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¿Y la calidad de vida de los ancianos?

por Leisa Sánchez

Por Xavier Gómez Muñoz.

Fotografía: Shutterstock y X. Gómez.

Edición 460 – septiembre 2020.

Vejez 1
El Instituto Nacional de Estadística y Censos estimaba antes de la pandemia que para finales de 2020 habría 1,3 millones de adultos mayores en el Ecuador, es decir, un poco más del 8 % de la población nacional. ¿Cómo ha cambiado la vida de los que continúan confinados, sin poder salir de casa?

Mónica Hernández no puede ver el futuro, pero lo intuye:

—Esto se trata de sembrar para cosechar —dice, lo que puesto en contexto significa que como la sociedad trata a los ancianos serán tratados los jóvenes y adultos de ahora cuando sean viejos—. Solo es cuestión de tiempo.

Estamos en el Centro Gerontológico La vida es bella, en el sector de la Granda Centeno, norte de Quito. Es un martes de mediados de julio, la ciudad pasó del aislamiento social al distanciamiento el mes pasado, lo que significa que las medidas restrictivas se han relajado y, entre otras cosas, se permiten hacer actividades al aire libre a niños, jóvenes y adultos, pero no a personas de setenta años o más o con enfermedades graves. Además, siguen suspendidas las visitas a residencias o asilos, los servicios de guarderías, centros gerontológicos, centros activos y programas municipales como 60 y Piquito, en la capital.

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Por su sistema inmunológico que ya no funciona como cuando jóvenes y enfermedades previas o propias de la edad, el riesgo de contagiarse y fallecer es mayor para los ancianos, es cierto, y, aun así, algunos deben salir a buscarse la vida. Pero para los que están aislados en casa, jubilados y sin mucho que hacer durante el día —o, en ciertos casos, sin acceso a tecnologías digitales o la facilidad para usarlas de las siguientes generaciones—, también existen riesgos relacionados con su salud y calidad de vida.

Vejez 2
Mónica Hernández.

Hablamos sobre eso con Mónica, en el salón principal de su centro gerontológico. Mónica es pedagoga y tiene 57 años, dejó su cargo de rectora en un colegio privado hace doce, cuando su madre enfermó de alzhéimer. Desde entonces se ha dedicado a aprender sobre esa enfermedad degenerativa que afecta a nivel cognitivo y de comportamiento, ha hecho una decena de cursos de gerontología con especialistas de Argentina y España, y con el apoyo de su familia inició La vida es bella en 2015.

—El primer año el único paciente era mi mamá —recuerda Mónica. Pero siguió adelante, combinó la pedagogía con lo que aprendió de gerontología y, antes de que tuviera que suspender sus servicios, tenía veintidós adultos mayores, quince pasantes de enfermería y seis colaboradores, todos ellos especializados en pacientes con demencia inicial y moderada y hasta 60 % de movilidad—. A diferencia de la geriatría que se ocupa de la situación médica de los adultos mayores —precisa—, la gerontología es una disciplina más amplia, que se preocupa también de su integración social y bienestar integral.

La mamá de Mónica, Martha Judith, falleció hace tres años por causa de su enfermedad. Sin embargo, el conocimiento y la experiencia que Mónica ha acumulado, además del cuidado con el que trata a los ancianos, hace que ellos y sus familiares extrañen el servicio que desde marzo sigue suspendido. Al menos, eso es lo que me dicen a través de una pantalla.

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Alicia Lucio, de 83 años, es hipertensa y tiene un cuadro de alzhéimer moderado desde hace ocho años. Su hija Patricia Jarrín cuenta que, debido al riesgo de contagio, Alicia no ha salido de casa desde que inició la pandemia. Antes del confinamiento, la rutina de Alicia consistía en levantarse a las seis de la mañana, asearse y cambiarse de ropa, un carro particular la llevaba al centro gerontológico, allá desayunaba, caminaba, socializaba con personas de su edad, hacía actividades matemáticas y de lenguaje, ejercicios físicos, almorzaba y hacía manualidades. Es decir, se ocupaba física y mentalmente. El mismo carro pasaba por ella en la tarde. Como parte de su terapia, cuando llegaba a casa debía desactivar el acceso de la alarma.

