Una familia muy normal

Familia normal
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

No sé qué sea “normal”, pero sé que mi familia no lo es. Nos pasan cosas raras. Mi esposo ya está acostumbrado, pero al principio, al igual que la gente que recién nos conoce, se quedaba atónito ante los comportamientos sui géneris que ahora ya pasan por corrientes.

Imagino el árbol genealógico de mi familia con fotografías en blanco y negro y tintes de color. Un árbol imaginario en el que conviven mis antepasados, mis fantasmas propios y mis inventos. Entre sus ramas puedo ver a los personajes de los que hablaron mis abuelas, madres y tíos en largas sobremesas, perfilados todos por mis recuerdos miopes.

Tía R daba trampolines mientras daba a luz. A tía D la llamó la Virgen, no se le presentó suspendida en el cielo como en las películas, sino que la llamó por teléfono, un día cualquiera; quisiera saber qué le dijo pero Tía D no me ha dado detalles.

Tío A pescaba gallinas. Tía M se lanzó de cabeza al río por el dolor de muelas y, antes de cumplir dieciocho, se hizo sacar todos los dientes. En cambio a Tía G se le cayeron todos los dientes antes de cumplir treinta. Tío K jamás encontró el tesoro que buscaba, hacía mapas y hablaba en sánscrito a la hora del desayuno.

Tío M incendió un auto y lo condujo en llamas durante dos cuadras seguidas. Tía G también tenía una visión pero, al contrario de Tía D, no era una aparición sagrada ni mística, sino un vulgar e impresentable esfero BIC con tapa rosada; dice que apareció una mañana flotando en el espacio
a su costado derecho. Los neurólogos no encontraron respuesta pero, según las interpretaciones psicoanalíticas de Tío J, se trataba de una manifestación histérica en la que el esfero era, sin duda, un símbolo fálico.

Tía L, alias Calzón de lata, usaba un cinturón de castidad, con candado y todo, como en el Medievo. No sé a quién le habrá dado la llave, imaginarlo me resulta tétrico. Según cuentan, Tía F llamaba por teléfono “a respirar”, dejaba escuchar el ritmo de su congestionada respiración durante unos segundos y luego, sin más, colgaba. Tío M se cayó del segundo piso cuando tenía dos años, estuvo muerto durante meses y después revivió (asegura que nunca más fue el mismo después de eso).

Tío T viajaba en burro mientras leía el periódico, se sentaba de espaldas al burro y tenía la maestría de no caerse del animal mientras se enteraba de las noticias del mundo. A Tío Z le salió un diente
en el cuello y tía M dio a luz una cabeza con pelo largo. El abuelo hacía un testamento cada semana y aseguraba que esta vez sí moriría, pero fue a la abuela a la que le cayó un rayo y estuvo muerta por dos días; después se despertó y puteó a todo el mundo, no soportaba el lloriqueo.

Como dice Julio Villanueva Chang, “de cerca nadie es normal”, así que basta con buscar bien para enterarse que cada familia tiene sus propias versiones de Macondo. No sé hasta qué punto estas historias y estos personajes que parecen sacados del realismo mágico fueron reales. Hay cosas, miles de cosas, que aunque no hayan sucedido, son reales, verdaderas. Lo sé porque estas cosas, estos personajes y esta familia son parte de mí.

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