Un asunto de barbas
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Un asunto de barbas

Cuando murió, en el año 641, el Imperio había superado —con grandes sacrificios, como la pérdida de vastos territorios— algunas de sus crisis más hondas, que lo habían llevado al borde del colapso. Como cuando el acoso de los bárbaros llegados de los Balcanes estuvo a punto de obligar a trasladar la capital de Constantinopla a Cartago, en la otra orilla del mar Mediterráneo. O como cuando, tras la toma de Jerusalén por los árabes, en 637, había desaparecido la Vera Cruz, en la que habría muerto Cristo a manos de los romanos. Habían sido crisis profundas, muy dolorosas, pero Heraclio, en sus 31 años como emperador de Bizancio, había conseguido doblegarlas todas.

Placa esmaltada de un crucifijo de cobre dorado del siglo XII, Museo del Louvre. Muestra en su parte izquierda al tetramorfos, portadores del trono de Dios, y en su lado derecho, el que aparece aquí representado, a Heraclio recibiendo la sumisión de Cosroes II, rey de Persia, y alzando su espada para cortarle la cabeza.

Quedaba, sin embargo, un asunto pendiente: la disputa indomable entre las iglesias occidental y oriental sobre la autoridad máxima del catolicismo. Y es que mientras los occidentales sostenían, desde Roma, la primacía absoluta del papa, desde Constantinopla los orientales mantenían irreductible su denominación de “patriarca ecuménico” al jefe de su iglesia. Nadie cedía. Heraclio había unificado al Imperio en su religión y sus valores y a su población en su formación y sus creencias, pero la controversia sobre el liderazgo del mundo católico se mantenía viva, estorbando la cohesión de una religión que empezaba a soportar el desafío del islam.

Sin proponérselo, incluso sin comprender la trascendencia que tendría su decisión, el emperador había promovido el afianzamiento en sus dominios de la cultura griega, al extremo de que el latín, la lengua natural del Imperio Romano, incluido Bizancio, había dejado de ser el idioma oficial de la corte y los tribunales: desde Heraclio, las leyes se dictaban en griego y también todas las comunicaciones del gobierno. La unificación de la lengua enorgullecía al emperador, en especial porque había ocurrido en medio de unos tiempos turbulentos, de conquistas y sometimientos, en los que las tribus que asolaban el sur de Europa iban imponiendo a su paso sus idiomas nórdicos y asiáticos.

Pero la unificación idiomática tuvo también un efecto imprevisto: hasta entonces, las iglesias occidental y oriental hablaban la misma lengua, el latín, que les permitía entenderse e identificarse, lo que, a pesar de su litigio siempre pendiente sobre la primacía del papa de Roma o del patriarca de Constantinopla, mantenía abierto un diálogo integrador entre los dos centros del catolicismo. Cuando los sacerdotes occidentales, que hablaban latín, no pudieron entenderse ya con los sacerdotes orientales, que hablaban griego, los lazos frágiles que unían a las dos iglesias se rompieron para siempre.

Por entonces ocurrió algo más: la nobleza bizantina había rescatado el uso de la barba como símbolo de distinción y clase, incluso de devoción y piedad. Durante los nueve siglos previos, el mundo griego había imitado al más grande de sus hijos, Alejandro Magno, quien al ser coronado rey de Macedonia, 336 años de Cristo, había adoptado —por su barba rala— la costumbre de afeitarse a diario. La barba reapareció durante el largo reinado de Heraclio. El mundo romano, por el contrario, no abandonó nunca el afeitado constante que Escipión el Africano, uno de sus generales y cónsules sobresalientes, había copiado de Grecia dos siglos antes de Cristo.
Y, así, mientras en Constantinopla tan sólo los eunucos —muy abundantes e influyentes a lo largo de la historia bizantina— carecían de unas barbas pulcras y orgullosas, en Roma sólo los campesinos y los bárbaros mantenían sus barbas espesas y enmarañadas. Con lo cual los barbudos orientales veían a los occidentales como eunucos, a la vez que los afeitados occidentales identificaban a los orientales como bárbaros. Lo que aportó a las suspicacias y los prejuicios que, sumados a las trabas idiomáticas, derivarían en el cisma entre las iglesias Romana y Ortodoxa. Nada menos.

(Jorge Ortiz)

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