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Mundo Diners al día

Amar y odiar a Willie Colón

por Eduardo Varas C.

Willie Colón
El músico estadounidense Willie Colón es considerado uno de los íconos de la salsa.
TIEMPO DE LECTURA 6 MINUTOS

Antes de Bad Bunny existió un joven genio que revolucionó la música latina, un tipo complejo y políticamente extraño, una institución de la salsa en toda su extensión. Willie Colón murió el pasado 21 de febrero de 2026, pero su obra ya vive en todos.

Hace pocos días, en una entrevista para The Times, el músico inglés Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead, dijo: “creo que la música y el arte deben estar por encima de las preocupaciones políticas”. Esto lo dijo en un contexto claro -el silencio por mucho tiempo de su banda ante lo que hace Israel con Palestina, sobre todo por las conexiones personales de Greenwood, casado con la artista israelí Sharona Katan-, pero la reflexión fue obligatoria cuando los medios se llenaron con la noticia de que Willie Colón había muerto.

Willian Anthony Colón Román tenía 75 años cuando falleció. Días antes de su muerte, sus problemas respiratorios lo tenían hospitalizado y el pronóstico no era alentador. De golpe, ya no había más Willie Colón. El mundo se quedó sin él porque estamos en la década en la que los ídolos que lo revolucionaron todo tienen más de 70 años y van a empezar a irse. 

Y más allá de esa genialidad juvenil que le permitió lanzar su primer disco en 1967, con 17 años, esa joya titulada El Malo -donde ya empieza a cantar con él Héctor Lavoe- y que vendió 300 mil copias, hay mucho de dónde cortar. Porque por fuera de la música se genera una pregunta: ¿Debemos ignorar al ser humano para quedarnos con el artista? 

Lo cierto es que de ser un demócrata en su Nueva York natal -perdió en dos primarias; una en 1994 para ser candidato al Congreso, y otra en 2001, para el puesto de public advocate de su ciudad-, de darle su respaldo a Hillary Clinton en 2008, de apoyar causas de protección ambiental, se volvió partidario de Donald Trump desde su primera elección. Y en su rechazo a todo lo que significaba Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, llegó a publicar nombres y fotos de seguidores de estos gobernantes en su cuenta de Twitter, con la intención de que sean identificados por quienes protestaban en contra del chavismo, durante las conocidas guarimbas, en 2014.

Cinco discos infaltables de Willie Colón que hay que escuchar

  • Siembra (1978): No hay que decir mucho más. Este es el mejor disco que hizo la dupla Blades / Colón, que es lo más cercano a Lennon y McCartney que se tuvo en esta parte del mundo.
  • Lo mato (1972): Si con Blades, Colón era un beatle; con Lavoe fue un Rolling Stone y este disco es la prueba de que ser “malo” rinde sus frutos. Un trabajo muy bien grabado y cohesionado, de lo mejor que hicieron ambos.
  • Vigilante (1982): Este es un trabajo de solo cuatro canciones y que incluye, entre su tracklist ese increíble clásico que es Juanito Alimaña. Esa es razón suficiente para escucharlo.
  • Asalto navideño (1970): Lavoe y Colón en la cima. Temas navideños, no todos, que tienen al cuatro -ese instrumento de cuerda que se lo asocia con la música venezolana-, tocado por Yomo Toro, en un primer plano. Además, es el disco en el que está La Murga que, si se escucha las primeras notas del trombón, no hay que hacer nada más que bailar.

Maestra vida (1980): Si bien esta es una obra de Rubén Blades, hay una simbiosis con Willie Colón aquí, ya que él lo produjo y tocó en él. El propio Blades ha dicho que este es un disco de ambos y la fuerza sonora de esta “ópera en salsa” viene, sin duda, del trombonista.

Su defensa a Trump, a través de sus redes sociales, lo convirtió en alguien que era capaz compartir todo el contenido posible, incluso el que se burlaba de los adversarios del actual presidente de Estados Unidos. En una de sus últimas publicaciones en Twitter, el 13 de febrero, compartió un video en contra de la actuación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl, con una crítica hacia la música y al show del puertorriqueño.

Alguien le respondió: “Lo mismo decían de tu música brother.  Mi abuela decía ‘no compares a Tito Rodríguez con el delincuente de Colon (sic).  Ese es un marijuanero del Bronx’. Mi abuela cometió un error. Y tú también los estás haciendo. Don’t sell out brother -  Da Bronx rules!”.

Era complicado leerlo a Colón los últimos años. Y es probable que Jonny Greenwood tenga razón y que la música está por encima de las preocupaciones políticas, porque a pesar de todo, la pena por su muerte tiene que ver con sus sonidos, con lo que compuso, arregló, produjo y cantó. Hay una conexión ahí que no se rompe, ni siquiera con sus propios intentos por dinamitar su legado. Quizás serviría decir, en este caso -y parafraseando a Maradona- “el trombón no se mancha”.

El sonido y el ritmo

Colón nació y creció en un barrio latino en la parte sur del Bronx, en Nueva York, hijo de dos puertorriqueños: un adicto a la heroína y una madre adolescente. El pequeño Willie vivía dentro una familia de clase trabajadora y fue gracias a su abuela Antonia que encontró el camino que lo convertiría en quién fue.

