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Mundo Diners al día

Buscando fe en la cruz de Jesús del Gran Poder

por Damián De La Torre Ayora

Viernes Santo
Cucuruchos recorren las calles del Centro de Quito, durante el Viernes Santo.
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

En la primera parte de esta crónica, uno de nuestros periodistas se inscribió como cucurucho para entender desde adentro una tradición que mezcla fe y penitencia. En Viernes Santo, con ayuno incluido, se sumó a la Procesión de Jesús del Gran Poder.

En la plaza de San Francisco, una multitud se inclina y junta las manos con devoción cuando, en medio de un intenso resguardo, aparece la escultura de Jesús del Gran Poder. Los pétalos de rosas caen como una lluvia lenta. La gente se santigua una y otra vez. Algunos lloran, otros sonríen, muchos levantan el celular sin dejar de persignarse para atesorar el momento. La fe se desborda y, por un instante, se siente menos como una procesión y más como la llegada de una súper estrella.

La procesión en cifras

  • 1.700 trajes de cucuruchos fueron alquilados en el Convento de San Francisco.
  • 4.000 cucuruchos y verónicas participaron en la procesión.
  • 7 kilómetros fue el recorrido.
  • 200.000 fieles presenciaron el peregrinaje.

El despertar

Amanezco en ayunas. Parecería que los pájaros también están en recogimiento. Son las cinco y media y, a diferencia de otras mañanas, en esta, de Viernes Santo, no se oye su canto.

Respiro más lento de lo normal, como si el día me exigiera otra velocidad. Pienso que es parte del proceso, que no basta con ponerse el traje de cucurucho, que hay que entrar de alguna manera al hábito. Sé que no tengo fe, pero sí mucha intención.

Dejar de comer no es una regla que deba cumplir para estar a la altura del rito, pero lo hago porque siento que así estoy más a tono con la Procesión de Jesús del Gran Poder y con el camino que me espera.

San Francisco abre los brazos

Cuando llego a San Francisco, la plaza ya está despierta. No hay el bullicio habitual, pero cientos de personas ya se congregan desde las seis de la mañana. Sin necesidad de demasiadas explicaciones, las filas se organizan en los patios del colegio franciscano San Andrés. 

Los frailes y los voluntarios se mueven con precisión. Con listas en mano se verifican nombres, tallas de los trajes y se dan las últimas instrucciones. Todo se da con una naturalidad que solo llega después de tantos años de organizar y afinar detalles para una procesión que ocurre solo una vez al año.  

En las canchas de básquet han levantado unas carpas blancas que funcionan como vestidores improvisados, pero casi nadie entra. La mayoría se cambia al aire libre, como si el pudor sobre el cuerpo propio y ajeno se pusiera en pausa. Encima, desde lo alto, la Virgen del Panecillo es testigo de la escena.

Cuando me entregan la túnica, la sostengo unos segundos antes de ponérmela. Es una tela simple, sin mayor peso, pero hay algo simbólico que la vuelve más densa. No es un disfraz. Tampoco es exactamente un uniforme. Es, más bien, la llave que abre la puerta hacia la penitencia. Ya vestidos, las identidades se diluyen.  Todos somos cucuruchos, fieles y devotos.

A mi lado, un hombre se sienta para quitarse los zapatos. No me mira cuando habla.

—Vengo por mi hijo. Estuvo enfermo. Ya está bien.

No dice más y no hace falta. Unos metros más allá, una mujer le dice a otra que consiguió trabajo después de meses de búsqueda y que ahora toca agradecer. Las historias se cuentan sin dramatismo. 

José lleva trece años viniendo. Mientras se acomoda el hábito, comenta que prefiere caminar cuando llueve.

—Con el sol uno se cocina aquí adentro, explica, golpeándose el pecho cubierto con el traje.

Cerca de la salida, una señora llora. Sus lágrimas caen antes de empezar a caminar. No me atrevo a preguntarle por qué está aquí. Hay cruces que es mejor que se queden ahí, en ese nudo en la garganta. Yo sigo sin tener del todo clara cuál es la mía.

