Notoken: treinta años
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Notoken: treinta años

Fotos: Cortesía Julio Salame

Intro

Un grupo de pelados bebe en la casa de un amigo. Hace tres meses formaron una banda de hardcore-punk y ahora tienen afilados sus temas favoritos y también un par de inéditos (casi nadie los toca). Pero la banda no tiene nombre y nadie sabe que el de mañana será su primer concierto.

Entrada la madrugada, el guitarrista les dice que deberían ir a dormir para poder presentarse con algo de decencia. El dueño de casa le responde: “¿Sabes qué? Mejor sigamos bebiendo y mañana no toquen”.

(Carcajada grupal).

Toman la frase y como buenos punkeros la distorsionan, convirtiéndola en su nombre: Notoken. No lo sabían, pero con esa bandera se convertirían en una de las bandas más importantes del rock ecuatoriano. 

Es junio de 1991 en Guayaquil, Ecuador.

Guayakill

Le dicen El Manso, pero es todo menos eso.

Varios personajes arrechos de este país —para bien y para mal— han salido de este puerto incendiado por piratas. Es una ciudad viciada pero hermosa. Mucho sudor bullendo junto a una ría maltratada. 

De Guayakill han salido varias bandas de rock importantes del Ecuador, desde Los Corvets y Boddega, pasando por Blaze y Descontrolados, hasta The Cassettes. Una larga lista de nombres valiosos y pioneros que va desde los sesenta hasta pasado 2010. 

A inicios de los ochenta, el rock aparecía en la ciudad, en las tiendas que vendían caros los últimos discos de Metallica. Sonaba en horarios no estelares, en programas como Alto Voltaje, de 770 AM radio El Telégrafo. Se repartía gracias a la piratería y el trueque entre pelados chiros y migrantes.

Pateaba puertas y recibía portazos. Era un aluvión abriéndose paso a través de kermeses de colegios o locales inadecuados. Más tarde aparecieron los bares de rock y las casas okupa. Pero durante mucho tiempo fueron pocos los conciertos que llegaron a buen término. 

Para la susceptibilidad guayaca dominante, pegaban grupos como Los Enanitos Verdes o Soda Stereo: “rock-latino”, algo más “suave”. Pero el rock es resabio y hurga hacia adentro con las uñas. Si eso gustaba a las masas, a los roqueros les gustaba los grupos más agresivos, los más dementes, los que se creían edecanes de Satán. Y eso hacía ruido. El Guayakill ochentero no estaba listo para el concierto de la banda Moulin Rouge en el que decapitaron a una gallina, por ejemplo. 

Punkistein

En una ciudad del trópico tercermundista, los instrumentos musicales son un artículo suntuario; la mayoría de las veces, el rock tiene una relación tirante con el individuo chiro. Tal era el caso de Julio Salame.

Su papá era roquero y vivió en Norteamérica en los sesenta. Allá se empapó con los Beatles, los Stones y algunos grupos mexicanos. Regresó con guitarras, amplificadores y hasta una batería, determinado a formar una banda con su hermano y su cuñado. Se llamaban Los Piedras. Esto hizo que Julio creciera reconociendo al rock entre sus raíces. 

Frente a su casa en el centro de Guayakill, cerca de Capitán Nájera, vivía otro personaje importante: Gabriel Ávila. A los dos les gustaba la música pesada. Se conocieron a los nueve años y desde entonces hicieron un pacto. En la banda que tendrían algún día, Julio sería baterista y Gabriel guitarrista. 

En su último año de secundaria se les dio un chance. Gabriel tocaba en la banda de su colegio y, según cuenta Julio, “tenían de todo, tenían equipos, tenían alumnos que sabían tocar instrumentos, pero les faltaba algo: un guitarrista”. Por su parte, Julio tenía una guitarra en casa y también ganas de tocarla. “Yo puedo decir que soy autodidacta porque empecé a analizar más o menos cómo era el asunto de la posición de las manos, haciendo los acordes, y me los iba aprendiendo, iba practicando”. Junto a ellos estaba también José Luis Mancero en el bajo.

