Venecia sin turistas
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Venecia sin turistas

Diners 465 –  Febrero 2021.

Por: Tamara Izco
Fotografías: Shutterstock y T. Izco

“No pareces igual, eres otra Venecia, más fría y más gris… qué callada quietud…”, cantaba frente a un público enamorado Charles Aznavour en 1964, sobre un escenario que representaba a la ciudad de los canales, vacía y silenciosa. Esa imagen se aleja mucho de lo que ha sido la realidad para la capital del Véneto en las últimas décadas —al menos hasta este año—. La media de turistas que viajan ahí cada año atraídos por su belleza inigualable oscila entre veintiséis y treinta millones, convirtiendo a Venecia en uno de los lugares más visitados del mundo.

Con una temporada alta que dura prácticamente todo el año —sobre todo en verano, cuando encontrar alojamiento en la ciudad no es solo prohibitivo, sino casi imposible— una bienal de arte, un festival de cine y uno de los carnavales más famosos del planeta, la Serenísima consigue descansar quizás solo durante la Navidad y algunos días de invierno. Si a esto le sumamos los cruceros que atracan en su puerto (uno de los más ajetreados del Mediterráneo) cada semana, cabe preguntarse: ¿qué es lo que se puede llegar a ver de la ciudad si los turistas parecen tener completamente tomado su paisaje? Esa duda me rondaba la cabeza el mes de noviembre cuando, por obra de la pandemia, me encontré en una ciudad más parecida a la de la canción de Aznavour (tranquila y sin gente casi) que a la que se había acostumbrado a ser, abarrotada y ruidosa. Y entonces, mirando al agua que la rodea desde una de las entradas a su plaza más famosa, tuve la sensación de estar en una isla, lejos del mundanal ruido.

Venecia se está hundiendo

Desde su fundación en la Edad Media, este enclave único ha tenido una relación complicada con el mar. Si bien por un lado era por ahí que llegaba el comercio y el agua de la laguna que la rodea permitió protegerla de invasiones, Venecia siempre ha sido extremadamente vulnerable al cambio climático. Así, en la actualidad muchos de sus palacios e iglesias históricas son golpeadas por el viento y el agua con frecuencia cuando el “acqua alta” ahoga la calles de la ciudad. Este fenómeno, que ocurre cuando la corriente es alta y los canales se llenan, inundando Venecia, ha empeorado en los últimos tiempos. En junio de este año superó los 116 centímetros, llegando hasta las puertas de la basílica de San Marcos, situada en la famosa plaza homónima. Pocos meses más tarde, el agua entró en la iglesia. En un tira y afloja que ha durado cientos de años, los venecianos han aprendido a convivir con las fuerzas de la naturaleza, pero la realidad es que, con los daños exponenciales causados al medioambiente, la posibilidad de que Venecia se hunda es cada vez más alta.

Construida sobre 118 islas en medio de la laguna en la punta del Adriático, al norte de Italia, Venecia o la Ciudad Flotante ha sido objeto de fascinación desde su creación. El hogar de Vivaldi, Marco Polo, Tiziano, Monteverdi o Casanova, entre muchos otros, la marca de los personajes que la habitaron es visible en medio de sus intrincados puentes y estrechas vías que de vez en cuando se abren a plazas que, a pesar de las tiendas de suvenires, selfie sticks y restaurantes para turistas, siguen conservando el encanto que inspiró historias escritas incluso por Shakespeare.

Así, con algunos edificios aún sostenidos por vigas de madera bajo el agua que están ahí desde hace casi mil años, la magia de Venecia es también su maldición. Los estudios demuestran que la ciudad está hundiéndose a un promedio de 1-2 milímetros al año y las masas de visitantes —más todo lo que conlleva un tipo de turismo a esa escala— que por ella pasan no ayudan a detener este problema, sino que lo empeoran exponencialmente. Algunas iniciativas se han puesto en marcha recientemente, entre ellas barreras acuáticas que reducen la cantidad de agua que entra en la laguna y que deberían ser por completo operativas a finales de 2021. Pero la ciudad, en la cual viven ya solo 51 mil personas, se está replanteando formas de supervivencia, sobre todo después de que en marzo de este año se encontrara, de pronto, con el motor de su economía —el turismo— completamente apagado.

