
Tras lo sucedido luego de la final del Mundial 2026, se temía que el público argentino boicoteara los shows de la cantante española Rosalía. No fue así. Los conciertos estuvieron a reventar y todos tan o más amigos como siempre.
El pasado 20 de julio, un día después de la final del mundial de fútbol en que España venció a Argentina, la influencer y modelo Mia Khalifa subió un video a redes en el que celebraba la victoria española cantando ‘La Perla’, un tema bastante bueno y muy conocido de Rosalía. El post de Khalifa incluía un mensaje, ‘así suena la vida ahora que las perlas fueron derrotadas’.
En la canción de Rosalía, una perla es un hombre, un mal hombre de rasgos específicos: ladrón de paz, el mayor desastre mundial y medalla olímpica de oro al más cabrón, entre otros. La cantante reposteó el vídeo y quizás sin saberlo, quererlo o adivinar el alcance que tendría una acción automática, se convirtió en una de las enemigas públicas que la República Argentina fue convocando tras el campeonato.
En el país del cono sur se llegó a montar una especie de campaña para convencer al público de que devolviera las entradas a los próximos conciertos de la cantante. No dio resultado.
La acción
Rosalía llegó a Buenos Aires el 30 de julio en un avión privado procedente de Chile. Salió de la pista del aeropuerto con escolta policial y fue directo al hotel Four Seasons, en Retiro, una zona exclusiva de la ciudad. No dio ruedas de prensa ni saludó con los fans que la esperaban ni hizo vida social. Hasta donde se sabe, permaneció en su habitación acompañada por su novia, la supermodelo francesa Loli Bahía. Este comportamiento, hermético y algo paranoico, daba para pensar que la tensión se detonaría de un momento a otro. Pero no.
Rosalía, que en sus redes eliminó el vídeo de Khalifa y pidió disculpas a los argentinos antes de viajar a su país, volvió a disculparse en persona durante su primer concierto. Estaba vestida de blanco y celeste, el pelo recogido, como una Eva Perón morocha y pop, y partió diciendo: madre mía, qué lío el otro día, yo ahí, scroleando, sin mirármelo mucho, rápido le doy un reposteo y… tremenda cagada, tío. Luego recordó el 2019, su primer concierto en Argentina, el apoyo total, y como tantos otros artistas se refirió a los argentinos como ‘el mejor público del mundo’. Los graderíos estallaron y el show continúo mucho mejor de lo previsto.
Ambos conciertos de Rosalía, 1 y 2 de agosto en el Movistar Arena de Buenos Aires, se dieron con localidades agotadas. No hubo boicot ni sabotaje, no hubo violencia dentro ni fuera del escenario, no hubo una multitud esperándola para golpearla o cortarle la cabeza, no hubo autos encendidos en llamas ni tuvo que llegar la policía cuando cantó ‘La Perla’; si alguien devolvió su entrada, pues alguien más la compró enseguida y pasó bomba. Triunfó la música. Luego de semanas cargadas de estupidez mediática, triunfó la razón.
La reflexión
El factor Rosalía se sumó a una serie de eventos y declaraciones que la prensa argentina llamó ‘Campaña anti-Argentina’. Hay soberbia en esto pues, veamos, ¿creen ustedes que hubo semejante cosa? Yo creo que no, creo que al darle tanta importancia al asunto se aplicó la famosa ‘argentinidad al palo’ y se aprovechó para crear contenido. Hubo decenas de programas de televisión, talk shows y todos los podcasts que uno pueda imaginar en que colegas argentinos respondían el supuesto bombardeo con misiles que no llegaron a nada pues carecían de objetivo real.
Se repitieron mil veces los mismos discursos: que Milei es un idiota, sí, pero no representa al pueblo argentino; que los argentinos no son racistas. Lo primero es cierto y en graves problemas estamos si hace falta aclararlo. Lo segundo tiene matices. ¿Cómo vamos a ser racistas los argentinos si acá llegaron italianos, españoles, polacos?, preguntaron; pues sí, gente de distintos países pero para estos efectos de una misma raza; sucede entonces, a la inversa, lo que plantea un cántico de la barra argentina, ‘juegan en Francia, pero son todos de Angola’. Sin mencionar que solo el 3% de argentinos reconoce tener ancestros indígenas.
Acá el problema es otro. Puede que Rosalía haya bajado el vídeo y pedido disculpas sólo para conservar la chamba, pero al menos yo le creo y la verdad nunca la sabremos. Ese es el problema. Si todo el mundo se cuida de decir lo que piensa y siente, es decir, se cuida de hablar con la verdad por miedo a reacciones y consecuencias, seguiremos engañados en la era de la hipocresía creada por las redes: la tendencia colectiva muy por encima del pensamiento individual ¿No tiene derecho, Mia Khalifa o quien sea, a que un país le caiga mal y a burlarse de él?, ¿no tiene derecho a hinchar por España?, ¿alguien ha escuchado los tanto peores insultos que se gritan en un graderío y de los que nadie se queja?
Al ver titulares y escuchar las conclusiones de sesudos y preocupados analistas que comentan con los puños en guardia, ¿no nos parece que la atención prestada a un hecho intrascendente, una verdadera tontería, fue desproporcionada?, ¿no se portaron, precisamente, como argentinos los argentinos?, ¿acaso eso es un pecado? Ahora que todos tenemos voz y voto, o que eso creemos porque nos lo hacen creer, ¿de qué sirve que podamos hablar si no podemos decir nada? Con razón el mundo está en guerra y, dijo Borges, que de paso invitaba siempre a sus compatriotas a ser universales, ‘toda guerra es un crimen’.

