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Y nos molieron a palos…

por Leisa Sánchez

Por Jorge Ortiz.

Edición 462 – noviembre 2020.

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En el año 711, un ejército bereber cruzó el estrecho de Gibraltar y libró una batalla decisiva contra el rey visigodo,
Rodrigo. La traición de parte de la nobleza goda dio la victoria a las tropas islámicas.

Los godos (más tarde llamados visigodos, es decir ‘godos del oeste’ o, en alemán, su lengua madre, ‘Westgoten’) eran un pueblo germánico oriental que ya a finales del siglo III habían empezado sus incursiones, cada vez más frecuentes y sangrientas, contra el Imperio Romano: entraron en Grecia, sitiaron Constantinopla, saquearon Roma y, al final, se asentaron en las provincias más occidentales aprovechando que allí, en Hispania, no había quiénes les opusieran una resistencia consistente. Sus adversarios más temibles eran ellos mismos. Por eso se decía que eran gentes sin desbravar, que no sabían vivir en paz.

Habían llegado de tierras lejanas, a orillas del río Danubio, a principios del siglo V, cuando el Imperio Romano de Occidente se hundía en su decadencia, y decidieron no proseguir con su andar errante sino fundar un reino que les diera el sosiego que no habían tenido durante más de un siglo de guerras y padecimientos. Y, en efecto, ocuparon todas las provincias romanas de Hispania y fijaron su capital en Toledo. A Ataúlfo, su primer rey, coronado en el año 415, le siguieron treinta y dos reyes más, todos ellos guerreros ásperos y turbulentos que gobernaron a punta de espada.

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Fue así que al morir su último rey, llamado Witiza, en 710 o 711, estalló una de sus tantas guerras civiles, entre los dos aspirantes al trono, Rodrigo y Agila, cuya rivalidad feroz llevó a la miseria a un reino que, por mor de gobiernos torpes y de cosechas infelices, ya estaba en la pobreza. Lo cual no habría tenido nada de novedoso sino fuera porque al otro lado del Mediterráneo, en el extremo noroccidental del África, unos combatientes aguerridos y fanáticos, llegados de la Mauritania (y, en consecuencia, denominados ‘moros’), seguidores de un profeta de La Meca fundador de una nueva fe, el islam, resolvieron no desperdiciar la ocasión magnífica que les daba la división de los visigodos.

Musa ibn Nusayr, el caudillo de los predicadores de Mahoma, conocido como ‘Muza’, preparó la invasión desde su fuerte, en Tánger, y en el verano de 711 sus hombres del desierto, los sarracenos, unos siete mil, cruzaron el mar por las Columnas de Hércules y se internaron tierra adentro con la rapidez abrumadora con la que, en menos de un siglo, habían cabalgado desde el desierto de Arabia hasta la orilla africana del océano Atlántico, conquistándolo todo a su paso de vencedores e implantando su religión. Al saberse del avance musulmán, Agila anunció su apoyo a Rodrigo, de manera que, unidas las fuerzas de los dos aspirantes al trono visigodo, fuera posible vencer a los moros. Y, así, el ejército atacante y el ejército defensor se encontraron cara a cara, junto al río Guadalete, para la batalla decisiva. Pero…

Pero, con perfidia extrema, Agila había llegado a un pacto con Muza, por lo que cuando la batalla estaba por empezar, ya con las espadas en alto, sus soldados se retiraron, dejando a Rodrigo y los suyos en inferioridad aplastante. Y, claro, ocurrió lo que tenía que ocurrir, que quedó perennizado en un sencillo romance medieval:

“Vinieron los sarracenos

y nos molieron a palos,

que Dios ayuda a los malos

cuando son más que los buenos”.

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En esta miniatura de las Semblanzas de reyes
aparecen don Rodrigo, a la izquierda, y su rival Tariq.

Esos sarracenos, a pesar de lo que Agila creía, no iban a Hispania a saquear sino a quedarse. Con las huestes de Rodrigo —o lo que de ellas quedaba— en desbandada, Muza y su lugarteniente Tariq lanzaron a sus guerreros contra las tropas de Agila, que también se desperdigaron aterradas. El avance se hizo arrollador: atravesaron el río Guadalquivir, remontaron la provincia bé­tica, cruzaron la Sierra Morena y se adue­ñaron de Toledo. Ya era 712. El reino visi­godo había desaparecido al cabo de tres si­glos. Para 725, los árabes eran los amos y señores de toda la península. Allí querían quedarse. Y allí, en su califato, de esplendor inmenso, se quedaron hasta 1492. Nada menos. Casi ochocientos años.

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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