Una pistola virtual.
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Una pistola virtual.

Por Anamaría Correa Crespo.

Ilustración María José Mesías.

@anamacorrea75

Edición 420 – mayo 2017.

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Podía tranquilamente haber sido un ca­pítulo de Black Mirror que muestre el poder de un arma virtual o, lo que es lo mismo, de una foto o un video comprometedor que se viraliza y circula en segundos por los rincones más recónditos de una pequeña villa monó­tona y mojigata para asesinar la reputación de una mujer desconocida que cometió una indiscreción.

Resulta, en efecto, un buen guion para una serie de ficción: una mujer le es infiel a su marido, sale de un hotel de citas y en ese preciso instante su marido —quien ha cro­nometrado perfectamente los tiempos del encuentro— filma la escena con su teléfono, poniendo en evidencia a los amantes clandes­tinos. En segundos el video casero se vuelve la pieza audiovisual más popular de las redes y llega a las fauces de espectadores ávidos de conflicto y sangre, semejantes a unos lobos rabiosos que proceden a sentenciar, con abso­luto conocimiento de causa, la vida y muertes sucesivas de la protagonista del video.

Pero no es un día cualquiera, resulta que el calendario marca el 8 de marzo, Día Interna­cional de la Mujer. ¡Vaya ironía! Pocos reparan en ello al momento de avivar la hoguera de la humillación pública, sin embargo, hay al­gunos que lo notan e incluso festejan la ma­cabra coincidencia. Lo expresan verbalmente de igual manera en las redes sociales que han tomado a la mujer infiel como el tema ardien­te del día. Se regocijan de que, justamente en el Día de la Mujer, puedan saborear un chisme tan jugoso que alimente su morbo machista como el bocado más suculento satisfaría su hambre. A medida que las redes se van reple­tando con imágenes alusivas al incidente, las risas se vuelven estruendosas a costa de la po­bre pareja, trío debería decir o cuarteto, mejor dicho.

Pero la trama no está completa aún. El vi­deo es solo la primera de una serie de piezas fabricadas para potenciar el golpe y avivar el culebrón que entretendrá al público por algu­nos días más. Luego del video inicial, vendrán fotografías modificadas de la mujer, memes con frases alusivas al acto, hashtags, videos con canciones vulgares de reguetón, una pági­na de Facebook que presume ser de la víctima, e incluso capturas de pantalla que rezan: “Este es el teléfono de la infiel” y, a continuación, su contacto. Se consuma cobardemente la muer­te virtual de la señora.

Mientras el público ríe con satisfacción y sin la menor empatía hacia la víctima del lin­chamiento, con certeza la mujer vive la peor pesadilla de su vida. Mientras la inconciencia invade los espacios que reproducen una y otra vez la escena y en la que risotadas moralistas condenan al juicio final a la “señora infiel”, ella probablemente lucha por mantener algo de sanidad mental para sus hijos y familia.

La lapidación a la modalidad del siglo XXI probablemente consiste en esto. Un episodio de humillación, a modo de castigo, que circula al infinito. Parecería que hemos evolucionado como sociedad: ya no apedreamos físicamen­te a nadie, peor a una mujer. Es más, por el lenguaje de corrección política que nos inun­da, todas las mujeres que conozco y yo misma recibimos una felicitación ligera por el Día de la Mujer. En los hechos, sin embargo, seguimos en el oscurantismo. El episodio de la vida real reveló lo más primitivo de nuestra sociedad que condena un hecho que concierne exclusi­vamente a una pareja, festeja al cornudo que lo hace público y piensa que la mujer obtuvo su merecido.

Al final, el suceso es triste para todos. Una esposa señalada por un conjunto de almas in­quisidoras que armaron un festín virtual en torno a su destrucción y un marido que se re­trató de cuerpo entero como un ejemplar del rancio machismo que busca limpiar su supues­ta hombría humillando a su pareja. Todo esto rodeado por un coro anónimo que hizo el eco perfecto para ejecutar la venganza y explotar las pasiones más nimias y primitivas de este pequeño pueblo.

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