¿Se atrevería a viajar por el país en un camper o casa rodante? En el Ecuador existe una comunidad que sí y sueña con la idea de cruzar nuevas fronteras. La cultura camper es relativamente reciente en el país, sin embargo, cada vez más personas se suman a la aventura.
Fotografías Cortesía
De camino a su oficina me muestra las motos que tiene en exhibición: un par de ruta, otro par de motocross y, la consentida del propietario, Juan Luna, una Honda XR 600, igualita a la que tuvo en 1985, cuando hizo un viaje desde Antigua, Guatemala, hasta Quito. Estamos en Luna Powersports, un negocio especializado en motociclismo y llantas, situado en el norte de la ciudad.
El padre de Juan también conducía una moto y su hijo, según cuenta, es motocrosista desde los ocho años. En un viaje a Estados Unidos, a Juan le llamó la atención otro vehículo: uno con más de dos ruedas y en cuyo interior viajaban equipos completos de corredores o familias, para después instalarse al lado de las pistas de carreras o pasar la noche donde quisieran. No le pareció mala idea, entonces, pensar en tener su propia casa con ruedas; poco a poco, ha ido comprando todas las que ha podido: a sus 62 años, Juan tiene ocho campers en diferentes modelos y tamaños.
Conocidos como casas rodantes, campers, autocaravanas o motorhomes, estos vehículos eran (¿son?), no obstante, una excentricidad en el Ecuador. La primera autocaravana de la que se tiene registro en el mundo es la adaptación de un Ford modelo T, que data de 1914. Desde entonces se han hecho cada vez más populares, como se ve en las series de televisión y el cine, y se han desarrollado según lo ha hecho la industria automotriz. ¿Cuándo llegó la primera al Ecuador?, ¿quién fue la persona pionera en viajar en un camper por el país?, son preguntas que, de momento, no hay manera de contestar. Todas los entrevistados, sin embargo, coindicen en que el camperismo está creciendo “de manera interesante” desde hace diez o quince años.
Solo para patacalientes

Libertad, aventura, nuevos horizontes… Aquellas son las palabras que más repiten los camperistas. “Llegué por primera vez al Ecuador con una mochila, hace más de cuarenta años”, señala Richard Parsons, desde su natal Inglaterra, en referencia a su época de mochilero y su encuentro con este país. Le gustó tanto el Ecuador que lo recorrió durante dos meses, consiguió trabajo como guía turístico en Galápagos y, luego de hacer una maestría en Estados Unidos, fundó el Bellavista Cloud Forest Lodge, en lo que hoy es la primera área protegida privada del Ecuador, en pleno Chocó Andino. Richard, que ahora anda por los 72 años, se quedó a vivir en Quito, tiene una casa rodante a la que nombró Freedom y viaja en ella, cada vez que puede, acompañado de su esposa o su perro.
Recién, hace dos años, me conseguí una casa rodante que había sido fabricada en Argentina —dice—. Te da una libertad total: o sea, si uno quiere viajar puede ir a hoteles obviamente o también puede acampar, pero una casa rodante te da la comodidad de vivir donde quieras. Tienes un techo, tu cocinita, un baño… y un auto que te mueve.
El gastroenterólogo y músico ecuatoriano Luis Bassante (58 años) andaba por España cuando fue entrevistado. Luis y su esposa son también “bien viajeros”, se han movido por el Ecuador, América Latina, Europa, Estados Unidos… y, en algunas de esas travesías, han alquilado autos o campers. Así, recuerda Luis, se ilusionaron con la idea de algún día tener uno, solo que había un problema:
En el Ecuador el mercado todavía es muy tierno, a diferencia de Estados Unidos, Europa o Argentina y Brasil, en los que el tema de los campers o autocaravanas (su producción y cultura) está muy desarrollado e incluso fabrican sus propios modelos.
La marca alemana Hymer, por dar un ejemplo, es una de las más reconocidas internacionalmente y ofrece campers por no menos de noventa mil euros. En España hay empresas que venden modelos por más o menos cincuenta mil dólares y, en Argentina, según Luis, se puede comprar un habitáculo, para acoplarlo o unirlo a un vehículo y tener una casa rodante, con unos siete mil dólares (más lo que cueste el auto o camioneta).
Después de revisar toda la información que encontraron en Internet, unirse a comunidades en las que se intercambian datos y consejos online, cotizar opciones dentro y fuera del Ecuador, Luis y su esposa lograron, al fin, tener su propia casa rodante en 2022. Se decidieron por una pickup camper o, en otras palabras, compraron una camioneta doble cabina y le encargaron a un mecánico especializado en remolques el diseño y la creación del habitáculo con el que ya han viajado por Guaranda, la Costa y el norte del país.