En paralelo, había otro pelado, tanto o más embalado que ellos, que rondaba por las esquinas buscando una banda que aguantara sus gritos. Carlos Francisco Avilés —alias Carloco, en aquel entonces— quería ser vocalista de hardcore, pero no sabía con quién. Preguntando dio con una pista que lo condujo a Julio y Gabriel. Solían reunirse a chupar, joder y cagarse de risa afuera de un instituto de inglés. 

“Nunca pensé que iba a tocar quince años con él (Julio). Además, es un genio de la guitarra, y un doctor, un doctor de interpretar las ideas que yo le daba, ¿no? (sic)”, dice Carloco. 

Se juntaron porque escuchaban, respiraban y masticaban esta música que suena como los espasmos de una ametralladora descargando a destiempo. Sus referentes eran bandas como D.R.I. (Dirty Rotten Imbeciles), S.O.D. (Stormtroopers of Death) o Suicidal Tendencies. Música hecha para aguantar el voltaje del cabreo. 

Una sala de ensayo improvisada dentro de una fábrica de plásticos, en el kilómetro 5 de la vía a Daule, fue su punto de encuentro definitivo. Julio cuenta que su “entrada” al lugar fueron los amplificadores de su viejo, que tomaba prestados sin permiso a costa de unas cuantas puteadas. Ahí empezaron a tocar. 

Resiste Juan

Después de su primer concierto entraron en un remolino ascendente, pero violento. 

Carloco componía temas fácilmente, en ensayos o después de pogos improvisados en casa de Julio. En consecuencia, los toques eran cada vez más frecuentes y bacanes. A la gente le estaba gustando Notoken porque eran hardcore-punk-guayaco-consciente.En sus primeros quince años nos dejaron himnos del rock nacional como “Qué pasó sr. presidente”, “Fabricantes de armas” o “Niño de la calle”. 

“Los ataques oligarcas cesarán./ Y los ricos a los pobres ayudarán./ La paz entre los pueblos ¡reinará!/ ¡Qué ingenuidad! ¡Qué ingenuidad!” (del tema “Resiste Juan”). 

La gente que ha caminado por el Lado-B de Guayakill sabe lo que valen. Entre ellos está Klaus Carrera, gestor cultural, activista y mánager de bandas de todo tipo, que dice: “Su lírica antisistema, antifascista, contra el poder, fue la que me llevó a ir más allá (…). Resalto mucho la camaradería de la banda al momento de crear escena, nunca le hicieron fuchi a nada (sic) y siempre fueron muy mente abierta al tocar con otros movimientos dentro de la ciudad”.

Reportaje de Chimborazo por Dentro sobre la participación de Notoken en un concierto benéfico para los damnificados de la erupción del Tungurahua. Ecuador-2005 (Extraído del canal de Julio Notoken).

Aparecían con frecuencia en fanzines y discos compilatorios, locales e internacionales. En 1994 fueron reconocidos como banda destacada del Ecuador por Maximum Rock and Roll, la “biblia” del HC Punk a nivel mundial, según la comunidad punkera. En 1996 formaron parte de un demo tape (un casete) con una de las mejores bandas japonesas del mismo género. Su garra los estaba llevando mucho más allá de lo que imaginaron.

CarFran, la versión madura de Carloco, recuerda que su apogeo máximo llegó entre el 96 y el 97, cuando grabaron y editaron Detin Marinde dopingüe. 

“Créeme que jamás voy a poder sentir tal energía ni ver tal violencia musical como en esa época, éramos cinco. Ya entró Chivolo, el cantante actual de Notoken, como segundas voces. Chivolo entró con un griterío, hermano, ¡pero terrible!” (…). “Conseguimos un efecto pero que… no, no puedo describir eso. Era algo que yo… en una tarima podía eyacular hasta tres veces, loco”.

En aquel entonces la banda estaba conformada por Julio Salame en la guitarra, Gabriel Ávila en la batería, Marcos Correa en el bajo, José Chivolo Jiménez como segunda voz y Carloco como vocalista principal. 

Pero suele suceder que quienes son muy como ellos mismos tienen un lado muy pesado. Así era Carloco, que se dividía a sí mismo en dos. Uno componía las canciones y diseñaba los personajes que aparecían en portadas de discos y camisetas, como las mascotas de Notoken que se reconocen hasta hoy; otro era el que debía su existencia a una hoguera alimentada por el alcohol. 

