Edición 435 - agosto 2018.
Llevo ya muchísimos años viviendo en países con estaciones y llevo muchísimos años sabiendo que lo nuestro —que el clima no cambie— es lo inusual, la anomalía. Ahora mismo, mientras escribo esto, en esta parte del mundo es verano y aunque sé con la cabeza que el calor durará unos meses y se volverá a ir, siento como si las cosas ya fueran como deben ser. No sé si me explico: por fin se ha acabado la tontería, el sinsentido de pasar frío.
Para mí, guayaquileña, estos dos meses de calor brutal son lo normal, el mundo cuando no se ha vuelto loco. Me pongo camiseta, falda y zapatillapalopies y vivo en piloto automático, sin pensar en los elementos, los vientos, el peligro de salir a una calle helada sin el suficiente abrigo. Vivo, qué rico, sin la angustia de acordarme de calentar el baño antes de la ducha, de ir moviendo el calefactor como si fuera R2D2 por toda la casa, de temblar —sí, temblar— mientras hago pipí, de esas sábanas congeladas cuando me meto a la cama, lo de los pies como dos témpanos de hielo todo el día.
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