Con ella entendió más sobre la isla de la que venían los suyos, sobre el folclor y la música del lugar. Y en el Bronx se empapó de todos los sonidos y ritmos latinos que su cabeza de niño recibía: guaguancó, merengue y cumbia, a la cabeza; sin dejar de lado el rock and roll, el jazz y el funk. A los 11 años, su abuela le regaló una trompeta y un vecino afroamericano le enseñó a tocarla y a leer partituras. 

El universo de Willie flotaba en la música. “Si hay un ruido constante, como en el metro, puedo escuchar música en él... todo tipo de ruidos y patrones. Las ruedas suenan como tambores, los chirridos a veces suenan como violines, algunos de los ruidos suenan como un coro. Realmente escucho música en el ruido”, dijo alguna vez.

Ensayaba todos los días y para cuando llegó a la secundaria era el mejor músico de su colegio. A los 15 tocaba en bandas y cuando escuchó la versión de Dolores la pachanguera, de la banda de Joe Cotto, alucinó con la voz de Mon Rivera y el sonido del trombón de Barry Rogers. Su vida no fue la misma: debía tocar ese instrumento.

Ahorro dinero y se compró un trombón. A los 16 años ya entraba a clubes y le permitían subirse al escenario y maravillaba a la gente. Por esa época, la gente del sello Fania lo descubrió y así, la música cambió para siempre.

No solo que Willie Colón decidió hacer algo con la música, también generó algo desde la música. Ya en sus primeros discos utilizó la estética gánster y de violencia de las calles de Nueva York como planteamiento artístico. Antes de raperos y hiphoperos, él recurrió a eso para retratar la realidad.

Mucho de esto se mantuvo en las portadas de los discos -esos primeros con Lavoe como cantante-, en sus títulos como The Hustler, Cosa Nuestra, Asalto navideño o Lo mato. Y, obviamente, en la música, enfocada sobre todo en pequeños criminales de barrio. La idea no era retratar lo latino como eso, sino mostrar el entorno en el que el latino de Nueva York se movía. 

¡Guapea, Willie Colón!

Luego de su ruptura con Lavoe vendría un gran momento cuando le dio la oportunidad a un joven Rubén Blades, que le dio algo distinto a la salsa con sus composiciones. Incluso hay críticos que hablan ya del compromiso social latinoamericano en la música que hacían. Un camino que empezó con la canción Pablo Pueblo, del primer disco que hicieron juntos en 1977, Metiendo mano, y que llegó a su cenit en Siembra, de 1978.

Ese disco lo cambió todo en América Latina -inclusive en 2024 fue reconocido como el mejor álbum hecho en Latinoamérica, en una lista armada por decenas de periodistas musicales de la región-. Con Siembra llegó la conciencia en el discurso, así como los arreglos que elevaron los sonidos, los guiños al jazz, al bolero, a la música disco. Siembra mostró que la salsa no solo era para bailar, sino para escucharla y dejarse transportar. 

En los 80 en adelante, Colón siguió con una carrera exitosa en lo comercial y en la crítica. Fue en 1989 cuando la rompió con El gran varón, compuesto por Omar Alfano, que llevó la tragedia del Sida a las radios en latinoamericanas y que fue una de las primeras en tratar de normalizar a la comunidad LGBTI, pese al extraño estribillo que habla de no corregir lo natural, ni siquiera cuando el árbol nace “doblao”. Para 1995, su Talento de televisión también se lo llevó todo, desde la burla a mujeres que, sin capacidades, tienen espacio en producciones audiovisuales. Un par de temas que nunca han dejado de bailarse.

Siguió tocando, apoyó a la investigación contra el VIH, empujaba a que artistas del hip-hop usaran sus canciones para samplearlas y no dejaba de ser el chico que caminaba por las calles del Bronx. Lanzó más de seis decenas de discos -muchos de ellos compilaciones- y es posible que en sus últimos 10 años de vida diera un vuelco político que no se puede entender, quizás solo respetar.

¿Eso borra toda la obra que le prodigó al planeta? No, solo complica un poco la forma en que se lo va a recordar, para algunas personas y ya. Lo cierto es que al separar al artista del humano se podrán tomar decisiones, pero estas son individuales y no son mejores ni peores. Más allá de lo que alguien decida, Willie Colón está ahí, sigue, no ha muerto, solo dejó de respirar. La trascendencia es la música y la música se escucha en presente.

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Acerca de Eduardo Varas C.

Escritor, músico y periodista. En 2011 fue seleccionado por la FIL de Guadalajara como uno de los "25 secretos mejor guardados de América Latina". Ha publicado "Conjeturas para una tarde" (BCE, 2007), "Los descosidos" (Alfaguara, 2010), "Faltas ortográficas (CCE, 2017), "Esas criaturas" (Cadáver Exquisito, 2021) y "Las tres versiones" (Cadáver Exquisito, 2022). Con este último libro ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Es docente universitario y editor adjunto del medio GK.
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