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Una ducha de aire puro

por Redacción Mundo Diners

Por Manuela Botero

Edición 458 - Julio 2020.

Fotografías: Andrea Cordova Cruzatty, Franziska Müller y Manuela Botero

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Hace ya largos días tuvimos que encerrarnos en casa. Es difícil —y lo será por mucho tiempo— hablar y pensar en algo distinto a la covid-19, la pandemia que ahora en la quietud está moviendo los cimientos de nuestras vidas y la forma cómo nos relacionamos, cómo trabajamos, cómo nos divertimos, cómo nos proveemos, cómo subsistimos en últimas.

La quietud también sirve para saber qué anhelamos. Qué nos produce sed. Y cuando me puse a hacer este ejercicio en medio de la cuarentena, que ya va en cincuentena, me llegó la humedad y la exuberancia verde de los bosques del Parque Nacional Sumaco que caminé durante cuatro intensos días junto a un grupo de montañistas experimentados pocos meses antes de quedar atrapada en mi habitáculo urbano.

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El Parque Nacional Sumaco, considerado una isla ecológica por su alto nivel de “endemismo” (especies únicas de fauna y flora), comprende un sistema montañoso independiente de los Andes que incluye los volcanes Sumaco y Pan de Azúcar, además de los cerros Negro y Galeras —este último hace parte de una pequeña cordillera amazónica—. Tiene un área de 205 249 hectáreas y está ubicado entre las provincias de Napo y Orellana, a solo cien kilómetros de Quito. Un lujo.

Su ascenso que es largo y bastante lodoso, a ratos a zancadas entre las raíces de inmensos árboles de bosque primario, se puede hacer en tres días con duras jornadas de caminata de seis a nueve horas diarias para cubrir una extensión de treinta kilómetros y más de 1 700 metros de ascenso; Pacto Sumaco, la comunidad que sirve como punto de partida está a una altura de 1 500 msnm y la corona volcánica, que tiene una hermosa laguna en su cráter, está a 3 732 msnm.

Para hacerse una idea, la caminada del refugio del Cotopaxi hasta la cima del volcán son 3,8 km y se ascienden cerca de mil metros (de 4 800 a 5 897 msnm). Este es un recorrido casi diez veces más largo en extensión, se ascienden setecientos metros más y el tiempo de caminata es mucho más largo (caminamos más de veintisiete horas en cuatro días). Sin embargo, comenzar a 1 500 msnm con el oxígeno a todo pulmón y temperaturas que van de los veinticuatro a los seis grados en la cumbre es otra cosa, ¡pura clorofila! Además, no tiene la complejidad técnica de la alta montaña. Basta con unas botas de caucho y una buena chompa.

Porque eso sí, la lluvia es una compañera insalvable en este viaje. No todo el tiempo, pero buena parte según las épocas del año (el feriado de noviembre es considerado una de las mejores épocas para visitarlo). Suele llegar por oleadas y se descarga por toneladas en segundos, como ducha.

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“Ir a Sumaco significó ir a respirar un sueño, oír sus ríos, sus pájaros, sus ramas romperse al paso de los monos. Sumaco por primera vez olía, dejó de ser una historia contada por otros para convertirse en una historia contada por nosotros, por un grupo de amigos que vamos a la montaña para sentir fluir la vida”.
(David Hervas, profesor de matemáticas USFQ).

Todas las formas de estos bosques llamados “siempreverdes” permanecen cubiertas por un filme de agua que, cuando se cuela un rayito de sol, nos regala un espectáculo de tonalidades verdes, filigranas y claroscuros conformado por musgos, líquenes, orquídeas, bromelias, hongos, hojas, ramas, troncos, en medio de la luz brillante del bosque húmedo.

El Sumaco es una de las zonas más lluviosas del Ecuador —como antes lo era el ecosistema pacífico chocoano en la provincia de Esmeraldas, hoy cubierto de hoteles y extensas plantaciones—. Por eso alberga bosques “siempreverdes” de varios tipos (montano bajo, piemontano y de tierras bajas) hasta culminar en un páramo de pajonal al que se asciende desde el tercer refugio durante unas tres horas en las que se camina a un ángulo de inclinación de unos 80 grados. Ahí ya toca irse agarrando a lo que se pueda: los arbustos de mortiño, los sigses, los pajonales, si aún sigues con fuerzas.

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“Si navegas por el río Napo aguas arriba a Coca o conduces desde Quito a través de Baeza a Tena o Loreto y tienes la suerte de tener un clima agradable, puedes ver el cono volcánico perfecto del Sumaco que se eleva desde el bosque verde de la Amazonía. Lo he estado mirando durante años y siempre me preguntaba si sería posible escalarlo. La llegada a la cumbre después de caminar tantas horas en el lodo en plena selva, sentir el sol al borde de cráter sobre las nubes y, al mismo tiempo, la lluvia que caía sobre los pueblos al pie de la montaña y mirar desde allí al infinito, fue para mi un sueño por fin realizado”.
(Franziska Müller, guía nacional).

Este parque nacional, desde 1994, ganó fama como destino entre caminantes y exploradores a partir del año 2000, cuando fue declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco, debido a su altísima diversidad biológica que comprende siete zonas de vida diferentes, desde la llanura amazónica hasta el páramo andino, en un espacio reducido. Para entonces ya existía una infraestructura para recibir al turismo en la comunidad Pacto Sumaco, donde fueron reasentadas las familias que sobrevivieron al terremoto de 1987 en la región de El Chaco. Muchas de ellas tenían antes sus predios en otro volcán cercano, El Reventador —en alerta naranja al momento de escribir esto—.

Después de que el Gobierno de turno les entregara estos terrenos, una corporación de iglesias evangélicas ayudó a los pobladores a salir adelante mediante la capacitación en turismo comunitario y la producción de hongos ostras, también con la participación de la Agencia Alemana de Cooperación (GIZ). Así que actualmente todo el turismo que se realiza en el parque pasa por la comunidad, que se encarga de prestar los servicios de guía, porteadores, alimentación de lujo con trucha, hongos, yuca y otros productos que se dan ahí mismo y preparación de los refugios (hay dos refugios equipados con literas, servicios higiénicos, cocina y agua, y un tercero que es solo un tambo de paso para iniciar el ascenso final a la cumbre del volcán).

13 word image 9 “Las montañas me han regalado movimiento, perspectiva, libertad. Me he conocido y me he querido en ellas. Tanto me han dado que, ahora que no puedo salir a su encuentro, las siento igual de poderosas en mi corazón y espero tranquila, porque sé que nuevamente estaremos juntas. Fueron mis maestras: me enseñaron la paciencia”.
(Elisa Barba, socia y gerente de Kuntur Adventure).

En fin, cuatro días de un poco de incomodidad, gran esfuerzo físico y una ducha de aire puro siempre caen bien a los cuerpos amodorrados después de tanta cincuentena.

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