Un viaje (o ganarse la batalla a una misma)

Ilustración: un viaje a Cuenca
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta

No recuerdo si fue Nietzsche quien dijo que no se podía pensar sin caminar. Seguro no fue él, pero es verdad. El movimiento, el traslado de un lugar a otro, es vital para ejercitar la mirada. ¿Cuántas ideas podemos tener si pasamos encerrados entre cuatro paredes? ¿Se puede describir un árbol sin haberlo visto? La imaginación, collage de recuerdos y sensaciones, se alimenta de experiencias y, aunque soy un ratón de escritorio y café, viajar me hace bien. Amo hacerlo. El ritual del aeropuerto, las nubes por la ventana, los rostros y paisajes que despiertan nuevas emociones.

Cuenca, para mí, siempre ha sido una ciudad especial. Fue la primera ciudad a la que viajé sola y siempre recuerdo cuando caminaba disfrutando de una cerveza en lata y de repente bajé por la Calle Larga y descubrí el río. Quiero vivir aquí algún día, pensé. Y se me dio. Años después fue ahí donde me encontré (o reencontré) con mi esposo y donde pasé los primeros cuatro meses de embarazo. En Cuenca también he perdido un millón de vuelos y me he tomado un trago sola festejando mi cumpleaños. Siempre me encantó su onda, ese “provincianismo cosmopolita” que le distingue.

Hace poco estuve otra vez por ahí. Fui por trabajo y, en lugar de quedarme junto a mi equipo en un Airbnb compartido, elegí uno individual que resultó un fiasco. Sin ventanas, baño enano, focos ahorradores. Aunque me ofrecieron cambiarlo, supe que sería un problema, me hice la dura y me quedé. Solo necesito una cama y un baño, pensé. Pero no imaginé que el espacio físico que uno habita pudiese influir tanto en el estado de ánimo. ¿O sería otra cosa la que me hacía llorar a mares sola?

Aunque me fui con secreta y culposa ilusión de pasar momentos sola, de leer, de ver una peli, de escribir o de dormir lo que quisiera… cuando al fin podía hacerlo, solo quería llorar, extrañaba a mi hijo de manera loca, a mi esposo, y lo único que quería era cambiar el pasaje para regresar a Quito enseguida. De leer, ni hablar; apenas abría una página del libro que estoy leyendo ahora, me invadía el terror. Encima, no dejaba de escuchar al vecino pervertido teniendo sexo, o el sonido de un coro de gatos en el infierno.

Tuve miedo a la soledad y a la locura, si es que hay alguna diferencia entre las dos, y por un momento pude ver una cantidad interminable de suicidios en habitaciones de hoteles. Hay una frase, tampoco recuerdo quién la dijo (seguro Nietzsche), que dice que cuando un sueño se hace realidad se convierte en pesadilla. ¿Es tan difícil hacer lo que una quiere?

Hay un meme que dice: “Si una persona no tiene al menos el cuarto del día para sí misma, es un esclavo”. Soy esclava, esclava de mí misma y de mi cabeza cruel. Debo liberarme y permitirme vivir, pensaba, pero seguía llorando y buscando tickets de regreso a Quito.

Por suerte, me gané la batalla a mí misma y me permití levantarme de la cama, abandonar aquel cuchitril, ver a una amiga a los años y tomarnos uno, dos, tres margaritas, mientras ella me sometía a un test de autismo: cuando acertaba festejaba bailando y cuando perdía nos tomábamos otro trago. Me permití también agarrar un bus y llegar a una piscina, hacerme un masaje, y al fin leer durante horas mientras caía la tarde.

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