Un jardín mágico en Londres.
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Un jardín mágico en Londres.

Por Tamara Izco.

Edición 453 – febrero 2020.

Jardín---1

Incluso en sus días más oscuros cuando la ciudad se cubre de un velo gris y pequeñas gotas nublan la vista, Londres sigue conser­vando su —en ocasiones oscuro— encanto mágico. Un pasado lleno de historias intrin­cadas alimentadas por exóticos sueños co­loniales y su incontestable historia hegemó­nica contribuyen a que las leyendas, deseos y cuentos de hadas, magos y brujas hayan florecido (y sigan haciéndolo) aun sin la luz del sol. Desde luego, lugares para imaginar esas ficciones no faltan en la capital, sobre todo aquellos que aun conservan su gloria y que son, en toda su magnitud, monumen­tos al controversial pasado imperial inglés. Kew Gardens, o el Real Jardín Botánico de Kew en castellano, es sin duda uno de aque­llos enclaves. Cabe decir, sin embargo, que su papel actual en la conservación de espe­cies botánicas es crucial y que muchas de las principales investigaciones para salvar aquellas en peligro de extinción se realizan gracias a este espacio.

Ya desde la entrada es imposible evi­tar sorprenderse: un enorme invernadero ocupa la parte central de un jardín que parece interminable, los árboles detrás de él alineados a lo largo de un sendero infinito y, del otro lado, un gran lago con un pequeño palacio y fuentes que danzan armónicamente frente a las cámaras de los visitantes. Y eso es tan solo el principio, el aperitivo. Las 120 hectáreas de este jar­dín que alberga las colecciones botánicas y micológicas más grandes del mundo, contienen un universo casi inabarcable de formas, colores, casas de cristal y edificios aristocráticos que son el escenario perfec­to para imaginar —o más bien revivir— historias de otros tiempos y lugares.

Los tesoros de los jardines de Kew

Aunque no es su invernadero más gran­de, la Casa de las Palmeras es una idílica re­construcción de un bosque tropical dentro de una magnífica estructura de hierro for­jado y cristal, y las especies que se pueden encontrar dentro nos hacen viajar hasta las profundidades de la Amazonía, aunque sea imposible olvidar que uno está en realidad bajo un techo de vidrio y no bajo el cielo abierto de Sudamérica. Aun así, un paseo por este espacio húmedo y frondoso es obligatorio durante la visita a Kew Gardens, ya que, además de por las exóticas especies que en él es posible avistar, funciona como un laboratorio donde se investigan especies tropicales y sus usos medicinales, con el fin de ayudar a su conservación en los entornos naturales. Al salir de este espacio, el mapa parece ofrecer un sinfín de alternativas y ru­tas, cada una culminando en un lugar más impactante que el precedente. Ya sea a la iz­quierda o a la derecha, es posible identificar diversas especies de árboles autóctonos y otros tantos traídos desde rincones lejanos del mundo que han conseguido adaptar­se con el paso del tiempo al clima inglés y ahora viven en su suelo y al aire libre, sin necesidad de las temperaturas controladas de los invernaderos. Es otoño, y muchos de ellos han cambiado de color, pero hay uno en especial frente al que se detienen los vi­sitantes. Conocido como haya llorona o “pendula” y completamente amarillo en esta época del año, este árbol podría parecer una casa: sus ramas colgantes que caen como lágrimas —de ahí su apodo— crean un es­pacio alrededor del tronco que parece un pequeño refugio donde la imaginación viaja directamente a los cuentos de hadas, duen­des u otros seres improbables. Alrededor hay también majestuosos robles y secuoyas, de los cuales el más alto llega a medir hasta cuarenta metros.

En medio de los jardines hay también un canopy walkway —un sendero elevado desde el cual es posible ver este macroes­pacio botánico por encima, en medio de las copas de los árboles—. Inaugurado en 2008, está construido a dieciocho metros del suelo y tiene una extensión de dos­cientos metros, que ofrece un paseo muy particular, con las mejores vistas de Kew Gardens.

Volviendo a poner los pies en la tie­rra, sigue el recorrido por los invernade­ros botánicos hacia el tercero más grande, el Conservatorio de la Princesa de Gales. Con un diseño más moderno que las otras casas de cristal del jardín, fue inaugurado en 1987 y desde entonces ha sido galardo­nado por la labor que dentro de él se de­sarrolla. Bajo sus techos acristalados hay especies de los trópicos húmedos y secos, con una variedad amplia de orquídeas, li­rios de agua y cactus, además de una ha­bitación entera dedicada a plantas carní­voras. Se puede incluso llegar a ver alguna colorida iguana paseando sin miedo por los callejones del conservatorio. Nueva­mente, el tiempo —y el espacio— se de­tienen en esta cápsula vegetal y por un instante es posible olvidarse del todo que estamos en realidad en la Londres otoñal, donde ninguna de estas especies podría sobrevivir al clima. Parece un milagro y, de alguna forma, lo es.

