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Una crack que hace goles a las porteras y al sistema.

por Leisa Sánchez

Por Galo Vallejos Espinosa.

Fotografías: Shutterstock.

Edición 460 – septiembre 2020.

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La estadounidense Megan Rapinoe, capitana de la selección de Estados Unidos, se destaca también por su activismo a favor de las minorías. Talentosa e irreverente, desafía al propio Trump.

A ella le molesta la manera en la que el presidente estadounidense Donald Trump gobierna. Lo hace público, de manera regular mediante sus redes sociales. Sin embargo, un día tuvo la oportunidad de que sus palabras se hicieran carne.

Luego de que la selección femenina de fútbol había alcanzado la Copa Mundial, a mediados de 2019, Trump organizó una recepción para recibir a las ganadoras. Megan Anna Rapinoe, la capitana y una de las jugadoras más brillantes del equipo, había advertido en gruesos términos que no se molestaría en ir: “No iré a la fucking Casa Blanca”. Y así fue: el equipo recibió el agasajo presidencial sin la talentosa jugadora que suele lucir una variedad de colores en su cabello.

No fue el primero ni será el último exabrupto de Pinoe (nacida el 5 de julio de 1985), como la llaman, contra el poder. Se trata de la deportista con más vena política de la actualidad, incluso sobre cualquier hombre que realice actividad física a escala profesional. Activista por la diversidad sexual y los derechos laborales de las mujeres, se trata, además, de un imán publicitario, imagen de millonarias marcas mundiales.

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De ella dijo Jorge Valdano, el exjugador argentino conocido por sus filosóficas reflexiones acerca de fútbol y sociedad: “Tiene cosas de las que debiéramos aprender. Por ejemplo, que tengan una relación tan libre con el sexo. Da la sensación de que en el mundo de los hombres no existe la homosexualidad y en el de las mujeres, sí, solo porque tienen una manera más desenfadada de decirle a la sociedad quiénes son. Y ahí Rapinoe ha hecho una gran labor al insertar el fútbol en la normalidad de la dinámica social”.

Luego de 2019, que seguramente fue el mejor año de su carrera (mejor futbolista del Mundial, de la encuesta planetaria de France Football, de la FIFA, y deportista del año de la revista Sport Illustrated), está más posicionada que nunca: a inicios de 2020 no negó que en su futuro, a muy largo plazo, pudiera disputar la presidencia de Estados Unidos, por el Partido Demócrata, por supuesto (en las últimas primarias apoyó a una mujer: Elizabeth Warren).

¿De dónde surgió y cómo llegó a ser la mujer más visible del deporte mundial?

Su camino no fue tortuoso porque nació en el lugar preciso para que una mujer se dedicara a jugar fútbol: California. En ese estado de la unión norteamericana, que ha experimentado un suerte de boom del llamado deporte rey desde los años noventa, se hizo la entonces pequeña y delgada Megan.

Hija predilecta de Redding

Cada 20 de septiembre las calles de la población de Redding se llenan para festejar el Día de Megan Rapinoe. Un día como ese en 2015 la centrocampista lideró al cuadro estadounidense para ganar su primer mundial. La futbolista es la figura pública más famosa que ha salido de este pueblo de noventa mil habitantes, situado en el norte del estado de California.

Megan empezó su vida y su carrera ahí, de la mano de su padre, un entrenador de equipos infantiles que vio cómo su pequeña se consolidaba con el pasar de los años, a pesar de que también incursionó en el atletismo y en el baloncesto. En esos deportes se destacó y pudo perfectamente hacer carrera, pero el balompié la llamaba.

Desde adolescente privilegió su pasión. A pesar de que vivía en California, fue a un equipo de Carolina del Norte (al otro lado del país) para jugar un torneo juvenil a los catorce años. Luego su padre tuvo el ojo para llevarla a jugar a uno de los mejores equipos del estado, el Elk Grove United de Sacramento, para que continuara su formación deportiva. Viajaba diariamente más de cuatro horas para entrenarse.

Rapinoe es un reflejo del fútbol femenino más potente del planeta, el estadounidense, donde millones de mujeres juegan desde niñas y, como hacen los varones en el fútbol americano, el básquetbol o el béisbol, aspiran a becas universitarias en materia deportiva. Ella y su hermana gemela, Rachel, se vincularon a la no cercana Universidad de Portland, estado de Oregón, donde pasaron a defender al Pilots local.

Aquel fue el preludio de su ingreso al profesionalismo, en 2009, cuando fue escogida para el draft de la Women’s Professional Soccer, que la ubicó en las Rapids de Chicago, su primer cuadro profesional y la continuación de una carrera exitosa.

Explosión mundial

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Megan Rapinoe y su equipo se proclamaron campeonas del mundo tras derrotar a Holanda 2-0 en la final disputada en Lyon, Francia, 2019.

