Edición 432 - mayo 2018.
El mundo se sumió, de pronto, en una obscuridad abismal, invencible. Las tinieblas, densas e impenetrables, se apoderaron de todo. Y ahí se quedaron durante muchas semanas y meses. En los días previos, una luz brillante, que encandilaba, había cruzado el cielo como un mal presagio. Después, un estruendo sobrecogedor lo alborotó todo: el sol desapareció, la tierra tembló, los ríos se escaparon de sus cauces, los montes se cambiaron de lugar y de los mares se elevaron unas olas portentosas, como nunca antes se habían visto. Y, al final, sólo quedaron la obscuridad y el silencio.
Las tinieblas trajeron la muerte: sin luz durante semanas y meses, la vegetación fue marchitándose hasta que, exhaustos, bosques, selvas y praderas cayeron vencidos por la obscuridad, que también fue dejando sin vida a los mares. Al morir la vegetación, también los animales murieron. Los primeros en caer fueron los grandes saurios, pero pocas semanas más tarde ya todo languidecía. Cuando parecía que nada sobreviviría a las tinieblas, el sol reapareció, abriéndose camino con dificultad entre las nubes más negras que jamás hubieran existido. Y renacieron la vida y la esperanza.
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