Con su más reciente novela, La ceremonia de los pájaros, el escritor guayaquileño Adolfo Macías Huerta crea una fábula sobre el peso de las palabras, y la fragilidad de la existencia humana.
La ceremonia de los pájaros
En La ceremonia de los pájaros, Macías cuenta la historia de Gabriel Luzuriaga, un joven que vive en Madrid y tiene una relación particular con Nina, quien le está dando una mano para conseguir una entrevista con David Nebreda, fotógrafo que hace de su esquizofrenia el gran gesto conceptual para su obra.
Esta novela va a explicar la desaparición de Gabriel, pero también va a contar otras cosas. Uno de los focos está en su padre, Eduardo, quien ha muerto de cáncer, lo que detona el delirio del joven, uno que tiene que ver con la fantasía especulativa que terminará afectándole.
Gabriel está perdido desde antes de su desaparición y en su delirio querrá que esa fantasía sea una forma de agarrarse del padre muerto. Y aquí entra la figura de David Nebreda como su contrapunto. Macías permite que como lectores leamos a estos dos personajes como si se trataran de reflejos, pero con distintos destinos. Mientras las obsesiones y el terreno de las ideas de Nebreda lo ponen en peligro, pero no lo destruyen; Gabriel no puede detenerse ante lo terrorífico que empieza a abrazarlo.
Detrás del artista esquizofrénico hay un culto de personas que lo perciben como un ser que guarda para sí un secreto que ellos necesitan. Los nebredistas tienen cabida en la novela y una de ellas, Lausana, regala las páginas más desesperanzadoras y hermosas. En La ceremonia de los pájaros hay muchos seres con dolor, físico y mucho más interno, y en sus capítulos vamos a descubrir las distintas maneras que tienen para sobrellevarlo. Aunque a veces eso signifique ser víctimas de sus propias emociones.
El carácter coral de la novela aleja en varios pasajes al lector de la historia central y eso que puede considerarse un problema, es uno de los más grandes aciertos de Macías. Sobre todo porque en ese ejercicio coral, en esos detalles adicionales que aparecen, se construye una torre en la que todos hablan un mismo idioma —una manera de relacionarse con el mundo— que tiene que ver con el pasado, con dolores que no han sido solucionados y que son imposibles de resolver.
Hay que repetir algo: la claridad llega cuando la novela se ha terminado, cuando ese secreto ha sido develado en su totalidad. Antes hay mucha duda sobre lo que se lee y lo que el autor ha construido, pero la recompensa es mayúscula.
Macías, en ese gesto de colocar carta sobre carta y de no poner en evidencia todo lo que se tiene entre manos, sino hasta el propio cierre del texto, ha escrito capítulos que son realmente conmovedores. Aquel que cuenta cómo Eduardo, el padre de Gabriel, tiene que ir a la casa de cuidados paliativos porque su muerte está muy cerca, es capaz de transformar la despedida de alguien ante los objetos que han sido parte de su vida en algo hermoso. Es uno de los momentos más contundentes de la novela.
Al final, vamos a entender cómo Gabriel consigue aquello que no tenía que conseguir y por qué eso lo lleva a desaparecer de la faz de la tierra. Sin embargo, en el medio habrá una galería de personajes que desvelarán partes del camino recorrido y cómo estos pedazos y fragmentos son la forma más fiel de mostrar la fragilidad de lo humano, sobre todo cuando ellos no tienen más remedio que enfrentarse a lo que creen entender.
Macías y La ceremonia de los pájaros
- Adolfo Macías Huerta nació en Guayaquil, en 1960. Ha publicado más de 10 novelas y ha sido reconocido con varios premios como el Joaquín Gallegos Lara.
- Además de escritor, Macías es psicoterapeuta.
- Es un autor prolífico y en entrevistas ha hablado sobre que alguna vez recibió un pago de regalías por 2800 dólares por sus libros.
- El trabajo completo de escritura de La ceremonia de los pájaros novela le tomó a Macías un año y medio, aproximadamente.
- La novela surge de un sueño de juventud y del primer cuento que escribió Macías, sobre una lengua arcaica olvidada por los hombres. La búsqueda de la lengua perfecta, de Umberto Eco, fue un libro que permitió encontrar la idea de ese idioma olvidado en el hebreo, donde todavía quedarían resonancias de esa lengua primigenia.
De vuelta al primer capítulo
Al final, lo primero que hay que hacer es regresar al capítulo con el que arranca el libro. Porque lo que sucede ahí, con el cruce entre dos personajes que están presentes en La ceremonia de los pájaros, adquiere un nuevo sentido. Uno que más que no estar claro en una lectura inicial, solo se contiene en su totalidad en un segundo momento.
Se trata de un capítulo extraño, particular. No por lo que sucede, que se comprende, sino por el gesto de anticipación que provoca y que, simultáneamente, es tan distante para quien lo lee. Dos personajes —David Nebreda y Nina— se vuelven a cruzar luego de nueve años y recuerdan a Gabriel Luzuriaga, el joven que en su momento desapareció y que fue el común denominador entre ambos.
Sí, el arranque es una forma de adelantarse al caos que se leerá luego y que en la historia ha sucedido en el pasado de los personajes. Todo es un conjunto de flashbacks dentro de otros.
Ese caos se acomoda cuando se ha terminado el libro y se decide releer ese capítulo que esconde, a la vista de todos, algunos de los secretos de la novela. Y eso consigue una especie de respuesta: estos secretos, resueltos de la peor manera, pueden ser exquisitamente peligrosos. Es casi un engaño ese arranque en el futuro, uno que surte efecto después.
La ceremonia de los pájaros tiene una vocación de partida de poker, al hablar de la novela como una experiencia para su lector. Todas las cartas están ahí y el jugador que las sostiene no quiere poner en evidencia la mano con la que juega y para conseguirlo no deja que ningún gesto revele lo que trae. La única forma de saberlo es cuando lanza los naipes a la mesa y así no hay espacio para la duda.
Adolfo Macías hace lo que debe hacer para desviar la atención y dejarnos con una respuesta que hace que, luego, cada fragmento contado se inserte en la historia central, de alguna manera. Tanto que lo que se ha leído en los capítulos antes del cierre adquiere un nuevo matiz, uno más poderoso. Y cada uno de los personajes, hasta esas historias secundarias que parecen no tener mucha importancia en el marco general de la novela, tienen su espacio y cumplen un rol.
Uno que refuerza el gran sentido de la novela, que surge como esa advertencia sobre lo que sucede cuando se accede a secretos que los seres humanos no deberían saber. Hay un precio que pagar por las obsesiones, por encontrar lo que otros no han descubierto. Por eso, este libro arma su sentido alejándose del halo místico que termina por afectar a sus personajes; su propia estructura busca advertir sobre los riesgos de descubrir lo oculto.
