“V” de “victoria”

"V" de victoria.
Víctor de Laveleye

El avance había sido arrollador, incontenible, y en menos de un año (desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939) Adolf Hitler ya controlaba territorios más vastos que los que había conquistado Napoleón. La ‘Blitzkrieg’, la ‘guerra relámpago’, le había dado un triunfo tras otro. Y sus tropas seguían marchando triunfalmente en cuatro frentes, mientras en el mar sus submarinos —unos trescientos— abatían día tras día barcos militares y mercantes británicos, apoderándose de las grandes rutas de la navegación. La victoria final parecía cercana y, sobre todo, inevitable.

Era la segunda mitad de 1940, y sólo la tenacidad de Winston Churchill sostenía a Inglaterra, que estaba siendo estrangulada por un cerco naval impenetrable y devastada por unos bombardeos aéreos persistentes.

Pero en el continente parecía que lo único que quedaba por hacer eran gestos aislados de voluntad y resistencia. Como la emisión clandestina de once notas, los compases iniciales de una polonesa de Chopin, con la que Radio Varsovia le decía al mundo que, aunque Polonia hubiera caído, su afán de libertad seguía erguido. O como el episodio del soldado griego que, obligado por un oficial de la ‘Wehrmacht’, arrió la bandera de su país que ondeaba en la Acrópolis, se envolvió con ella y, desde lo alto del Partenón, se lanzó hacia una muerte digna.

Fue por entonces que Víctor de Laveleye, un político liberal belga de familia flamenca que se había refugiado en Londres y trabajaba para la BBC, les pidió a sus compatriotas que, como símbolo de confianza en la victoria final, escribieran por donde fueran la letra “V”, inicial de “victoire” en francés y de “vrÿheid” en holandés, los dos idiomas de su país.

La idea prendió. A los pocos días en las ciudades belgas se veía por todas partes (en paredes y muros, en las puertas de las casas, en las estaciones de buses, en los vagones del tren, en los baños públicos…) la desafiante “V”, convertida en una expresión de resistencia frente a la ocupación.

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De Bélgica la idea saltó a toda Europa y se volvió omnipresente. Fue la “V” de “victory” para los ingleses, de “vitzstvi” para los checos, de “vitestvo” para los serbios y hasta de “vittoria” para los italianos de la resistencia. Fue tan impetuosa su propagación que la BBC comenzó a identificar sus programas de noticias, transmitidos a todo el continente, con las cuatro primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven, es decir tres puntos y una raya, que en el código Morse son la letra “V”.

En los países ocupados, del mar Báltico al mar Adriático, la gente llamaba a las puertas con el sonido inconfundible del punto-punto-punto-raya. Los maquinistas lo usaban con los silbatos de las locomotoras y los choferes con las bocinas de sus camiones. El saludo haciendo la “V” con los dedos de la mano derecha se volvió habitual.

En los restaurantes los cubiertos eran colocados en forma de “V”, y cientos de relojes de plazas y calles fueron detenidos con las agujas marcando las once y cinco. La “V” apareció también en prendedores para mujeres y alfileres de corbata para los hombres. Tiffany’s, la emblemática joyería de Nueva York, hizo con la “V” anillos y colgantes, de oro con diamantes. Y las “V” callejeras escritas con tizas, pedazos de ladrillo o trozos de carbón no dejaron de proliferar.

Irritado, Joseph Goebbels, el ministro nazi de propaganda, intentó apropiarse de la “V” aduciendo que era la letra inicial de “Viktoria” con la que los nacionalsocialistas de toda Europa auguraban el triunfo definitivo de Hitler. Y el colaboracionista noruego Vidkun Quisling, cuyo partido ‘Nasjonal Samling’ apoyó la ocupación de su país y fue nombrado jefe del gobierno, replicó airado al silbato con tres puntos y una raya de un tren en Oslo diciendo “que nadie crea que va a ganar la guerra haciendo ruiditos estúpidos”.

Pero la “V” y los ruiditos estúpidos siguieron multiplicándose y se volvieron el augurio mayor de una victoria aplastante que terminaría concretándose en mayo de 1945. Víctor de Laveleye moriría pocos meses más tarde, en diciembre, abatido por la enfermedad, cuando era ministro de educación de la Bélgica liberada.

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