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Si Mussolini y el fascismo no hubieran causado tanto horror y destrucción, el papel del Duce en sus últimos años tendría algo de cómico. Ya en la entrega anterior, M. La hora del destino, Scurati lo mostraba conduciendo la guerra con una mezcla de arrogancia y torpeza que la mayoría de las veces resultaba caricaturesca, sin dejar de ser atroz.
Ahora, en M. El fin y el principio, esa caricatura se vuelve todavía más cruel. Mussolini ya no es el hombre que prometía devolver a Italia la grandeza de Roma, sino un derrotado que se compadece de sí mismo, se siente traicionado por todos y evita reconocer su responsabilidad en la catástrofe que causaron sus actos a su país y al mundo.
También ha desaparecido cualquier autonomía frente a Hitler. El fundador del fascismo, antiguo objeto de admiración del monstruo alemán, termina convertido en su subordinado, sostenido por este y dispuesto a arrastrar a Italia hasta su ruina. Su servilismo no le gana siquiera el respeto de Hitler. Mussolini le entrega su país y las vidas de su gente, pero al final, el Führer considera su apoyo más una carga que una ayuda.
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