Hay santos que imponen. Francisco de Asís, en cambio, desarma. No me refiero al ícono, sino al hombre. Lo descubrí por una biografía que leí de adolescente. Decía que amaba a los animales con una ternura exagerada, pero tenía repulsión por los sapos. Y, aun así, los acariciaba. Los besaba, aunque le revolvieran el estómago. Ese acto me pareció, desde entonces, una forma radical de coherencia.
Hace unos meses estaba en Italia por asuntos familiares y, por casualidad, la ciudad del santo ecologista quedaba cerca, así que decidí ir a dar un paseo. Pensé que me encontraría con otro parque temático de la fe, como me pasó en el Vaticano o en Jerusalén. Pero encontré otra cosa.
Asís (o Assisi en italiano) es una ciudad que no presume su santidad. Es como si se negara a participar de su propia leyenda. Se deja mirar, pero no se ofrece. Hay turistas, claro, pero, por alguna razón difícil de explicar, cuando llegan ahí empiezan a caminar más lento. Como si no estuviera permitido el apuro.
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