
*Artículo de Opinión
Los villancicos tienen que ver con la historia de la humanidad, específicamente la europea y americana. Se supone que fueron esas creaciones sonoras dirigidas al pueblo, con cantante principal y a veces coros, que contaban lo que sucedía en las aldeas de la Edad Media: su historia, las relaciones entre sus habitantes, los problemas, los amores y alegrías. De esas villas salieron los “villancicos”, que empezaron a usarse en época navideña y, poco a poco, su carácter anecdótico desapareció y se vistió de algo más.
De un sentido religioso, ingenuo y hasta “pop” que no hay manera de encontrar algo negativo que decir de ellos más que disfrutarlos. Y hablo, particularmente, de esos villancicos que integran el cancionero latinoamericano. Así que no hay que darle más vueltas, los villancicos son una de las grandes experiencias del ser humano.
Están en el ADN de la totalidad de habitantes de los países de la parte occidental del planeta y no se puede negar que hay un momento en la vida, sobre todo en nuestra niñez, que los hemos cantado con toda la fuerza y fascinación posible, comparable a la pasión que una swiftie revela cuando escucha por parlantes o audífonos The Fate of Ophelia.
No hay manera de negar ese impacto. Es más, estoy convencido de que incluso la gente que dice odiar los villancicos guarda en su corazón uno favorito. No tengo dudas de que cuando va por la calle y suena El burrito sabanero, esa persona que dice que no los disfruta, tararea en su mente, como si estuviera cantando en un karaoke, el “tuqui, tuqui, tuqui, tuqui”, porque no tiene alternativa.
Si una canción como El africano, de Wilfrido Vargas, te obliga a levantarte de tu silla y volver a la pista de baile, aunque ya no sientas más que dolor en tus pies, este villancico no te permite nada más que cantarlo. Es así, ley de vida, la ciencia lo dice.
Los villancicos son los earworm (fragmentos musicales breves) por excelencia. Esa palabra en inglés que sirve para definir a esa melodía pegajosa que se te incrusta en la cabeza y no la puedes soltar, nunca. Quizás puede estar escondida en alguna esquina de tu cerebro, a la espera del momento preciso para salir y demostrar que una canción puede ser la banda sonora de algún recuerdo de Navidad, en este caso, feliz.
Es por la forma en que están hechos. Vienen con melodías que funcionan por su simpleza y repetición, aunque su estructura engaña. Se cantan con un sentido y, de un instante a otro, aparece el cambio o la modulación como un acto de sorpresa, para que nuestra atención sea removida y no nos perdamos de nada.
Ese clásico que es El burrito sabanero —compuesto por el venezolano Hugo Blanco, a mediados de los años 70— tiene una onda festiva desde el inicio, pero cuando aparece el estribillo, estalla: sube dos tonos para remarcar que el “tuqui, tuqui, tuqui, tuqui…” es el corazón del tema. Si no han escuchado la versión de la Rocola Bacalao, no saben de lo que se pierden.
Lo mismo sucede con las composiciones de Salvador Bustamante Celi, el lojano que es uno de los más reconocidos autores de villancicos en América Latina. Bustamante es nuestro Lennon y McCartney, si hablamos de este tipo de canciones y no exagero. Al menos tres de los grandes clásicos navideños son de su autoría: Dulce Jesús mío, Claveles y rosas y Ya viene el niñito, el verídico hat-trick.
Y en la primera de ellas —que tiene por letra unas novenas escritas por Fray Fernando de Jesús Larrea, en 1700— hay algo mágico. Cuando se canta “Ven a nuestras almas, niñito / ven no tardes tanto”, la melodía no resuelve, se queda colgada, al borde. Ese es un gesto mayor de composición, porque volvemos a la melodía de la estrofa y eso permite que haya una sensación cíclica, como si la canción no tuviera fin.
¿Cómo negar el poder de un villancico como el de Los peces en el río? No se sabe quién lo hizo, pero se presume que lleva ocho siglos acompañando a la humanidad que habla español y si eso no habla de lo perdurable de una canción, ya no sé qué más lo demuestra.
Esta maravilla en acordes menores es paradójica, por su sentido festivo en lo lírico y su contención en lo armónico. Es como si la letra fuese un llamado a la celebración —y sí, reconozco que al enfocarse en María desde una perspectiva de madre que debe encargarse de su hijo y considerada casi una figura celestial por hacerlo, la canción se vuelve problemática hoy en día— y la música solo quisiera invitarnos a beber para callar las penas. Ese tira y afloja de Los peces en el río representa muy bien lo que sucede a nivel sonoro en los villancicos.
Pero si nos enfocamos en la letra, hay que hacer un ejercicio de comprensión necesario. Porque los villancicos son canciones que cumplen un rol pedagógico con alcances religiosos. Entiendo que esto pueda ser denostado por varias personas, aunque realmente no es tan dramático.
La sencillez de sus letras, muchas veces onomatopéyicas —¿Qué diantres significa “Antón tiruliruliru / Antón tirulirulá”?— es porque están dirigidas a los niños y niñas, y eso exige una simplicidad que refleja la relación del adulto con el más pequeño: a más de cuidado, hay vocación de enseñanza en esa conexión entre ambos.
Líricamente, los villancicos son una forma muy elemental de catecismo, a un nivel bastante laico y por momentos ridículo. ¿Qué es lo que beben los peces por ver a Dios nacer si todo el tiempo están en el agua? ¿Cuál es la diferencia a que beban ante el nacimiento de Dios y lo que hacen a diario? Es como cuando en Bob Esponja, los personajes encienden una fogata en el fondo del océano; no tiene sentido, pero funciona.
Nada de eso reduce su importancia. El villancico es medular para nuestra educación sentimental. Es ese recordatorio anual de que en, en términos generales, hay algo de nuestra niñez que permanece más allá de lo nostálgico y que una buena canción, una gran melodía, se puede tararear con una sonrisa, más allá de si congeniamos o no con la letra. Con los villancicos es un tema más sensorial, no se trata de un discurso elaborado; sino de darle valor a lo simple y mirar al pasado con ojos de reconocimiento. Y, en el camino, vernos a nosotros mismos y al lugar del que venimos.