Arranca el viacrucis

Antes de salir, varios se toman de las manos y rezan. No hay un padre que dirija la oración ni una voz que se imponga. Más bien, son murmullos los que cruzan de un lado al otro. Bajo la cabeza, no rezo, pero trato de sentir la fe de mi alrededor.

La piedra fría del piso recibe a los primeros que deciden andar descalzos. Pienso, con un poco de ingenuidad y desconocimiento, que esa es la penitencia más leve. El sol empieza a calentar el asfalto y caminar sin zapatos se vuelve un calvario para las plantas de los pies.

Hay quienes se azotan con ortiga, unos arrastran cadenas, otros llevan el cuerpo envuelto con alambres de púas. Días atrás, el padre John Castro, entrenador de cucuruchos, decía que ese tipo de prácticas son cada vez menos frecuentes; pero observo que cientos se autocastigan.

La procesión avanza despacio, como si el tiempo se hubiera estirado. La imagen de San Juan, patrono de la juventud, sale primero, alrededor de las diez y media. Más tarde le sigue la Señora de los Dolores. Y, al mediodía exacto, el toque de las dianas rompe los cánticos y aparece la escultura de Jesús del Gran Poder.

El capirote sobre mi cabeza me reduce la visión. El mundo se vuelve más pequeño y comienzo a notar el calor y un espesor que hace lenta mi respiración. 

En medio del recorrido, un hombre me muestra su brazo. Tiene diecisiete cortes.

—Cada uno es de cuando caí a la lagartera (cárcel) —dice.

Ahora trabaja y me asegura que ha cambiado. Que lleva “años de agradecimiento y pidiendo no caer en la tentación”.

María, de 62 años, Paula (30) y Joselyn (8) son cucuruchas. Abuela, madre y nieta caminan juntas. Ellas han armado un corcho con fotos de toda su familia y lo cargan con devoción. Cuentan que participan como ofrenda para tener salud todo el año.

Lo pintoresco también está presente. Hasta los perros participan. Un salchicha pasa a mi lado vestido con su capirote y en vez de collar lleva un rosario. Esto, mientras los bolsos para termos de cucuruchos y los capibaras vestidos de púrpura se agotan entre las personas que miran la procesión.

Aún no llegamos a la tercera estación, aquella donde Jesús cae por primera vez, y ya se nota el peso de la cruz (pueden llegar a los 100 kilos). Apenas en la segunda estación, un hombre vestido de Cristo tropieza. Ha caminado menos de un kilómetro y el peso lo vence. Los paramédicos de la Cruz Roja, ubicados en la Plaza Grande, corren a asistirlo. No pasa de los raspones y el susto. Otros cucuruchos se acercan, levantan la cruz, la sostienen y lo ayudan. 

Para muchos, el cansancio llega sin aviso y las piernas siguen por inercia. El calor se acumula bajo la túnica en la cuesta de la calle Vargas rumbo a la Basílica. Larga y empinada, nos pone a prueba a todos. El paso es más lento, pero no se detiene.

Las estaciones continúan. Hay momentos de canto y otros de silencio en las tres horas de peregrinación. Miro alrededor y entiendo que ya no estoy observando desde afuera. Soy parte de esa marea morada que se desplaza lentamente por las calles.

El recorrido se acerca a su final y no hay un cambio brusco en el ritmo. Nadie acelera y se mantiene la cadencia al compás de: “¡Oh, buen Jesús!, yo creo firmemente, que por mi bien, estás en el altar…”.

Cuando todo termina, no hay aplausos ni cierre formal. Cada uno empieza a retirarse, a quitarse el capirote, a recuperar el rostro y los veinte dólares y la cédula que se dejan de prenda por el traje. Me quedo unos segundos más, como si necesitara entender qué acaba de pasar. Durante años vi esto desde la vereda y pensaba que bastaba con mirar.

No sé si encontré fe. No sé si eso era lo que vine a buscar. No sé si creo, pero ahora sé que la duda también camina. Hay cosas que pesan distinto cuando uno las carga: el calor, el silencio, la culpa ajena y la fe de otros. Tengo hambre y no es de comida.

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Acerca de Damián De La Torre Ayora

Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora y condujo el programa radial In-Cultos. Ganador del Eugenio Espejo UNP y Artes Vivas de Loja.
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