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Un encuentro íntimo con MIGUEL VAREA

por Milagros Aguirre

Fotografía: cortesía de obra Miguel Varea
Edición 457 - Junio 2020.

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Su vida estuvo dedicada a dibujar, a pintar, a grabar. Y a pensar. A leer. A escuchar música. A escribir sus textos de caligrafía personalísima.

Siempre rebelde. Siempre iconoclasta. Siempre arriesgado. Siempre sensible. Y generoso.

Deja una obra vastísima, original, provocadora. Deja recuerdos profundos en quienes lo conocieron. Deja su amor impregnado en Dayuma, en sus hijos, en sus nietos.

Cuando la gente está muriendo de coronavirus, a él le dio la gana de morirse de otra cosa, tal vez solo por el prurito de llevar la contraria. Porque sí: porque siempre fue un contestatario. Se reía de los formalismos, se burlaba del poder, de la solemnidad. Y de sí mismo:

Un día trascendente,
Igual ke el día de ayer
ke o komo será un día trascendente
los días trascendentales
pasan desapercibidos para alguien
intrascendente komo yo

En su homenaje, vayan estos recuerdos de dos personas que lo conocieron y lo aquilataron. Son dos visiones que se vuelven una. Son dos despedidas que se convierten en un encuentro. En un encuentro íntimo con Miguel Varea.

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¡Qué suerte!
Por Milagros Aguirre

En la pared principal de mi habitación tengo un cartel con un dibujo de Miguel Varea cuando, en 2004, inaugurábamos una exposición sobre la selva, en Art-Forum. Presentábamos entonces Mitos y tradiciones de los naporuna, dos bellas ediciones: una en kichwa, que ilustraba Varea y otra en español con dibujos de Marcelo Aguirre. Ahora que Varea emprendió su viaje a la luz (abril, 2020), han venido a mi memoria tantas aventuras que tienen que ver con el arte, con la literatura y con la vida, con las risas, con el desparpajo, con el tabaco, con la plumilla, con la familia, con la Dayuma, con la amistad profunda, esa que sobrevive a las distancias, al silencio, a los olvidos, a los descuidos.

En 2003 participé en un proyecto suyo, La estétika del disimulo, un libro con sus dibujos y su poética, sus trazos y su rebeldía. Horas de horas de charlas en su taller en Sangolquí para seleccionar dibujos que hicieran sentido de su cuaderno infinito. Días de días de conversaciones y de locura, de cuadernos, de tintas, de grabados, de filosofar, de cambiar el mundo, de reír a carcajadas, de escuchar música, de hablar insensateces, de burlarse de las sagradas instituciones, de la korrupción, como él escribía, así, con k, para que suene más fuerte y contundente.

¡Qué suerte! ¡Qué privilegio ese de pasar horas de horas en el taller de Miguel y de Dayuma! ¡Tantos tabacos que fumamos juntos en tantas horas de charla y risotada! ¡Tantos dibujos maravillosos, personajes alucinantes, líneas y su particular escritura en la que cada letra era también una obra de arte!

Después nos vimos poco. La vida le lleva a uno por otros caminos y a mí me llevó por la selva, esa que le costó tanto dibujar a Miguel: “Nada de selvátiko aparece”, dice el cartel de mi blanca pared, así que no logré que fuera a exponer sus dibujos a esos confines que para él resultaban muy lejanos.

Miguel y Dayuma eran uno. Y a la vez, cada uno con su personalidad, con su arte propio, con su impronta, con sus colores, con sus risas. Han sido amigos incondicionales. Con ellos siempre se podía contar. Siempre.

Si algo me ha entristecido en estos tiempos de pandemia es no poder abrazar a Dayuma y a sus hijos, no haber estado con ellos en Sangolquí para la despedida de Miguel. ¡Qué tiempos difíciles hasta para morir! Todavía escucho la voz ronca de Miguel al otro lado del teléfono: “¿Ké fue, Milagros, ¿ké más?”, acompañada, por lo general, de risas y de alguna de sus frases irónicas sobre el poder, sobre la koyuntura, sobre los polítikos de turno, sobre sus magnas decisiones. Y repito para mis adentros: ¡qué suerte! ¡qué suerte haber tenido amigos como la del gran Varea! ¡Qué suerte que él, su rebeldía y su coherencia, y claro, Dayuma, hayan formado parte de mi derrotero!

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Mi tío Miguel
Por Ana Cristina Franco

Decía mi tío Pablo que mi tío Miguel estaba siempre un paso adelante. Leía autores dificilísimos y Pablo, queriendo impresionarlo, leía todo lo que él recomendaba. Pero cuando llegaba orgulloso a comentar su lectura, Miguel le decía: “¿Eso estarás leyendo? ¡Huevadas!”. Ya había superado esa fase y estaba en otra, más bacán. Alcanzarlo era imposible. Creo que todos en la familia, secreta invisible o inconscientemente, seguíamos los pasos de mi tío.

