Verticalizar la mirada

Pese a que el campo visual humano es horizontal y la fotografía, el cine y otras artes se han adaptado tradicionalmente a esa norma, el smartphone y algunas plataformas sociales le están dando un giro de noventa grados a la realidad.

Había pensado escribir que la verticalización del mundo empezó por iniciativa de alguna plataforma que quiso evitarnos la fatiga de girar nuestros teléfonos celulares para mejorar la experiencia, pero no es cierto. Aunque la norma y nuestro campo visual siempre han sido horizontales, hay antecedentes de mirada vertical en el arte, la pintura, la fotografía, la escultura, la arquitectura y las letras. Incluso en la política, la teoría social y la economía.

Fotografía: Shutterstock

Sin embargo, nada de lo anterior hizo que nos acostumbráramos a ver en vertical ese mundo plano al que accedemos a través de pantallas, y que, pese a los esfuerzos tecnológicos, aún no se puede saborear, oler o tocar, como lo está haciendo un aparato que se creó en un principio para hablar y escuchar, y ahora ha sumado tantas funciones: el smartphone. O, mejor dicho, el modelo que determinó lo que son hoy en día los teléfonos celulares.

Presentado en 2007, el iPhone original no solo dispuso de una interfaz táctil, sino que, al estar pensado para ser operado con una sola mano, fue diseñado con una relación de aspecto vertical 3:4. Es decir con la misma proporción entre altura y ancho que tuvo la televisión hasta 2009, pero una pantalla de 3,5 pulgadas. Una dimensión que después fue mejorada por Samsung y sus teléfonos con pantalla de cuatro pulgadas y una relación de aspecto vertical 9:16, es decir, más alargada.

Aunque las pantallas de los teléfonos celulares pronto se hicieron más grandes, esa proporción se convirtió en tendencia para los demás smartphones, según se lee en el artículo “Narrativa de la animación 2D en formato vertical”, y se aplicó al diseño de televisiones, computadoras y otras pantallas. Ya estandarizado el modelo, lo siguiente fue reducir los marcos de los teléfonos para dejar más espacio a las pantallas.

Si el smartphone se hizo para usarse en vertical lo raro hubiese sido que la gente siguiera capturando por mucho tiempo imágenes y videos exclusivamente de manera horizontal, solo porque la fotografía, los formatos de video y la mayoría de dispositivos basados en la visualización de imágenes estaban pensados horizontalmente hasta antes de 2007, cuando Steve Jobs presentó el iPhone.

Desde entonces la norma de horizontalidad fue cambiando, sin que importara mucho que quienes crecimos con la televisión y el cine, ambos medios horizontales, al principio nos tomáramos la molestia de girar el teléfono a 180 grados antes de disparar, con el argumento de que “ya pues, qué te cuesta ponerlo en horizontal si luego vas a aprovechar mejor toda la pantalla de, por ejemplo, tu laptop o el formato de YouTube”. Pero para los que crecieron con el smartphone y las plataformas sociales las cosas son distintas.

Para ellos buena parte de la realidad no solo es plana sino, además, vertical.

Snapchat y las artes de composición

La mayor parte de contenido digital circula hoy en día a través de teléfonos celulares, sin embargo, Facebook y las primeras plataformas digitales se pensaron originalmente para usarse en pantallas rectangulares de computadoras, no en smartphones. La primera plataforma que sacó provecho de la verticalidad fue Snapchat, a la cual se hace responsable de promover y permitir crear contenido nativo para celulares.

Snapchat fue presentada en 2011 como un proyecto estudiantil en la Universidad de Stanford. Desde el principio se caracterizó por lo efímero de sus fotos y videos que, luego de un tiempo predefinido, se borraban y no era posible recuperar. Después fueron los geofiltros (o filtros geográficos disponibles solo para alguna comunidad) y los efectos y demás filtros creativos y estéticos que no son otra cosa que realidad aumentada.

Como a Snapchat le fue bien, el resto no se demoró en copiarle, como se ve en el formato de las historias verticales de Facebook e Instagram (y en sus filtros), los estados de WhatsApp, la fugacidad de los fleets(+) que no funcionaron en Twitter y fueron eliminados de la plataforma, la verticalidad de TikTok y los reels de Instagram. Además, Instagram se distingue por un formato de publicación cuadrado o una relación de aspecto 1:1. Todo eso por influencia de Snapchat.

Otra tecnología sobre la que conviene hablar para entender la verticalización de la mirada es la fotografía. Patentada en 1839, la cámara de fotos se desarrolló a partir un formato panorámico y horizontal, por la sencilla razón de que así, mediante un campo de visión más ancho, no sería muy diferente de la forma en que vemos naturalmente, del espectro visual que tenemos frente a los ojos los humanos.