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Alicia Lucio y su hija Patricia.

—Ahora ya no puede hacer nada de eso —dice su hija —, ya no recuerda cómo. Además, está perdiendo el lenguaje y la noción del espacio y el tiempo.

Al darse cuenta de que el confinamiento estaba acelerando el alzhéimer de su madre, Patricia se comunicó con Mónica y decidieron retomar las terapias de manera virtual tres veces por semana. Otros pacientes estaban en situaciones parecidas, así que Mónica tuvo que adaptar sus servicios al entorno digital. Desde entonces Patricia ha notado mejorías en la salud de su madre, incluso un mejor estado de ánimo, pero no duda cuando dice que estaba mejor antes.

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El doctor Francisco Rodríguez tiene una especialidad en Geriatría y trabaja en el Hospital del Adulto Mayor en Quito. Aunque la intención de evitar el contagio ha sido buena, Rodríguez considera que el discurso social ha estado orientado a aislar a los ancianos, “que no salgan de casa y no reciban visitas, incluso de sus familiares”. Sin embargo, agrega: “hay factores que se han descuidado y han generado una afectación múltiple en su salud”.

En las primeras semanas de la pandemia, Rodríguez cuenta que los problemas en los pacientes que atendía de manera virtual y física eran sobre todo a nivel psíquico: ansiedad, afectivos y síndrome adaptativo (miedo a adaptarse a la nueva realidad), lo que puede devenir en otros males, como insomnio o falta de apetito. Si a eso se suma un deterioro cognitivo, “a veces los pacientes no entienden por qué sus hijos o familiares no les permiten salir”, la situación es más compleja, dice. Y en los adultos mayores que ya tenían problemas de fragilidad o desgaste óseo y no han podido hacer rehabilitación o actividades físicas existe un deterioro en su funcionalidad que, si no se controla, “es posible que se agrave en los próximos meses”. El doctor Marco Gaibor, especialista en Cardiología y máster en Fisiología Cardiovascular, coincide en que uno de los mayores riesgos es que las enfermedades que ya tenían los adultos mayores y el confinamiento en condiciones no adecuadas acentúen sus patologías. Para evitarlo Gaibor recomienda hacer actividades recreativas que ayuden a llevar el estrés emocional y, de manera especial para los ancianos con enfermedades cardiológicas, mantener hábitos de alimentación saludables (dietas con poca sal, sin grasas ni fritos y usar Omega 3, 6 y 9 para mantener los niveles de colesterol y triglicéridos, y proteger el corazón). Gaibor ha notado descompensación en pacientes que han tomado dosis de medicinas menores a las recetadas, las han suspendido o se automedican. Además, hay adultos mayores que por temor a contagiarse no han ido a sus consultas, pero con el semáforo en amarillo, apunta, es conveniente que acudan a sus chequeos tomando, eso sí, todas las medidas de bioseguridad.

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Vejez 4
Norma Benítez.

A Norma Benítez, de 84 años, le gusta tejer y cantar. Antes de jubilarse fue profesora de secundaria y voluntaria en la iglesia del Perpetuo Socorro. Ahora tiene la presión arterial alta, artrosis y camina con la ayuda de un andador, pero nada de eso ha logrado borrar su sonrisa: bromea y ríe mientras hablamos con la ayuda de su hija a través de Zoom. Norma extraña ir al centro gerontológico, su entorno social y “la comprensión de otros adultos mayores”. Gracias a los ejercicios que hace con su familia, a sus terapias virtuales y a los cuidados que recibe en casa, no ha tenido problemas de salud en estos meses. En las primeras semanas, sin embargo, se ponía triste porque no podía recibir visitas de todos sus familiares, así que, según cuenta su hija, decidieron hacer reuniones virtuales una vez por semana con la familia completa. Le pregunto a Norma si mira noticias en la televisión, y antes de arrepentirme me doy cuenta de que hay algo más que la entristece:

—Me da pena ver cómo sufre la gente, las personas que ya no tienen para comer (por la crisis económica que agudizó el virus) y deben ir a dejarles (donaciones) —responde con la voz entrecortada—. Por eso me cambian de canal, porque lloro.

