Por Gonzalo Dávila Trueba.
Ilustración: Camilo Pazmiño.
Edición 442 – marzo 2019.
Para mí, de la tienda de enfrente. Compraba veinte por un sucre. Pero me daban veintidós. Esta yapa, propia de las panaderías, se conocía como vendaje. Para llevarlos los envolvían con tal maña en papel periódico, que el envuelto parecía una empanada. Una suerte de repulgado mantenía bien armado al paquete (y así se envolvía lo que fuere: en periódico).
Ya en casa, con una botella los trituraban para apanar la carne. Pero con los dos de yapa me daba un insólito banquete al rellenarlos, luego de abrirlos con sumo cuidado, con nata y mermelada de mora. Cuando inventaron el pan molido, desaparecieron.
Los redescubrí siglos más tarde, en Latacunga. Averigüé sobre su productor. Me dio una receta inaudita cuyas unidades de medida eran aquellos tarros plásticos de cuatro galones de pintura, canecas en las que debía medirse el agua lluvia, la manteca y la harina a usarse. Solo pensar en comprar la caneca de pintura, usarla, limpiar el recipiente, desarmar el canal de agua lluvia y posteriormente traducir todo a gramos, me dio pereza.
No hace mucho y añorando aún la receta, fuimos a Pujilí. Allí mi esposa —latacungueña— conocía una panadería en cuyo local podían verse, a más de a la dueña, unos pocos panes y algunas rosquillas.
—¡Veinte rosquillas por un dólar! —respondió la señora a mi pregunta por su precio.
—¿Puede darme dos dólares? —repuse con humildad.
—¿Y qué quiere que venda al resto? —respondió inmediatamente.
De suerte que con veinte en la funda me encaminé, pero llegué al carro únicamente con diez. Eran los bizcochos en otra versión.
Probaron nuestros amigos. Se bajaron y cada uno llegó con panes y rosquillas. Ya no quiso la señora vender únicamente rosquillas.
Regresé. Le ofrecí, aduciendo no vivir en el Ecuador, 200 dólares por la receta. Se negó.
Entonces decidí averiguar la receta en casa. Llevamos dos meses de comer rosquillas (con la masa hecha trenza como debe ser). Las primeras nos rompieron los dientes. Las siguientes nos lastimaron la lengua. Las de la semana pasada: deliciosas. Por eso hoy, también con humildad, me atrevo a legar esta receta.
ELEMENTOS NECESARIOS
- Manteca vegetal o mejor mantequilla. 15% de caneca. Harina de pan, una caneca completa. Perdón: ¡Me traspapelé!
- Es decir que necesitamos 450 gramos de harina de pan.
- 200 cc de agua a 40 °C.
- 45 gramos de azúcar.
- 70 gramos de mantequilla (nótese que no saldrán grasientos).
- Una cucharita colmada de levadura seca.
- Dos cucharitas de sal. Horno a 280 °F. Una hora.
Disolver la levadura en los 200 cc de agua caliente.
El resto, todo junto, en la batidora. Poco a poco añadir la levadura disuelta. Que la batidora haga su trabajo por seis minutos.
Dejar leudar por una hora y media en un lugar calientito.
Sacar, extender la masa con el bolillo. No amasar. Hacer tiritas y confeccionar las rosquillas trenzándolas. En sus uniones poner una nadita de agua.
Tendrá tiempo para meditar, por ejemplo, en que no vale morir por ninguna invención. Por ello no me muero por el Deportivo Quito. Al fin y al cabo fue una persona jurídica; es decir, una invención de algunos amigos que así lo concibieron. Pero no es real u objetivo, como las rosquillas.