Le siguieron el cine, la televisión y, una vez que se entrelazaron las tecnologías mediáticas con las tecnologías informáticas durante el siglo XX, también los medios digitales y las primeras plataformas. Luego tuvimos que acostumbrarnos a componer imágenes en espacios más chicos, dados por el tamaño de las pantallas de los teléfonos celulares, y después verticalmente, aunque la tendencia dominante en el lenguaje visual siguiera siendo horizontal.

Sin embargo, la verticalización de la mirada tiene sus ventajas, y la principal es que la imagen de una persona erguida es siempre vertical: por eso, los retratos se hacen casi siempre en ese formato. Al reducir la anchura del campo visual, se eliminan distracciones de los lados y se centra la atención en el objeto o ser representado, sobre todo en la parte superior de las imágenes, de modo que se realzan expresiones, gestos y rasgos faciales. El formato vertical sería en ese sentido un modo más humano (y por ende más potente) de mirarnos.

Además, crea una sensación de hondura con respecto al primer plano de la toma (ser u objeto representado) y el resto de elementos que están dentro del encuadre, y contribuye a la percepción de que algo falta, de que no está todo lo que debería en la imagen, es decir, aporta profundidad y despierta cierta intriga. Esto último seguramente porque nuestro campo de visión habitual no ha cambiado, solo que con la llegada del smartphone y Snapchat miramos el mundo cada vez más a noventa grados.

El regreso a la verticalidad

Si el teléfono celular es vertical y los contenidos en Internet son prácticamente ilimitados, lo normal fue que no tardara mucho en crearse una forma de interacción adecuada para ambos. La posibilidad de navegar hacia abajo utilizando el mouse o un dedo, sin necesidad de detenerse a dar clics o, lo que es igual, el scroll infinito que se usa en la mayoría de dispositivos táctiles y plataformas, significó el retorno a la verticalidad de los rollos de pergamino que reinaron en el mundo anterior al libro.

Aunque el papel y las pantallas son planos, las segundas están hechas para actualizarse constantemente, cambian de un contenido a otro según el ánimo del usuario o el narrador, y nos permiten interactuar con o a través de ellas, de un modo no lineal, diferente a la forma en que lo hacíamos en los medios previos a Internet. Esa es la condición espacial y temporal novedosa de las pantallas a la que se refiere en algunos de sus estudios el profesor Javier Díaz Noci. Además, alteran la forma en que escribimos (las normas de escritura web se basan en que leer en pantallas es más cansado para la vista que leer en papel) y cómo nos relacionamos entre nosotros y con diferentes contenidos.

Los formatos verticales resaltan también por el mayor espacio que ocupan incluso en los muros o timelines de plataformas tradicionales.

No conformes con lo anterior, las pantallas están cambiando el ángulo del encuadre en el que nos miramos. En el texto ya citado, Narrativa de la animación 2D en formato vertical, sus autores argumentan que el hecho de que las personas creen de manera espontánea contenido vertical “les permite aceptar que noticias, narraciones artísticas o comerciales lo hagan también”, y que eso hace posible una perspectiva distinta en la relación entre los dispositivos y conceptos de filmación y visualización tanto en quienes producimos como en quienes vemos.

Mediante aquella relación las narrativas en formatos verticales han pasado de considerarse algo raro o pasajero, a entenderse como un formato más espontáneo, cercano e incluso menos elaborado, auténtico, íntimo o real, aunque no siempre lo sean. Allí radica una parte de su éxito.

El dinamismo de los contenidos cambiantes que miramos en las viejas pantallas explica por qué capturan con facilidad nuestra atención. Y a partir del encuentro entre el smartphone y las plataformas digitales, su inmediatez, novedad tecnológica y lo efímero de formatos como las historias de Instagram o Facebook, se entiende la fascinación por las pantallas más chicas y actuales.

Los formatos verticales resaltan también por el mayor espacio que ocupan incluso en los muros o timelines de plataformas tradicionales como Facebook y Twitter, que son verticales. Y podrían ser mejor aprovechadas por medios, industrias culturales o narradores de todas las edades, pero los que crecimos mirando horizontalmente no siempre estamos dispuestos a hacer más angosta la mirada.

Sobre todo, cuando se trata de contenidos considerados artísticos o profesionales. E independientemente de que, también impulsadas por el peso de la costumbre, seguramente las nuevas generaciones de usuarios y narradores apostarán cada vez más por el regreso a la verticalidad.

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