Una mirada amable del mundo
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Una mirada amable del mundo

Diners 465 – Febrero 2021.

Por: Tali Santos
Fotografías: Cortesía

Hace dos años, Manuel Avilés, fotógrafo guayaquileño de 45 años, sintió la necesidad de reinventarse. Además de sus contratos como fotógrafo profesional, daba clases de fotografía en un par de universidades en Guayaquil y entendió que “ahora todo sucede tan rápido que, cualquier cosa que hagas, a los pocos minutos, todo el mundo lo está haciendo también, o es obsoleto”; que “la fotografía se ha masificado y con los bancos de imágenes de fotos de paisajes” —a las que él se dedica— “la profesión se fue al piso”. “Me agarró un punto en el que no sabía qué hacer”, recuerda.

Se preguntó para qué es bueno y la respuesta fue aquella que siempre ha estado ahí: “Para tomar fotos y viajar”. Sin pensarlo demasiado, estructuró su viaje: un itinerario de dos años que abarcaba 75 países en los cinco continentes, siete nuevas maravillas del mundo incluidas.

Tomar aquella decisión implicó renunciamientos. El mayor ha sido dejar a su familia, dice. En su caso, a sus padres, hermanos y sobrinos. Prescindir de parte de su patrimonio: vendió su carro —aunque aún no se lo pagan—, lentes de fotografía, mobiliario, computadora y todo cuanto pudo para hacerse de un fondo.

En Guayaquil tiene dos departamentos que alquila y con lo que ha podido financiar parte de los gastos. Durante el primer año lo auspició una entidad financiera, luego le tocó ajustarse al máximo.

Renunció a una vida cómoda pero —dice— “el que quiere celeste que le cueste”. Ha viajado cargando a la espalda y el pecho un equipaje de 93 libras (ropa, cámara y computadora), tramitando visas de un país a otro: una carga adicional cuando se tiene un pasaporte “débil” como el ecuatoriano —dice—, porque tiene restringido el ingreso a muchos lugares del mundo.

Cuando organizó su viaje lo armó por rutas. Empezó el segundo semestre de 2018. El Ecuador fue el primer destino. “Yo he recorrido el país tantas veces, pero, me dije: ‘Esto es borrón y cuenta nueva’”. Fue un tramo que, quitando los ires y venires, le tomó tres meses.

Al hablar de los sitios que visitó en su país se refiere, más bien, a las conexiones que mantiene con ciertos escenarios y protagonistas: volvió donde los guayacanes del bosque seco manabita, del Guayas y del lojano Mangahurco; donde Miñemo y otros amigos waorani de Bameno, en el Yasuní; a sumergirse en la reserva marina de Galápagos; a mirar el mundo desde las cumbres del Illiniza y el Cotopaxi; donde su comadre y amigos de todas las generaciones de Canchimalero, en Limones, Esmeraldas, el lugar en el que “vive la gente más transparente del mundo” y donde, al igual que en Bameno, “están los niños más felices del mundo”.

“Yo ya estaba en un estado de libertad. Flotando, si lo puedo decir de alguna manera”, recuerda.

En un intervalo durante su recorrido por el Ecuador, a finales de ese año, hizo el primer tramo internacional que comprendió Perú —donde marcó en su lista la visita a la primera maravilla del mundo moderno: Machu Picchu; y empezó a coleccionar —para este itinerario— historias de gente. También estuvo en Bolivia.

El 25 de junio de 2019 partió, desde Guayaquil, hacia su encuentro ininterrumpido con buena parte de un planeta al que define como “un mundo lleno de mundos”.

Salió en busca de paisajes. Al encuentro de otros. Y de sí mismo.

El primer aeropuerto al que arribó —con una escala en Miami— fue el de Georgetown, en Guyana. De ahí, se trasladó, vía terrestre a Surinam, un país que lo sorprendió porque en sus mercados se habla hindi, chino o javanés, debido a los antecedentes históricos de aquella región (junto con la Guyana Francesa) colonizada por países europeos que estaban fuera de la península ibérica. “Da la sensación de estar fuera de Sudamérica”, dice.

Avanzó a Brasil. Fotografió las Lençóis Maranhenses (sabanas de Maranhão), aquel conjunto de dunas de arena blanca junto al Atlántico diseñadas por los fuertes vientos del noreste del país, que en julio cuando cesan las lluvias forman miles de cristalinas lagunas azules. También marcó en su lista la segunda de las siete maravillas del mundo moderno que se propuso visitar: el Cristo Redentor del Corcovado, en Río de Janeiro, desde donde tomó un vuelo hacia Santa Marta, Colombia.