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La psicóloga clínica Gabriela Pozo trabaja con ancianos con insuficiencia renal en una clínica privada en Quito, y entre las afecciones más comunes durante la pandemia ha notado cuadros de depresión, ansiedad, sentimientos de abandono o desvalimiento, irritabilidad, fobia al contagio y somatización (les dicen todo el tiempo que son más vulnerables y se empiezan a sugestionar).

Hay que tener en cuenta que antes de la pandemia, apunta la experta, los adultos mayores ya eran un grupo socialmente invisibilizado, ya que no correspondían con el estándar de funcionalidad laboral, “se jubilan y no hay trabajo para ellos ni muchas actividades en las que puedan involucrarse”, y, en ciertos casos, a nivel familiar “no les toman en cuenta ni les ofrecen espacios para socializar”.

—Esa invisibilización o abandono lamentablemente se ha agravado más con el confinamiento —sigue Pozo— y, como las personas somos seres relacionales, llega a ser una situación emocional muy dura para ellos, que puede acelerar el proceso de envejecimiento natural y provocar un envejecimiento patológico (producido por afecciones o malos hábitos).

La psicóloga recuerda, además, que las afectaciones psicológicas suelen ser más silenciosas en los adultos mayores, “precisamente porque no socializan mucho y sufren solos”, por lo que es posible que desarrollen más rápido ideas suicidas, como dejar de tomar las medicinas que les mantienen vivos. Es por eso que sugiere no privar a los ancianos de su entorno social, crear rutinas lúdicas, escucharlos y no descuidar la parte espiritual, “que también es importante para muchos de ellos”.

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Vejez 5
Susana Cárdenas.

Susana Cárdenas tiene 69 años, fue secretaria en una institución pública y todavía tiene buena salud. Vive sola y no asiste a ningún centro de cuidado para ancianos. Cuenta que antes del virus solía salir con un grupo de amigas y visitar a personas enfermas. Ahora, para evitar que salga, sus hijos le llevan las compras que necesita y la visitan los fines de semana. Al igual que a Norma, a Susana le angustia saber lo que pasa afuera, por eso, prefiere entretenerse escuchando música, viendo programas en la televisión y leyendo. Además, le gusta rezar y bordar.

En los primeros días del confinamiento empezó a hacer un mantel con rosas en punto de cruz (con puntadas en forma de equis). Se demora una tarde entera en cada rosa, pero trata de no bordar todos los días para cuidar la vista.

—Me faltan diez rosas para terminar —dice, con una mezcla de emoción y pena.

Cuando el mantel esté terminado piensa guardarlo como un recuerdo laborioso de aquellos días en los que afuera acechaba un virus.

Datos estimados

Las cifras oficiales revelan que, aunque los adultos mayores no son el grupo con más contagios de covid-19 en el Ecuador, sí son los que registran mayor número de fallecidos: 6 de cada 10 personas fallecidas por la pandemia (confirmadas y probables) tenían más de 65 años, hasta finales de julio. En el segundo grupo etario más afectado están personas de 50 a 64 años (3 de cada 10 fallecidos). La mayoría de las víctimas mortales son hombres. Es decir que debido a los riesgos que genera el confinamiento para los adultos mayores y las altas tasas de mortalidad por contagio, el impacto de la pandemia ha sido más fuerte para ellos.

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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