A los veinte soñaba con ser artista plástica e iba una vez por semana al taller de mi tío. Desde el silencio, él dejaba que yo descubriera a tropezones los procesos laboriosos del grabado. En lugar de darme instrucciones técnicas, me contaba parábolas chinas que, por supuesto, yo no entendía. Cuando terminaba sus relatos me miraba atento, como esperando mi reacción. Yo, que no sabía qué tenían que ver estas parábolas con el grabado, ni a propósito de qué me las contaba, buscaba qué decir para no quedar de boba. No sabía si responder con una sonrisa, una lágrima o una carcajada, entonces terminaba zafando con el genérico “Qué interesante”. El Miguel solo se reía, con esa risa inteligente que te dejaba otro poco atrás.

Nunca logré, por ansiosa, hacer un grabado. Solo después entendí (creo) la relación entre la filosofía oriental y la pintura. Mi tío no quería perder el tiempo enseñándome eso que se podía aprender cualquier rato, sino analizar el estado (ese sí indispensable) que se requiere para pintar o dibujar, esa mezcla de inspiración y paciencia: armonía con el tiempo. Mi tío se quedaba desde el amanecer dándole el tiempo y la paciencia a trazar líneas, una al lado de la otra, líneas que incluso no se proponían componer un rostro o una planta, nada figurativo, sino simplemente ser líneas, espacio y luz. Para él, el arte también (y sobre todo) era el proceso mismo de hacer arte, el hecho de estar aislado, leyendo a Pitágoras, fumando y trazando líneas, un estado de inspiración constante. No es lo mismo, decía, dibujar con bolígrafo que con lápiz. Parecía seguir el curso que le dictaban los materiales y, por medio de ellos, explorar todas las posibilidades.

Decía que no se trata de “estructura” o “técnica”, sino que estas están íntimamente relacionadas a su contenido, que la naturaleza de cada material oculta misterios distintos. La obra del Miguel, más que el qué, era el cómo. Cada cosa que era retratada por su pluma adquiría un alma especial. Un frasco. Un lápiz. Un ojo. Todo era bello cuando él lo subrayaba. Para él la vida era representar la vida. La vida cotidiana no le bastaba, era algo por lo que había que pasar si se quería dibujar. Comer, hablar del clima, decir buenos días, nada de eso parecía importar en su mundo de tinta china, Calamaro, café, cigarrillos y libros. Y en ese sentido él mismo era una rebelión, contra la rutina, contra la vida seria, contra lo absurdo de existir; era como si dijera: “No, me rehúso a bancarme esta mierda”. Parecía como, si en lugar de vivir, se resistiera a vivir, dibujando. Pero al mismo tiempo esas cosas cotidianas de las que huía en la “vida real” están, toditas, en su obra. Mi tío hizo que las tradiciones familiares dejaran de ser intrascendentes o invisibles y pasaran a ser maravillosas. Ponía en altar las frases de mi mami Yoya, dibujaba sus dichos, escribía sus costumbres así como suenan, haciéndonos ver eso que estaba ahí y que a todos nos conmovía pero que ninguno era capaz de describir.

Su misma vida podría leerse como una forma de cuarentena por convicción, y pienso que el contexto en el que decidió irse fue el mejor. Cuando era chiquito y le preguntaban por qué lloraba, decía que quería que se fueran las visitas. Nada de cura ni de curadores, nada de intelectuales ni de apellidos importantes, nada de prensa. En lugar de una sala de mármol fúnebre, su taller; en vez de Carmina Burana, Los Beatles. Llevaba puesta su chompa de cuero negro, me cuenta mi madre, y, claro, un cigarrillo en las manos cruzadas. Muchos se van cada día, no todos dejan tanto como él.

SERA DENMENDAR
SERA DE TOKAR FONDO
SERA DE DEJAR DESKAMPAR
SERA DE MOJARSE UN POKO
SERA DE TOMAR KONCIENCIA
SERA DE PEGARSE UNA PERRA
SERA DE TOMAR DESINFLAMANTES
SERA DE ROGAR
SERA DE DROGARSE
SERA DE DESINTOXIKARSE
SERA DE TOMAR AGÜITA DE ALGO
SERA DE AYUNAR
SERA DE ABSTENERSE
SERA DE SALIR O
SERA DE KEDARSE
KE SERA KE MISMO SERA
www.miguelvarea.com

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Acerca de Milagros Aguirre

Periodista y editora, autora de varios libros sobre la Amazonía. Actualmente, Editora General de Abya Yala.
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