Venecia sin turistas

A la espera de clientes.
Puesto de suvenires en la plaza de San Marcos.

Canales limpios, calles vacías o frecuentadas solo por los pocos residentes, y alguna noticia falsa sobre cisnes y delfines apareciendo bajo los puentes de la ciudad: cuando en marzo se confinó casi toda Europa, la Venecia donde el sonido de las ruedas de maletas siendo arrastradas por sus calles empedradas se había convertido en el ruido de todos los días tuvo finalmente un poco de silencio.

Así la pude ver yo, durante tres días de calma y sol, antes del segundo confinamiento que actualmente vive Italia, tras el repunte de una segunda ola de la pandemia. Los restaurantes turísticos estaban cerrados y quedaban tan solo los más locales, que dependen de los residentes y, por ello, estaban aún concurridos. Pero las terrazas de muchos bares estaban vacías como no lo habían estado en muchas décadas y las persianas de la mayor parte de tiendas estaban bajadas por falta de clientes. En las iglesias y los museos, aún abiertos en ese momento, había muy pocos visitantes y por la plaza de San Marcos se podía pasear sin tener que abrirse paso entre las personas. Las góndolas se meneaban lentamente bajo el sol, aparcadas en el puerto por falta de viajeros. Los gondoleros sentados en grupos en distintos puntos de la ciudad se lamentaban por la falta de trabajo y me ofrecían cada vez que pasaba frente a ellos un paseo en su barca a mitad de precio. El hotel que me hospedó, cuyas tarifas normalmente pasan los doscientos euros por noche, me cobró un tercio de lo normal y hasta me dieron la habitación más lujosa del establecimiento con aforo para cien personas donde, aparte de mí, había tan solo una pareja alojada.

Reconozco que me pareció un placer visitar la ciudad de esa forma: cada uno de sus detalles parecía cobrar aún más vida sin nadie que pudiese tapar las fachadas de los edificios ni pararse en cada esquina para hacerse fotos. El puente de Rialto que conecta un sestiere (distrito) con otro, a través del Gran Canal pocas veces había estado tan poco frecuentado y hasta me detuve ahí unos minutos para contemplar la ciudad. Pero lo que para mí era un lujo, para muchos habitantes de Venecia —que no dejan de agradecer que en sus aguas no se detengan de momento los cruceros gigantescos que traen consigo polución ambiental y paisajística, ni se lamentan de poder caminar por su ciudad sin codearse con grupos de visitantes y guías—, es un desastre financiero. Con una economía altamente dependiente del turismo, la tasa de desempleo se ha disparado, forzando a muchos a cerrar sus negocios y depender de las escasas ayudas del Gobierno.

Los planes de futuro son inciertos: si bien, por un lado, se plantean cada vez más formas sostenibles de turismo consciente y constructivo; por otro, no es cierto cuándo ni de qué forma será posible reactivar este sector de la economía. La esperanza de muchos lugares que aún cuentan en gran medida con los viajeros para tirar hacia delante es que la forma de viajar se transforme y que, en lugar de la tendencia previa de saltar rápidamente de un lugar a otro (consumiendo vorazmente experiencias fotogénicas para las redes sociales), los turistas se queden durante más tiempo en un mismo sitio, pudiendo así no solo vivirlo de forma distinta, sino también gastando de forma más constante en ese mismo espacio. Eso generaría una balanza en la que no hace falta recibir millones de viajeros, de los cuales la mitad visita la ciudad solamente durante el día.

Pero sin una fecha cierta para el final de la pandemia, aún no se han dibujado del todo los planes del futuro. Venecia espera, en su callada quietud, lo que le depara el borroso futuro, mientras algunos afortunados conseguimos recorrer la ciudad bajo los últimos rayos de sol antes de que el invierno, que ya no tarda en llegar, la haga más fría y más gris.

Al no haber el elevado tránsito que comúnmente se registra por los canales de Venecia, el agua volvió a ser cristalina.

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