Llega la Semana Santa y con ella, además de la fanesca, los cucuruchos, uno de los personajes más populares por estos días. ¿Sabía que tienen antepasados europeos? Se lo contamos en: El chisme histórico.
En 1961 se realizó la primera procesión con la imagen de Jesús del Gran Poder. A la cabeza iba esta escultura del siglo XVII y rodeando al Cristo, rebautizado por el sacerdote Francisco Fernández, avanzaban seres cuyo rostro siempre ha sido desconocido para la mayoría de personas: los cucuruchos.
El antepasado europeo
Cucurucho es una palabra que surge del italiano ‘cucuruccio’ y que hace referencia a un cartón enrollado con la forma de un cono. Aquella palabra es el origen del nombre popularizado entre los penitentes quiteños, sin embargo, su historia no empezó en Italia, sino en España.

Allá, los Reyes Católicos instituyeron el tribunal del Santo Oficio en 1478 para cuidar el alma de los cristianos del Reino. El proceso o auto de fe que organizaba esa institución era complejo y contenía algunas partes: más allá del castigo definitivo -la hoguera-, arrepentidos y no arrepentidos tenían que pasar por un juicio y cumplir la penitencia de caminar por las calles de la ciudad llevando bonetes, corozas o capirotes.
Estas prendas entonces no eran de un solo color y su diseño dependía del nivel del castigo. Así, si el penitente estaba condenado a la pena capital por falta de arrepentimiento o la naturaleza de su pecado, el cono era rojo, pero, si por el contrario, se había reconciliado con la Iglesia era amarillo y contenía cruces coloradas o llamas invertidas para simbolizar su liberación de la hoguera.
Las corozas no iban solas, el tocado se completaba con el sambenito, una especie de gran poncho de lana. Igual que la otra prenda tenía diseños distintos que variaban según el castigo: escapularios cocidos al frente, cruces rojas, colores negros o carmesíes.
Tras el auto de fe, ambas prendas quedaban colgadas en la nave de la iglesia parroquial y con el nombre del condenado sobre ellas. Este -si no había muerto en la hoguera- o sus descendientes hasta tres generaciones debían sentarse al pie para que se recordase el pecado.
Aparte de la vergüenza, dicho castigo anulaba de la vida pública a esas personas porque su falta de ‘pureza’ no les permitía acceder a ningún cargo o a estudiar. Aquel es el origen de la expresión ‘colgar el sambenito’ para referirse a alguien al que se le ha atribuido una culpa que no le corresponde.
El cucurucho ecuatoriano
Aunque los cucuruchos son populares gracias al Jesús del Gran Poder contemporáneo, en realidad llegaron con otras tradiciones religiosas durante la Colonia, donde aparecían en medio de viejas procesiones.
Hoy, estos personajes con capirote y túnica lila llevan sobre sus hombros el peso de la cruz para luego ir pidiendo caridad por las casas. Es un sacrificio que nace de la esperanza o del agradecimiento por un favor divino ya recibido.
Junto a ellos desfilan las verónicas, mujeres con lienzos análogos a los de aquellas que limpiaron el rostro de Cristo luego de su muerte; también está el matracadero, un personaje que hace sonar ese instrumento a su paso, los santos varones que, con ropas blancas, llevan el cofre donde reposa el cuerpo de Jesús, María Magdalena y los soldados romanos.
Convertirse en cucurucho no es fácil y requiere preparación espiritual, sin embargo, los que lo hacen, a menudo, no abandonan su camino por años con la convicción de que su accionar los acerca a Dios.

El cucurucho a través del tiempo
Lo cierto es que los historiadores afirman que las hermandades penitenciales del siglo XV en Sevilla adoptaron el capirote para sus procesiones en un intento de acercarse a Dios, al fin y al cabo, pese a su relación tenebrosa, era un símbolo de humildad y penitencia.
Dichas procesiones se hacían en homenaje a la Vera Cruz, por lo que la gente caminaba por las calles liderada por la imagen de Cristo crucificado. Iban con la espalda desnuda para la flagelación y el rostro cubierto por un antifaz.
Según los historiadores, el primer registro escrito de que se adoptase el capirote para tales eventos corresponde a las reglas de vestir de la Hermandad Hiniesta en 1565. En ese documento se menciona además que los caminantes iban con los pies desnudos salvo que sufriesen alguna enfermedad.

Los grandes autos de fe españoles dejaron de practicarse a finales del siglo XVIII sustituyéndose con procesos más pequeños -‘autillos’- donde los bonetes seguían siendo protagonistas, aunque solo dentro de los tribunales. Mientras que su uso en procesiones religiosas era una costumbre mucho más acentuada.
Las hermandades escogieron colores representativos para la prenda, en su mayoría el morado, señal de penitencia. Otras opciones eran el negro para el luto por Cristo, el rojo por su sangre, el blanco para referirse a la pureza y el verde por la esperanza de la resurrección.
Aunque el rey Carlos III en el siglo XVIII quiso eliminar las procesiones porque solían contener penitencias crueles -autoflagelaciones, sobre todo-, estas, aunque mucho más moderadas, han sobrevivido hasta hoy porque ya no son meramente un acto religioso, sino un símbolo cultural como en el caso de Sevilla, Cadiz o Quito en América. La ironía es que el cucurucho nacido con la Inquisición ha logrado sobrevivirla pues fue disuelta en 1834.

