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Antes de que existiera la cartera, existió el bolsillo. Antes del bolsillo, la bolsa atada a la cintura. Y antes de todo eso, la necesidad de tener las manos libres. Que esa solución, pensada en inicio solo para los hombres, tardara siglos en considerarse también válida para las mujeres dice menos sobre la moda que sobre el mundo que la produce.
Hay objetos tan cotidianos que se vuelven invisibles. El bolsillo es uno de ellos: ese pliegue de tela cosido a la ropa que hoy parece inevitable tuvo un origen incierto, una desaparición calculada y una reaparición siempre incompleta. Antes de que existiera como lo conocemos, se originó como bolsa.
La prueba más antigua de algo parecido a un bolsillo personal la ofrece Ötzi, el Hombre de Hielo, una momia de 5300 años hallada congelada en los Alpes austriacos, en 1991. Llevaba una bolsa cosida a su cinturón con un raspador, un punzón de hueso y un trozo de hongo seco. El inventario de un hombre en marcha que necesita tener todo cerca y las manos desocupadas.
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