En Salango viven los buzos ancestrales del Ecuador. Con una sola respiración, piedras atadas a su cintura y pinzas en su nariz se sumergieron a estudiar el mar con tal audacia que convirtieron este lugar en uno de los centros ceremoniales más antiguos de la costa del Pacífico y el principal exportador de conchas spondylus. Excavaciones tardías, un pueblo que depredó su oro y una fábrica han borrado parte de su historia señorial.
Es jueves de verano y hace frío frente al mar, pero un grupo de pescadores jóvenes y delgados, vestidos con camisetas desgastadas y pantalones doblados a media pierna, dan un espectáculo al pueblo de Salango. Los niños ayudan a desembarcar en la orilla y varios vecinos llegan hasta ahí para descubrir a los seres que emergen de las gavetas repletas de la faena del día. Hay peces pequeños y algunos pulpos, pero como si se tratara de una figura divina, todos van tras un pargo de casi un metro de largo, con cincuenta kilogramos de color y carne.
Cuando lo cazaron el mar estaba “en oscura”, como dicen los pescadores a los veintidós días del mes en los que la luna no alumbra las aguas, y los peces, iluminados por el blanco de sus cuerpos, brillan como luciérnagas desde la superficie en altamar.
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