La Virgen de San Roque que borra los pecados

Virgen de San Roque.
Fotografía: Paúl Salazar.

Su solo nombre provoca una sutil emoción, como si se tuviese la certeza de que Nuestra Señora La Borradora, cual lluvia de abril, fuera capaz de limpiar cuerpo y alma de todos los pecados. ¿Será posible que los borre todos? ¿Será que quienes le claman justicia en verdad son escuchados?

La convicción de que la Virgen les ayudará, ante las falencias de la justicia terrenal, motiva a que los fieles acudan hasta la iglesia de San Roque para solicitar auxilio a esta bella abogada del cielo.
La imagen venerada en la iglesia de San Roque corresponde a la Virgen del Rosario con el niño en sus brazos, y a cuyos pies reposan santo Domingo y san Francisco.

Ricardo Descalzi señala que la advocación a la Virgen del Rosario surgió en Quito en 1612, y que la autoría de la imagen fue atribuida a fray Pedro Bedón, dada su similitud con la de la Virgen de las Lajas, que fue pintada por el sacerdote y que reposa en la ciudad de Ipiales.

¿Por qué se llama Nuestra Señora La Borradora?

En 1628 ocurrió en Quito un evento singular vinculado con la Cárcel Real, que estaba ubicada en la esquina de las calles Benalcázar y Chile, junto a la cual se había levantado una ermita a manera de capilla en la que se veneraba a la imagen de la Virgen del Rosario, pintada sobre un muro de adobe.
Cierto día se acusó a un campesino de cometer un asesinato y fue sentenciado a muerte, a pesar de que el hombre negó su responsabilidad en el hecho. Se ordenó su ajusticiamiento público en la plazoleta de Santa Clara, donde se hallaba la picota.

Desesperado ante lo inevitable, el acusado se encomendó a la protección de la Virgen del Rosario para que le librase de la injusta acusación. Cuando llegó el momento en que el escribano daba lectura a la sentencia, este se dio cuenta de que tanto la disposición legal como las firmas de los jueces habían desaparecido.

Para remediar tal inconveniente la diligencia se retomó al día siguiente, y sucedió exactamente lo mismo. En ese instante los asistentes exclamaron que se trataba de un milagro de la Virgen del Rosario, y desde ahí adquirió el peculiar nombre de La Borradora.

El campesino fue absuelto y en agradecimiento solicitó trabajar voluntariamente en la Cárcel Real para dedicarse al cuidado de la capilla y propagar la devoción a la Virgen. Antes de morir pidió ser enterrado a los pies de Nuestra Señora La Borradora, y se dice que, aún hasta finales del siglo XIX, su calavera podía observarse delante de la venerada señora.

En la parte inferior de la imagen de la Virgen consta una recreación de los hechos que dieron origen al nombre, el texto dice: “Portentoso hecho verificado en Quito, ante esta venerada imagen por lo cual se le llama La Borradora”.

¿Cómo terminó en San Roque?

Ya en la época republicana, la cárcel se transformó en cuartel y la capilla estaba prácticamente destruida, fue salvada por la intercesión de una dama piadosa que obtuvo licencia del general Ignacio de Veintemilla, entonces presidente de la República para reconstruirla y abrir una puerta de acceso por la calle Angosta (calle Benalcázar).

En 1895, en pleno mandato del general Eloy Alfaro, se anunció la demolición de la capilla y del muro en el que estaba pintada la imagen de la Virgen. Ante esto, varios vecinos y feligreses de la parroquia de San Roque decidieron trasladar el trozo del paredón a su iglesia donde se construyó un altar y un retablo para que la Virgen fuese venerada.

La fiesta de La Borradora en San Roque

Mayo era el mes dedicado a la Virgen, los párrocos enviaban invitaciones a las familias para que aceptaran ser priostes de la fiesta. Cada familia se encargaba de un día en el mes y los dos últimos fines de semana se celebraba la fiesta de blancos y la de indígenas.

La fiesta de las Vísperas realizada por los blancos, vecinos importantes del sector, en honor a la Virgen se contaba con banda de pueblo y voladores, y el domingo se celebraba la misa solemne en su honor.

El fin de semana siguiente se celebraba la fiesta de los indígenas que era más popular y vistosa; había vaca loca, juegos artificiales, globos con papel de seda, voladores manufacturados en El Panecillo, y al final se quemaba al castillo hecho de carrizos. Para la misa solemne los indígenas se ataviaban con sus mejores galas, y ofrecían a la Virgen charoles llenos de alimentos, en cuya mitad colocaban licor, piñas clavadas con banderitas de colores encendidos y las infaltables veladoras.

Estas festividades se mantuvieron hasta 1969 cuando el párroco decidió eliminar los festejos por los costos que implicaban y solamente se mantuvo la misa solemne. La festividad fue decayendo, hasta que en 2014 el nuevo párroco la impuso nuevamente, hizo adecuaciones en la iglesia y se restauró la imagen en 2018, trabajo que estuvo a cargo del Instituto Metropolitano de Patrimonio.

Desde 2015 se comenzó a celebrar la novena y la procesión, los priostes retomaron sus actividades y a la celebración se suman incluso personas que ya no viven en San Roque.

El grafiti y la Virgen

El imaginario que rodea a Nuestra Señora La Borradora cobró vigencia en 2015 cuando, en la pared de una casa donde funciona El Buen Café (Esquina de las Almas ubicada en las calles Rocafuerte e Imbabura), apareció un grafiti del artista plástico José Luis Macas (Quito 1983), que decía:

Nuestra Señora La Borradora que desapareces las huellas del esmog y del petróleo, protege estas calles de tiranos, borregos nerviosos y temblores, por hoy, mañana y toda la semana. Cuida desde tu casa en la luna, de esta ciudad curuchupa, mojigata, sombría y luminosa”.

Para pintar este grafiti, el artista utilizó un borrador como herramienta sobre ese muro cargado de esmog (el borrador según Macas se vincula con la idea del arte efímero y el desapego). Esta intervención artística en el espacio público se dio dentro del Encuentro Arte Acción Quito-Lima 2015, y tuvo como fuente de inspiración una visita que Macas realizó a la iglesia de San Roque.
Macas creó una Virgen indígena, cuyo rosario termina con una chacana, y la acompañó de un texto que tuvo varias interpretaciones en su momento.

Virgen La Borradora.
Un grafiti que pudiera pasar inadvertido para muchos, pero no para el grafitero de San Roque que conoce muy bien su barrio. Fotografía: Susana Freire.

El artista comenta que algunos vecinos empezaron a colocar velas frente a esta imagen, asumiendo que se trataba de una especie de aparición divina. Este fenómeno social puede deberse a que existe un importante vínculo entre la historia, el suceso milagroso y el imaginario que rodean a Nuestra Señora La Borradora.

San Roque es una Torre de Babel, los pecados y las mundanas tentaciones afloran y, también las injusticias y las desigualdades sociales, y es ahí cuando Nuestra Señora La Borradora ingresa en escena, para escuchar a todos quienes tienen alguna cosa que confesarle, o a los desamparados que solicitan su intercesión cuando la justicia terrenal ya no brinda respuestas.

En medio del diario trajinar, cientos de susurros llegan hasta los oídos de la Bella Señora; ella, luego de escucharlos, borra con dulzura las penas, las dudas, las causas perdidas, las grandes faltas y también las pequeñas, haciendo parecer que todo fue un mal sueño, un evento que no ocurrió en ningún tiempo.

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