De ahí, por tierra, siguió a Centroamérica. En Guatemala presentó la primera exposición de Colores del Ecuador que, antes de partir, programó hacer en dieciséis países, la mayoría en las embajadas ecuatorianas.

Y dio un salto al Caribe: Belice, República Dominicana.

Las fotos de Manuel Avilés tienen señas particulares: tonos intensos, paisajes naturales y arquitectónicos esplendorosos. Acumulan sonrisas y risas de gente común, a veces logradas con trampa, con una broma antes del clic. Es el retrato del lado alegre de aquel mundo lleno de mundos.

Aunque, no siempre.

En Dajabón, una ciudad de República Dominicana que colinda con la comuna de Ouanaminthe, en el noreste de Haití, un lunes de octubre de 2019, se topó con una especie de feria que ocurre dos veces por semana. Hizo un montón de fotos de los mercaderes, y una foto de varias manos, negras, ásperas, sujetas a una baranda. “Manos de caras tristes que no necesitamos ver”, escribió en un mensaje en su cuenta de Instagram, al referirse a un dolor humano que prefirió no exponer.

Volvió al continente y llegó a México —donde sumó a su lista la tercera maravilla del mundo moderno: las ruinas de Chichén Itzá—. También presentó la segunda muestra Colores del Ecuador en Georgetown University, en Washington.

Cruzó el Atlántico y llegó a Portugal. Fotografió Lisboa, su acogedora capital; Nazaré, la capital de las olas gigantes (más de veinte metros de alto), y en Oporto emprendió el Camino de Santiago (portugués). Un tramo de 310 kilómetros que, durante el otoño boreal, transitó a pie —como manda la tradición a los peregrinos— hasta llegar a Compostela, en Galicia, España.

Después, Israel, donde exhibió Colores del Ecuador. Luego, la cuarta maravilla del mundo moderno de su viaje: la imponencia de Petra. De ahí, el Estado de Palestina y el turístico Belén, donde pasó la Navidad de 2019.

Siguió hacia Jerusalén y sus escenarios bíblicos. De vuelta en Egipto, visitó y fotografió la única maravilla del mundo antiguo: la gran pirámide de Giza, y convirtió en una improvisada modelo a una joven musulmana, que en el Museo de Luxor se ofrecía como guía turística y que ese día —dice él— sacó su lado más vanidoso, tras aceptar la propuesta de que posara para la cámara.

Izq.: Vendedoras de artesanías caminan con sus productos en la famosa Avenida de los Baobabs, en Morondava. al oeste de Madagascar. Der.: Una mujer de la tribu Hammer, en el sur de Etiopía.

Avanzó a Etiopía: niños mursi con los lóbulos de sus orejas incrustadas por platos de madera o arcilla; un niño hamer que lleva una braza encendida a su casa para que su madre cocine; una imagen de museo: los restos de 3,5 millones de años de Lucy, la humana más antigua identificada por la arqueología.

La isla de Madagascar, Kenia, Zanzíbar, India.

En ese país tachó de su lista la quinta maravilla del mundo moderno que se había propuesto visitar: el majestuoso Taj Mahal, símbolo de la tristeza y la riqueza de un emperador enamorado que vivió hace siglos. Fotografió el rostro triste de un “intocable”, un dalit, un paria. Rio y bailó con la gente local en el holi, la fiesta del inicio de la primavera en la que todo se tiñe de brillantes colores, que supone que las brechas sociales desaparecen. Una ficción que ocurre en un escenario real, con personajes reales.

En aquel país se enteró de que el mundo, como lo conocíamos todos, había cambiado.

El 16 de marzo, cuando el Ecuador inició la cuarentena por la pandemia, Manuel Avilés tuvo que abandonar el territorio indio. Debió suspender la exposición que, dos días después, planeaba inaugurar en Nueva Delhi. También canceló las de Katmandú, en Nepal, que iba a presentar una semana después; una en Irán, otra en Japón y las que pensaba realizar en Europa.

La cuarentena global lo obligó a replantear sus rutas. Partió hacia Malasia, un país cercano al que podía movilizarse y se refugió en la isla Tioman, en el océano Índico: un escenario de aguas transparentes, con arrecifes de coral a pocos metros de la orilla. Un territorio de 138 kilómetros cuadrados, donde no hubo casos de covid, en el que él permaneció “85 días y veinte horas”.

