Edición 427 - diciembre 2017.
2006 fue uno de los años más desgraciados de mi vida. Llevaba unos meses en España, me había enamorado de un chico que correspondía mi amor y quería ver qué pasaba con nosotros, pero había un problema: yo no tenía permiso de residencia.
Ese dolor terrible lo he contado muchas veces en las historias de otras personas indocumentadas: gente con niños en sus países de origen, gente separada de sus amores, gente en una cabina de locutorio escuchando a sus hermanos llorar a su padre o a su madre muertos. Gente, por resumir, pisoteada por el mundo.
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