
El avance había sido arrollador, incontenible, y en menos de un año (desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939) Adolf Hitler ya controlaba territorios más vastos que los que había conquistado Napoleón. La ‘Blitzkrieg’, la ‘guerra relámpago’, le había dado un triunfo tras otro. Y sus tropas seguían marchando triunfalmente en cuatro frentes, mientras en el mar sus submarinos —unos trescientos— abatían día tras día barcos militares y mercantes británicos, apoderándose de las grandes rutas de la navegación. La victoria final parecía cercana y, sobre todo, inevitable.
Era la segunda mitad de 1940, y sólo la tenacidad de Winston Churchill sostenía a Inglaterra, que estaba siendo estrangulada por un cerco naval impenetrable y devastada por unos bombardeos aéreos persistentes.
Pero en el continente parecía que lo único que quedaba por hacer eran gestos aislados de voluntad y resistencia. Como la emisión clandestina de once notas, los compases iniciales de una polonesa de Chopin, con la que Radio Varsovia le decía al mundo que, aunque Polonia hubiera caído, su afán de libertad seguía erguido. O como el episodio del soldado griego que, obligado por un oficial de la ‘Wehrmacht’, arrió la bandera de su país que ondeaba en la Acrópolis, se envolvió con ella y, desde lo alto del Partenón, se lanzó hacia una muerte digna.
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