Ahí, frente a aquel mar eterno, a 18 643 kilómetros de su ciudad, donde fue el único huésped de un hostal en el que se entretenía preparando su propia comida, fotografió la Vía Láctea, la fauna submarina, la alegría de la familia de los dueños del hostal, se sintió más solo que en cualquier otro momento de su viaje. Lo acompañaron las noticias sobre un país, el suyo, en el que una parte de la población, en media pandemia, exhibió su lado oscuro con muestras de regionalismo; sobre su ciudad, envuelta en un halo de muerte. La preocupación por su familia.

Salió de aquella isla el 11 de junio y viajó a Kuala Lumpur, la capital de Malasia, donde se topó con un mundo nuevo: uno con gente con rostros semiocultos, detrás de mascarillas; templos cerrados por la cuarentena…

Cuando se cumplían cien días de estadía en ese país se marchó a Turquía.

“El viaje continúa”, les dijo a los seguidores de su cuenta en Instagram, que han “viajado” con él a través de sus fotos, videos y mensajes. Él les cuenta los percances que experimenta, les promete nuevas fotos. Ellos lo felicitan, lo alientan, se ríen de la jocosidad y coloquialidad de sus post. “Si descuido esto, pierdo también el interés. Esto me mantiene vivo”, dijo en septiembre pasado.

Niños de la tribu Himba, en el Valle Omo, en Etiopía.

En Turquía permaneció un mes y medio. Dadas las limitaciones de movilización internacional aprovechó para recorrerlo y captar “el mejor ángulo” de la Mezquita Azul; el de la emblemática mezquita Haya Sofía. También el de las mujeres kurdas, a las que hizo reír para su cámara, como lo hizo con otras tantas mujeres, niños y hombres que se ha topado en su viaje. Dice que sigue la filosofía de su fotógrafo favorito: Steve McCurry (el autor de la icónica fotografía de la niña afgana, 1985), para quien una buena fotografía se logra cuando se es totalmente invisible.

McCurry también ha dicho que la mejor manera de capturar la esencia de una persona “es tratarla con respeto, establecer una sonrisa amistosa”, porque, “a la mayoría de la gente le gusta ser fotografiada”, “debes hacer que se sientan cómodos a tu alrededor, con humor”.

Manuel Avilés se mimetiza con el entorno, sin embargo, a diferencia de un fotoperiodista, interactúa con la gente a la hora de apuntarla con su cámara. No es ficción lo que crea. Con una sonrisa, una broma, saca en sus retratados un estado de ánimo que, en muchos casos, tenían guardado muy en su interior: la alegría. O los contagia de la que a él lo acompaña.

De Turquía pasó a Serbia, de ahí intentó entrar a Bosnia y Herzegovina donde, por las restricciones de la pandemia, no pudo ir más allá del puesto de frontera. Regresó a Turquía. Sumó lugares y personajes.

Luego, Albania, Macedonia, Montenegro. Nuevamente, Albania para intentar llegar a Croacia, vía Bosnia. No lo logró: la covid-19, los PCR, las cuarentenas requeridas…

De la agencia de viajes en Nepal, le aseguraron que en los días siguientes se abría el paso a los turistas. Compró el boleto de avión y, al llegar al aeropuerto, malas noticias: el Gobierno nepalí decidió no abrir.

Luego de tramitar una nueva visa, se embarcó hacia Pakistán: las playas con camellos en la caótica Karachi, los rostros y las mezquitas de Lahore, el recorrido en camión hacia un punto en las montañas camino a los Himalayas, nuevos rostros, hacer hiking en el noveno ochomil del mundo. “El mejor lugar de todos”, dice.

La covid-19 no había logrado detenerlo. No hasta entonces, cuando la nueva ola de contagios disparó el cierre de otras fronteras y asuntos familiares demandaban su presencia en el Ecuador. Era hora de volver a casa.

Manuel ha mochileado casi desde que salió del colegio. Y, en este tiempo, en medio de la pandemia, probablemente, ha sido el único viajero en el mundo que continuó un recorrido así de ambicioso, bajo las condiciones de mochilero. Estudió en el colegio Cristóbal Colón de Guayaquil y, al graduarse, fue misionero con los salesianos en Manta, en Manabí y en Yaupi, una aldea shuar en la selva de Morona Santiago. “Estuve más de un año y medio entre ambos lugares, eso me enganchó con la gente”, recuerda.

Este texto cierra el día en el que decidió regresar al país, tras una etapa de diecisiete meses y 43 países visitados. Cuando planea dejar Pakistán en los días siguientes y pasar en el Ecuador hasta enero, para retomar el viaje y marcharse al Cono Sur. Después a Venezuela y, de ahí, a otras islas del Caribe. Seguir sumando países. “Voy a viajar hasta que la covid me lo permita, todos los caminos dependen de ello”.

Un pastor masai, en una noche keniana que deja ver la vía láctea.
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