¿Y qué tal les ha ido? “Alzar la persiana de tu autocaravana y ver el amanecer, desde la orilla del lago San Pablo (en la provincia de Imbabura), es una cosa preciosa —Luis suspira—. O en la playa… En el Ecuador tenemos maravillas”. Y añade que su siguiente objetivo es conducir con su pareja hasta Perú en 2025 y después, si todo va bien, hasta la Patagonia chilena y, luego, si las cosas siguen saliendo bien, hasta “el fin del mundo” o la ciudad más austral del planeta, también conocida como Ushuaia, en Argentina.
Luis sabe, no obstante, que para embarcarse en una de esas aventuras, primero hay que “ganar cancha” con destinos más cercanos y, sobre todo, “dejar de producir” para dedicarse a viajar y vivir la experiencia durante semanas, meses o años. Un lujo que ninguno de los camperistas contactados puede darse todavía: todos sueñan con recorrer América Latina, viajar hasta Canadá o por el resto del mundo. ¿Cómo permitirse viajes de esa envergadura y no morir de hambre en el intento? Ahorrar lo suficiente o jubilarse son las respuestas más comunes. Otra opción, aunque no es para todos, es crear contenido para redes sociales, conseguir patrocinadores y vivir de ello. Están también el teletrabajo, desde luego, y la venta de artesanías, mermeladas, fotos del viaje…
La historia de Dennis Yépez (48 años) es un buen ejemplo de cómo el camperismo puede convertirse, más que en un estilo de vida, en un trabajo. Su travesía empezó con una ruptura amorosa, en 2012. Con el corazón roto, decidió recorrer el Ecuador en moto durante el año y medio siguiente. Desde entonces ha transitado por Perú, Bolivia y Chile; algunas veces en moto, otras en carro. Como, además, es guía de turismo y gerente de la agencia de viajes Guanguiltagua Expeditions, en Quito, a Dennis se le ocurrió que podía ofrecer a los turistas los mismos viajes que él ya había hecho en carro.

“Este tipo de turismo se llama overland (por tierra) —cuenta desde un hotel en Lima—, y es para gente que está dispuesta a cubrir largas distancias terrestres”. Se necesita también cierto espíritu de aventura para aguantar viajes más extensos o lentos que los que podría hacerse cómodamente en un avión, pero hay recompensas. O, en palabras de Dennis:
No es lo mismo aterrizar y que te lleven en un bus con otros turistas a algún lugar, que la experiencia abrumadora de ver cómo va cambiando el paisaje, la topografía, la cultura… del otro lado del parabrisas. Es realmente increíble y único.
Después de más de una decena de viajes, a Dennis le parece que el Ecuador tiene puntos a favor y en contra con respecto a la cultura camper. Lo primero, y en esto coinciden todos los camperistas entrevistados, es que aún no hay muchos establecimientos o sitos con los espacios adecuados para acampar con una casa rodante. Lo segundo: ser un país pequeño y, al mismo tiempo, tan diverso en términos de naturaleza y cultura, permite moverse en poco tiempo de un lugar a otro, pero, por eso mismo, la gente no está acostumbrada a recorrer largas distancias, como sí lo están los chilenos, argentinos, brasileños o peruanos. Por último, y en esto también están de acuerdo todos, en América Latina, y particularmente en el Ecuador, en los últimos años, hay problemas de seguridad.
“No es que puedes quedarte a dormir con tu camper en cualquier lado —dice al respecto el doctor y camperista Luis Bassante—. No es la idea, pero por eso hay gente que algunas veces duerme en gasolineras o cerca de una UPC (Unidad de Policía Comunitaria)”. Dennis cuenta, en cambio, que, aunque no en este país, le han abierto y robado su vehículo más de una vez. Richard Parsons considera que la mayoría de personas con las que se ha topado han sido buenas y que los líos están en otro lado: “Es cierto que hay problemas de seguridad, sobre todo por la droga… pero esos inconvenientes no están en un bosque o a la orilla de un lago”. Y con eso coincide Juan Luna, aunque está consciente de que no puede dejar sus ocho campers en cualquier sitio y ha optado por “tácticas” como no pintar uno de ellos “para que parezca viejo y que no hay nada adentro”.

Un mecánico y una comunidad
El mecánico al que Luis Bassante y su pareja encargaron el diseño y la creación de su pickup camper se llama Christian Vásquez. Christian (38 años) es una de esas personas que le cogen gusto a lo que hacen desde chicos, cuenta en la oficina del negocio familiar, Remolques Vásquez. También ha estudiado Mecánica en el colegio y la universidad, hizo cursos de diseño y se ha autoeducado. De hecho, una de las razones por las que Luis y su pareja lo eligieron, según Luis, es “esa emoción que él tiene por su trabajo”.
Además de convertir vehículos comunes en restaurantes (food trucks), consultorios médicos, oficinas, bancos, museos… Christian ha hecho por lo menos diez campers, de los cuales siete han sido para uso personal y, después de experimentar con ellos y estrenarlos, los ha vendido. Cuenta, para eso, con un equipo de siete mecánicos. El concepto de camper es amplio y contempla desde remolques para ser halados, sobre los que se extiende una plataforma y una carpa para dos o tres personas, hasta buses, furgonetas y automotores de todo tipo, transformados en viviendas y con su respectivo sistema de producción de energía (para esto, aunque son caros, Christian recomienda paneles solares), calefacción, un refrigerador y una cocina pequeños, cama, comedor, contenedores de aguas blancas, grises (cocina o lavamanos) y aguas negras o servidas…
Si no hay plata para comprar un camper o autocaravana nuevo, la mejor opción es invertir en un habitáculo o modificar algún vehículo, considera Christian, y ahí están el caso de Juan Luna que, entre sus ocho modelos, tiene un Volkswagen escarabajo camperizado, o el de Richard Parsons y Luis Bassante, que optaron por un habitáculo para ser montado (y desmontado) del espacio en el que normalmente iría el balde de sus camionetas.

Christian calcula que se puede camperizar un vehículo con una inversión de cinco mil dólares en adelante. También diseña y construye habitáculos nuevos, les da nueva vida a autocaravanas usadas y administra, mediante un grupo de WhatsApp, una comunidad de aficionados.
A nivel nacional, debe haber unos cuarenta campers. Ahora estamos en la búsqueda de un lugar para hacer nuestro primer encuentro camper. Tiene que ser un espacio grande para que puedan llegar todos con sus vehículos e intercambiar conocimientos y experiencias.


