Edición 446 –julio 2019.
El hombre (alto, pálido, huesudo, de expresión trágica y ademán exhausto) no podía ocultar su enfermedad ni disimular sus síntomas: tosía sin parar, con una tos ronca y cavernosa que retumbaba en toda la librería, en el centro de Londres.
Iba a presentar ese día, 8 de junio de 1949, un libro cuya escritura le había tomado un año largo y lleno de penurias y de cuyo resultado final no estaba del todo satisfecho: “la idea es buena, pero la ejecución podría haber sido mejor si no lo hubiera escrito afectado por la tuberculosis”, según le dijo a su editor al entregarle el manuscrito, sin demasiadas expectativas. Pero cuando murió, siete meses después, el 21 de enero de 1950, de su libro ya hablaba todo el mundo.
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