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Vlad, el empalador

por Jorge Ortiz

El espectáculo era atroz, aterrador: miles de personas moribundas, agonizando entre dolores terribles y sin siquiera fuerzas para gritar, atravesadas de abajo hacia arriba por unos palos gruesos y engrasados, incrustados en el suelo lodoso. Era un bosque de hombres y mujeres a quienes había que ayudar a morir, acortándoles su padecimiento, lo que causó en Mehmed II, el enjundioso sultán del Imperio Otomano, “un horror como el que nunca nadie pudo haber sentido”. Y juró por Alá que habría venganza.

Nueve años antes, en 1453, Mehmed II había conquistado Constantinopla, la reluciente capital bizantina, donde a lo largo de mil años había sido configurada la doctrina cristiana y a donde se había trasladado el esplendor del gran Imperio Romano. Con la toma de Constantinopla los otomanos no sólo cumplieron el mandato de Mahoma, sino que adquirieron el control de la Ruta de la Seda, que durante veinte siglos había visto pasar el comercio caudaloso entre China y los reinos europeos. El sultán era, en ese momento, el hombre más poderoso del mundo.

Al norte de Constantinopla, en el principado de Valaquia, gobernaba Vlad III, de la dinastía Draculesti, con quien Mehmed había crecido en Edirne, la antigua capital otomana, donde compartieron juegos y diversiones. Valaquia era, desde 1446, un Estado vasallo del Imperio y, como tal, debía pagar tributos y rendir honores al sultán. Pero Vlad estaba atrasado en los pagos. Mehmed envió, entonces, dos emisarios para exigirle al príncipe que pagara lo que debía y, además, que fuera de inmediato a Constantinopla (ya llamada Estambul) y se postrara ante el sultán.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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