Víctor Arregui, cuatro veces sin final feliz
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Víctor Arregui, cuatro veces sin final feliz

Víctor Arregui cuatro veces sin final feliz

Por Paulina Simon Torres

Una mujer avanza a gran velocidad en su auto mientras hace malabares para inhalar cocaína, sostener el volante, escuchar música y llegar… llegar apurada a una cita, para la que parece demasiado entusiasmada.

Otra mujer mantiene la mirada fija en el infinito mientras la señalan con el dedo y le hablan de lo torpe que parece ser, de la poca valía que tiene su trabajo.

Un hombre de pocas palabras que dice apenas lo suficiente como para comprometer la integridad de un político de alto rango.

Otro hombre que, pese a su arrogancia y pedantería, necesita únicamente recibir la visita de su madre para quedar desbaratado y volver a ser solo un niño de mamá.

Hombres y mujeres en constantes luchas de poder. Hombres y mujeres que discretamente viven las dos caras de la moneda: maltratado y maltratador, potencial asesino, potencial niño mimado, ser complejo que no encuentra consuelo en ninguna verdad, que necesita llevar la justicia a un nuevo nivel, sea por capricho o por certeza de que el mundo puede ser un poco mejor si ellos toman en sus manos el destino de los demás. Hombres y mujeres que habitan los universos construidos por el cine de Víctor Arregui y que, escena tras escena, largometraje tras largometraje, nos llevarán en un viaje hondo por los rincones de la sicología humana.

Tuve ocasión de conocer a Víctor Arregui, cineasta guarandeño, hace unos ocho años. Lo entrevisté la primera vez cuando era parte del directorio del Festival de Cine Latinoamericano Cero Latitud y me impresionó el modo desenfadado con el que respondía cualquier pregunta sin intenciones de quedar bien, demasiado frontal, totalmente directo. Luego, con el paso de los años, tuve ocasión de conducir algunos foros en los que presentó su segundo largometraje, Cuando me toque a mí. En varias ocasiones volví a confirmar ese talento innato de Arregui de decirle al público precisamente lo contrario de lo que quería oír, nada complaciente, solo honesto. La gente quería saber si tal o cual personaje sobrevivía, si hay un modo de recuperar la esperanza, si la muerte realmente es tan fría como él la pinta. El director no puede decirles lo que quieren escuchar. La vida es más azarosa que aquello que su cine puede construir en un guion que apenas explora la superficie de la condición humana.

Y pese a la desilusión de no poder encontrar el final feliz que estaban buscando, los espectadores se consuelan al ver que Arregui es un hombre divertido, que narra sus anécdotas con buen humor y que les cuenta que él mismo ha sobrevivido a dos infartos. Se levantan de la sala entre apesadumbrados y melancólicos y, algunas veces, hasta le piden que haga películas más alegres.

Pero no sucederá. Si Fuera de juego (2002), su ópera prima, retrató una sociedad perdida en el clasismo, un país extraviado y sin porvenir, y Cuando me toque a mí (2008), una ciudad claustrofóbica y violenta en la que todos preferimos mirar en dirección contraria y fingir comodidad, sus dos nuevas películas, largometrajes que se estrenan a mes seguido este año, Rómpete una pata y El facilitador son, quizá, el retrato más honesto y logrado que Arregui ha hecho hasta hoy de una sociedad en la que la corrupción reina, el cinismo y el maltrato solapadamente nos ayudan a subsistir, los oscuros secretos de familia dominan nuestra sicología y nuestras intenciones hacia el otro tienen siempre algo de perverso.

No se trata de pesimismo, se trata de un cine intenso, desenfadado y lleno de vitalidad para abrir todos los baúles, reconstruir todos los secretos, manejar con maestría la oscuridad e iluminar cuidadosamente las revelaciones y las complicidades.

Rómpete una pata, película que se estrena en octubre, tiene una estructura distinta a la del resto de obras, por el espacio en el que ha sido concebida: un teatro y sus laberintos. Prácticamente una sola locación, en la que cobrarán vida varias dimensiones de realidad a la vez. Un elenco, una obra, los ensayos y la penumbra. Cinco actores conviven o malviven entre camerinos y telones, tratan de prepararse para una obra, mientras se contienen y, a ratos, se desbordan: Rita (Cristina Rodas) Luis (Francisco Febres Cordero), Carlos (Andrés Crespo), Adela (Anahí Hoeneisen) y Sofía (María José Terán) tienen solamente en común su oficio de actores, porque aunque de sus vidas personales comparten muy poco, los distancian el desdén y las inseguridades.