A Rapinoe la empezaron a mirar fuera de Estados Unidos muy pronto. En 2011 fue invitada para jugar en el australiano Sídney FC de esa ciudad, en el que anotó goles clave en partidos finales. Volvió a su país a las Wonder Women de Seattle, donde el entrenador justificó su llegada diciendo que “se ha convertido en una de las más emocionantes, impredecibles, creativas y llamativas jugadoras del fútbol femenino”.

Después pasó al multicampeón europeo Olympique de Lyon, antes de recalar en 2013 en el que sigue siendo su club, el Reign Football Club de Seattle, donde se ha ratificado como una de las mejores delanteras del balompié femenino mundial, que le ha servido para ser convocada de manera permanente a la selección estadounidense, con la que ha alcanzado sus mayores éxitos: Copa Mundial Femenina de Fútbol de 2015 y de 2019, Juegos Olímpicos de 2012 y la medalla de plata en el Mundial de 2011.

El año anterior fue determinante para su segundo triunfo global en el torneo realizado en Francia, que, como las copas masculinas, registró llenazos y estallidos de los hinchas en las gradas, debido a la alta competitividad de las futbolistas con jugadas, goles, lujos y hasta faltas muy similares a los certámenes masculinos. Rapinoe ya había hecho historia en los Olímpicos de Londres 2012, cuando se convirtió en la primera jugadora —incluidos los torneos de varones— en anotar un gol olímpico en un torneo de estas características.

En París, en la final de 2019, anotó de penal con su estilo: fría en el cobro (lanzamiento fuerte y esquinado), y explosiva y gregaria en el festejo. El seleccionado gringo, con ella a la cabeza, acuñaba un nuevo éxito. Pero, a pesar de aquello, su vena pública no iba por ahí.

Rodilla al piso

Desde la llegada de Trump al poder en Estados Unidos, los exabruptos del mandatario y millonario han sido pan de cada día. Fueron los deportistas los primeros y los más firmes en responder al mandatario, fuente de complejos y arquetipos racistas, en especial en contra de afrodescendientes y de latinos.

Deportistas del superprofesionalismo gringo, afros sobre todo, hicieron público su rechazo a Trump. El que más notoriedad alcanzó fue el jugador de fútbol americano Colin Kaepernick, quien en 2016, en un juego de su equipo, los 49ers de San Francisco, clavó su rodilla en el piso mientras se tocaba el himno nacional de su país. Lo hizo en protesta por los crecientes abusos en contra de los afros.

Kaepernick, entonces una de las figuras de su deporte, evidenciaba, sobre todo, un rechazo a la altisonante campaña del entonces candidato presidencial Trump, quien una vez que fue elegido lo insultó y amenazó públicamente. Luego del incidente el atleta no ha vuelto a fichar por ningún equipo más, debido al temor generalizado por tenerlo en sus filas, en razón de su activismo.

Mega Rapinoe fue la primera estrella mundial femenina que emuló a Kaepernick, meses después. A diferencia del futbolista afro, cuyo acto fue compartido por compañeros en cancha, el gesto de la jugadora fue personalísimo. Desde entonces no se pone la mano en el pecho a la hora de cantar el himno de su país como hacen sus colegas, un acto que en el entorno social estadounidense, acostumbrado a manifestaciones patrióticas públicas, no es bien visto.

Su firmeza le dio un triunfo en junio de este año, cuando la Federación de Fútbol de Estados Unidos legitimó la rodilla al piso como acto reivindicativo de las y los deportistas, una vez que decenas de miles de personas salieron a las calles de medio centenar de ciudades para rechazar la violencia policial hacia los afros. Megan, evidentemente, estuvo en primea fila.

Ella y Sue

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Megan Rapinoe y su pareja Sue Bird en un juego de baloncesto en enero de 2019.

Rapinoe y su novia, la basquetbolista Sue Bird (la mayor ganadora de medallas olímpicas, nueve, en la historia del deporte estadounidense, entre hombres y mujeres), hacen vida de pareja y son tímidamente parte de la farándula. No se esconden y, de manera sobria y de vez en vez, evidencian su cariño en las calles.

Ambas son activistas de minorías étnicas y sexuales. Megan, evidentemente, es quien lleva la delantera. En la pandemia organizó, junto con otras activistas, grupos de apoyo para mujeres afro víctimas de la crisis sanitaria. Repitió presencia en los medios de comunicación para alertar de la fragilidad de muchas y de la lacra del racismo.

En un talk show —con el conductor Seth Meyers— señaló que no se arrepentía de nada con respecto a su activismo, al animal político que esconde detrás del balón. “Lo único que cambiaría es un pedido de mi madre, que es una mujer conservadora del norte de California, de que no usara una palabrota cuando dije que no iría a la Casa Blanca. Todo lo demás no lo cambiaría jamás”.

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