Sin embargo, el conservatorio no es la más impresionante de las estructuras del Real Jardín Botánico de Kew, que alberga la casa de cristal de estilo victoriano más grande del planeta: The Temperate House. Recientemente reinaugurada tras varios años de obras de restauración, este impo­nente edificio tiene diecinueve metros de altura y casi cinco mil metros cuadrados, siendo el doble de grande que la Casa de las Palmeras. Su construcción comenzó en 1859 y duró cuarenta años. Dentro contiene casi 1 500 especies de las Améri­cas, Asia, Nueva Zelanda, África y Austra­lia que viven a temperaturas superiores a los 10 °C. Muchas de estas plantas, a pesar de tratarse de la fundación de la vida del planeta, están amenazadas. Por dentro, la estructura de Temperate House es tan so­brecogedora como por fuera: una precio­sa estructura de hierro forjado, a la cual es posible subir desde escaleras en espiral, ofrece a los visitantes un recorrido desde lo alto y les permite sumergirse en el espí­ritu de los exploradores botánicos que son parte de la historia de estos jardines.

En Kew Gardens hay también una casa de bonsáis, una pagoda china, edi­ficios patrimoniales como el invernadero de Evolution House (un regalo del Go­bierno australiano), donde se cuenta la evolución de las plantas, un invernadero de naranjos llamado Orangery que hoy en día alberga la cafetería de los jardines, una minka (casa tradicional japonesa) y cuatro templos, además del palacio más pequeño de la realeza británica. El palacio de Kew, construido en 1631, es un pin­toresco edificio de ladrillo rojo que, tras largos trabajos de renovación, fue abier­to al público en 2006. En la parte trase­ra se esconde un encantador jardín en el que se cultivan plantas de uso medicinal y donde, si la lluvia lo permite, es posible relajarse unos minutos y sumergirse en el espíritu caprichoso de la aristocracia, agradeciendo quizá que rincones como este estén, hoy en día, abiertos a todos.

Escalera Temperate House.
Escalera Temperate House.
Árbol perenne.
Árbol perenne.
Royal Botanic Kew Gardens. El jardín cuenta con plantas de todos los continentes preservadas con sistemas especiales de calefacción o de ventilación, ideales para mantener el hábitat de las especies.
Royal Botanic Kew Gardens. El jardín cuenta con plantas de todos los continentes preservadas con sistemas especiales de calefacción o de ventilación, ideales para mantener el hábitat de las especies.
Marianne North Gallery. Esta galería alberga una exposición permanente de 832 pinturas de la artista victoriana Marianne North.
Marianne North Gallery. Esta galería alberga una exposición permanente de 832 pinturas de la artista victoriana Marianne North.

Espacios expositivos

Los museos y galerías de Kew Gar­dens tampoco se quedan atrás, y de to­das ellas posiblemente la que deja una impresión más duradera es la Galería Marianne North de arte botánico. Tenien­do en cuenta la dimensión de las estruc­turas con las que uno se va encontrando a lo largo del recorrido por los jardines, al llegar a esta casa roja, resulta difícil creer que pueda haber algo más impresionante que lo antes visto. Sin embargo, después de abrir la puerta de este silencioso enclave y dejando atrás un mensaje donde se aclara que está prohibido tomar fotos, el visitante se adentra en una gran recámara con tres espacios íntegramente cubierta de dibujos y pinturas de las especies botánicas más be­llas y extrañas del mundo. Muchas de ellas ya no podrán ser vistas más que en estas re­interpretaciones pictóricas, diseñadas con gran detalle y destreza por Marianne Nor­th, una notable bióloga y artista inglesa. En el espacio también están sus escritos sobre los tantos viajes que esta mujer —una de las pocas reconocidas en su ámbito y en su tiempo— realizó durante su vida. Habien­do realizado dibujos de especies únicas an­tes de que la fotografía se difundiera, sus reproducciones botánicas son invaluables y el Real Jardín de Kew se jacta de que este espléndido espacio dedicado a su obra es la única exposición permanente en solitario de una artista mujer en el Reino Unido.

En los jardines hay otras zonas con exposiciones temporales dedicadas al mundo botánico, además de instalaciones permanentes como The Hive, que se trata de una experiencia multisensorial con que reproduce una colmena de abejas y cuya intención es enfatizar el papel fundamen­tal de estos insectos dentro del esquema de supervivencia de las especies. La nues­tra incluida, desde luego.

El recorrido por Kew Gardens puede durar horas y, al salir del jardín, no es ex­traño sentir que uno acaba de despertar de un sueño. Es que, además de haber visto plantas que nos transportan a todos los rincones del mundo, las estructuras en las que se encuentran parecen realmente saca­das de libros de época, con su elegancia e imponencia intactas. Saliendo ya del todo de este fantástico enclave, no está de más recordar que en esas bellas casas de cristal con miles de especies dentro están tan solo las muestras de lo que existe naturalmente —aunque a riesgo de desaparecer— en nuestro planeta. Y en los bosques de donde vienen las semillas que en Kew Gardens se estudian y conservan, hay también espacio para seres mágicos, mitológicos y extraor­dinarios, quizá hasta más de los que caben en los límites de nuestra, en ocasiones mol­deada, imaginación.

 

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