Tenía todo el temple necesario para cantar hardcore y carecía de todo tipo de reparos. No temía mandar a la casa de la cultura a la policía, a los organizadores de los conciertos, a sus madres y a los otros miembros de la banda. Según cuenta, intentaron reemplazarlo algunas veces, pero la gente lo pedía de vuelta. 

La cosa se puso insufrible alrededor de 2006. En ese momento surgió un par de fechas posibles en Machala y después en Perú. Aunque ya tenían alrededor de once años girando dentro y fuera del Ecuador, cada toque que les permitía viajar se sentía como un regalo. 

CarFran cita la entrevista que Julio dio para el DVD de los veinticinco años de la banda: “Carlos me dijo que, si tocábamos en Machala, él iba a Machala, pero no iba a Perú. Y que, si queríamos que fuera a Perú, no iba a Machala (…). Yo era así, loco, y esa huevada era una huevada que a los manes los podría”. 

Después de eso, Carloco decidió separarse de la banda y partir a la Sierra para desintoxicarse. No pretendía despedirse para siempre, pero nunca llegó el reencuentro. Notoken siguió sin él, poniendo a Chivolo tras el micrófono. No podían desaprovechar la viada. 

Al final del día, cada quien hizo lo que creía más conveniente y el rock los sostuvo a todos en su lugar. 

Raza única 

Cumplir treinta años haciendo hardcore punk en el Ecuador podría significar que seguir existiendo es tu principal reconocimiento, incluso a pesar de ti mismo. Actualmente, Notoken está alcanzando esa posta, demostrando que hacer las cosas bajo su propia ley es una responsabilidad que se cumple con denuedo. 

Julio Salame es radiodifusor desde 1995. Es padre de familia, habla con candidez y evita las malas palabras; lleva con orgullo un piercing en la oreja y las camisetas de Notoken. Actualmente conduce un programa de música variada en radio Cristal. 

Gabriel Ávila sigue siendo el baterista de Notoken, desde los nueve años. Ahora también es diseñador gráfico y vive en Manta. 

El bajista actual de la banda es Daniel Salame, el hermano menor de Julio. Trabaja en La Troncal, en un almacén de repuestos de camiones. 

José Chivolo Jiménez entró en el 96 como voz de apoyo cuando cantaba Carloco. Desde 2006 se convirtió en titular del micrófono. En la actualidad trabaja como transportista independiente.

CarFran dice que le gustaría ver pronto el nuevo disco de Notoken. El último que sacaron con material inédito ya cumplió siete años. Por su parte, él sacó dos álbumes con su nueva banda QSQD (Qué Será Que Diablos). También está tratando de levantar su carrera de pintor. Ya no teme hablar de Carloco. 

En 2011, cumpliendo veinte años de carrera, tocaron en el QuitoFest, el que fuera el festival de música independiente más importante del Ecuador: un evento para bandas de talla mundial. Para entonces ya habían tocado tanto que valoraban igual los conciertos gratuitos para apoyar a causas sociales como los de grandes tarimas y multitudes.

Como buen profesional, al anunciar el cierre del show, Julio agradeció a los organizadores y dijo lo siguiente: “No hagas del rock and roll una etapa de tu vida. ¡Hazlo parte de tu vida!”. 

Notoken – “Punkistein” (En Vivo – QuitoFest 2011) (Extraído del canal de Julio Notoken.

Fiel a esa consigna, la banda no ha dejado de moverse. En 2020 aparecieron en cuatro compilados distintos, mientras trabajaban en su nuevo material. A pesar de los malos gobiernos, de la represión policial, de los terremotos, los golpes de Estado y la pandemia, no menguan sus ganas de enchufarse y sonar a todo volumen. 

Julio deja el siguiente mensaje: “Esto no es una competencia. No es un reality show. Es solamente tu destreza exteriorizándose hacia la comunidad. Hacia los roqueros y no roqueros. Que algún día alguien pueda ver (y decir): ‘¿Sabes qué? Esto lo hicieron unos locos en tal año, y me gusta. Lo puedo seguir disfrutando’”.

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