Edición 425 / octubre 2017.
Sabía, pues lo proclamó en charlas y conferencias, que el suyo no era un invento cualquiera, de aquellos con utilidad limitada y vigencia pasajera. No. El suyo era un invento importante, que tendría aplicaciones variadas y, tal vez, duraderas. Pero el artilugio que había diseñado James Watt en su laboratorio húmedo y obscuro de la Universidad de Glasgow, en Escocia, terminó siendo mucho más que eso: su máquina de vapor (un motor de combustión externa que convierte en energía mecánica la energía térmica del agua hirviendo) cambió para siempre los sistemas de producción, trastornó la economía, modificó las formas de vida de la gente y generó transformaciones sociales, políticas y culturales de una profundidad como la especie humana no había conocido desde que inventó la rueda o, acaso, desde que dominó el fuego. Nada menos.
Con la máquina de vapor, dotada de un movimiento rotatorio que Watt patentó en 1769 y que sirvió para mover máquinas, bombas, vehículos y fábricas, la producción se masificó y pudo planificarse. La creación de riqueza ya no dependería nunca más de los ritmos caprichosos de lluvias y sequías. El progreso y el bienestar serían en lo sucesivo constantes e incesantes. Había empezado la Revolución Industrial. Era un quiebre, un punto de inflexión, en la historia de la humanidad. Su primera etapa, transcurrida entre 1790 y 1850, hizo que la economía dejara de ser rural y comercial, como lo había sido siempre, para convertirse en urbana y mecanizada. Las industrias se asentaron en las ciudades, requirieron grandes cantidades de fuerza de trabajo y, claro, el proceso de urbanización se volvió vertiginoso. Surgieron la burguesía y el proletariado. El capitalismo se afianzó.
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