El reciente libro de Isabel Allende, La palabra mágica.Una vida escrita, no es una novela. Se trata de un testimonio del oficio, una especie de confesión de su proceso creativo, en el que varias anécdotas y apuntes familiares saltan a la vista. Allende abre la puerta de su narrativa, habla más bien de la soledad como cómplice y del oficio de escribir no tanto como un talento sino como una disciplina.
Probablemente sea su libro más personal desde Paula. Aquel fue un acto de supervivencia, una escritura atravesada por el duelo, por la necesidad de darle forma a la muerte de su hija. Aquí, en cambio, la propuesta es distinta. No escribe desde una herida, pero sí desde un mismo cuestionamiento: ¿para qué sirve escribir?
Hay una imagen que se repite constantemente en las páginas. Una autora sola, en silencio, trabajando como “un monje en su celda”. Una mujer que entiende a la escritura como un ritual que se acerca más a la meditación que a la literatura. Hablamos de una especie de carta larga donde se expone desde lo íntimo. Ahí es donde el libro se abre hacia algo más inquietante. Allende no conceptualiza a la escritura como un mecanismo lógico, sino como una experiencia casi mística. Eso sí, sin dejar de lado la investigación.
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