se observa a algunas mujeres practicando deportes, por ejemplo, lanzamiento de disco o levantamiento de pesas. Todas visten dos prendas: una cubre sus pechos y la otra, la zona de la pelvis. Los historiadores creen que no se trataba de un conjunto y que su función era deportiva e íntima.
En Japón, en cambio, las buceadoras tradicionales o Ama utilizaban un taparrabos y una tira de algodón blanco para sujetar el pecho. Al principio, ellas se sumergían en busca de perlas con el torso desnudo, pero en el siglo XIX se impuso el otro estilo por la influencia de los europeos y americanos.
En otras partes del planeta como la Polinesia, las mujeres han practicado por siglos sus danzas tradicionales con trajes compuestos por faldas hechas con cortezas de hibisco, palma o rafia y un cobertor superior de cocos ahuecados y recubiertos con flores y conchas.
El nacimiento del bikini

Aquel traje se mantuvo vigente sin mayores variaciones hasta los años treinta. En 1932, Jacques Heim, dueño de una casa de modas parisina, lanzó uno de dos piezas y lo llamó ‘átomo’ porque era, entonces, “el más corto del mundo”. Casi nadie estaba dispuesto a usarlo y no tuvo éxito.
En junio de 1946, tras la Guerra Mundial, Heim relanzó la prenda. Sin embargo, en julio, el ingeniero Louis Réard, administrador de la tienda de lencería de su madre, presentó el bikini. La diferencia principal entre ambos era que el átomo cubría el ombligo y una porción de las piernas, mientras que el otro revelaba el vientre y parte de los glúteos.
A falta de modelos dispuestas a lucir su invento, Réard contrató a Micheline Bernardini, bailarina de desnudos del Casino de París. El 5 de julio, ambos aparecieron en una piscina pública ante una multitud de periodistas. Muy cerca, los bañistas miraban la escena con sorpresa y desagrado.
Y es que, como explica la historiadora de la moda Audrey Millet, para la gente de la primera mitad del siglo XX, el ombligo era un símbolo de maternidad y, como tal, debía mantenerse en la esfera de lo privado y no mostrarse en un balneario.
Las imágenes de aquella rueda de prensa recorrieron el mundo. Por ejemplo, el International Herald Tribune, versión europea del New York Herald, publicó nueve notas sobre el lanzamiento. Y, al poco, el buzón de correo de Micheline Bernardini se llenó de 50 000 cartas de admiradores. Todo un fenómeno viral antes de la aparición de las redes sociales.
Aun así, países como España, Italia y Portugal vetaron el uso del bikini por años y, aunque el lanzamiento fue un éxito mediático, no se tradujo en una conquista comercial hasta que las estrellas del cine empezaron a utilizarlo.

En 1952, Brigitte Bardot, una actriz de diecisiete años, protagonizó Manina, la chica del bikini. Luego, para promocionar esa película, estuvo paseándose con esos trajes de baño por varias playas de Francia. Los fotógrafos que la perseguían filtraron las imágenes a la prensa y el efecto fue tan poderoso que rebasó el filme. Pronto, estrellas como Sophia Loren, Anita Ekberg y hasta Elizabeth Taylor lucían bikinis en público.
La columnista de Harper’s Bazaar y Vogue, Diana Vreeland escribió que aquel "fue el invento más importante después de la bomba atómica”. Según ella, provocó una revolución entre las mujeres que ya no se puede detener, toda vez que tras años de vergüenza, ellas finalmente se atrevieron a liberar su cuerpo y mostrarlo sin miedo.