Luis, encarnado por el “Pájaro” Febres Cordero, quien debuta en el cine y vuelve a las tablas luego de una larga ausencia, es el motor del terrorismo sicológico. Un antiguo director y actor solitario, enemigo de la mediocridad, que intimida y busca controlar y dividir. Su método arcaico, de maltrato a los actores para conseguir lo mejor de ellos, abrirá las heridas secretas de sus compañeros de trabajo y motivará pasiones que no se pueden ver entre tanta oscuridad, pero que encontrarán su camino hacia la luz.

Rómpete una pata nos lleva a través de capas y capas de verdades a medias, como capas y capas de piel y conciencia. Excava en los personajes, trata de descubrir cuándo están actuando y cuándo son ellos de verdad, pero jamás llegará a la piel real. Las actuaciones dramáticas de Rodas y Hoeneisen son angustiosas e intimidantes, la dupla que hace cada una en su momento con Febres Cordero son potentes y escalofriantes a la vez. Mientras, Crespo y Terán intentan, desde la rebeldía y la juventud, deslindarse, romper un poco la opresión teatral, pero terminan también siendo parte del círculo de intimidación y tensión general.

Arregui no hace concesiones. Este modo de hacer cine más conceptual y profundo no disipa su voluntad política y su continuo deseo de explorar en los males de la sociedad. No importa qué tan privado e íntimo sea un teatro, siempre estarán presentes la lucha de poder entre humanos y la defensa del ego a cualquier precio.

El facilitador, que se estrena en noviembre, da cuenta de la época prolífica y creativamente abundante que está viviendo Arregui. Se trata de una película arriesgada en la que el autor ha depositado, sin dudar, una serie de temas trascendentes que no se limitan a la denuncia política, sino que habla de la imposibilidad de superar la soledad, los alcances de la corrupción y los contrastes entre la vida natural y la demencia, la ciudad y la manipulación.

Elena (María Gracia Omegna) ha regresado a la casa de su padre, Miguel (Francisco Febres Cordero), luego de una prolongada ausencia. El mismo Miguel no está muy seguro de por qué le ha pedido que vuelva. Elena odia al padre y no planea ofrecerle ningún tipo de tregua aunque esté enfermo. Miguel habla poco, camina lentamente y se ve en cada uno de sus gestos una planificación concreta, una seguridad que denota poder absoluto y control.

Las fortalezas de El facilitador están en los mecanismos bien afinados del guion y de un casting que perfecciona cada idea que Arregui plasmó en el papel antes de rodarla y editarla. Es una historia coral, en la que cada personaje va adquiriendo protagonismo en la medida en la que se reconstruye o se desarma su verdad. Por un lado, Elena, joven y atormentada, necesitará subir al altillo más oscuro de sus recuerdos para recuperar su pasado y entender el dolor que la tiene presa. Miguel y César (Juan Carlos Terán) serán los titiriteros del circo que implica el manejo de un país. Un hilo para quitarle el agua a una comunidad indígena en los páramos, otro hilo para servírselo en bandeja de oro a una transnacional, otro para maltratar y soltar en el mismo día a un líder indígena, otro para acabar con la reputación de un ministro o de quien haga falta. El poder y la impunidad de la mano, como los mejores negocios que ha visto prosperar la humanidad.

Y por allá, lejos, en el campo, una familia enloquecida, de una aristocracia venida a menos y debilitada a fuerza de secretos y mentiras, que convive, sin enterarse, con una comunidad indígena que trabaja su tierra, alejada y desentendida de las ambiciones que se ciernen sobre los páramos en los que pastan sus animales y juegan sus hijos.

Arregui le hace frente a todo con su cine: dirige escenas de intensa acción y enorme complejidad de producción y también sube al páramo, dirige escenas documentales conviviendo con la comunidad, la altura, atardeceres gloriosos y melancólicos. Mira de frente a la injusticia y también a la inocencia, si es que existe tal cosa.

Una vez más nos herirá como espectadores. No nos permitirá la ventaja de ver cine como si se tratara de un entretenimiento frívolo. Nos obligará a enfrentarnos a mundos que creemos distantes, pero en los que habitamos con o sin conciencia de hacerlo. Nos sacudirá y nos dirá: no hay un final feliz, lo que existe, aunque nos asuste, es esto. Y por cuarta vez, aunque nos duela, deberemos agradecerle por hablarnos y tocarnos con un cine que, como espectadores, nos vuelve inconformes, nos hace despertar y nos permite exigir cada vez un poco más.

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