Edición 438 - noviembre 2018.
Connecticut no se llamaba todavía Connecticut cuando nos instalamos en sus cercanías para pasar vacaciones en un lote donde mis papás construyeron una casita liliputense que no guardaba proporción con la inacabable extensión del terreno, que nos permitía jugar a las escondidas entre el sembrío de maíz, treparnos al único árbol existente, recoger moras silvestres y bucear en una pileta redonda cuya agua helada apenas nos llegaba a las rodillas.
Connecticut no se llamaba todavía Connecticut, sino que era un pueblo de tiempo aletargado. Sus casas remataban en un techo de teja soportado por paredes de adobe minuciosamente maquilladas con cal; en su vientre habían sido talladas unas ventanucas con cerco de madera pudorosamente protegidas desde el interior por cortinas tejidas a crochet que no escondían otro secreto que el de pobreza. Cada casa tenía un jardín donde sus dueños dejaban amarillar las esperanzas.
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