Las relaciones del poder mundial se trastornaron con una rapidez y una hondura que nadie logró anticipar.
Todos sabían, al un lado y al otro de la Cortina de Hierro, que lo que se celebraba en el Occidente y se lloraba en el Oriente no era un resultado deportivo. No. Era mucho más que eso: era una victoria en una batalla —importante, impactante— de la Guerra Fría. Por lo inesperada y rotunda, esa victoria fue llamada “el milagro en el hielo”. Y los vencedores fueron aclamados como héroes, con desfiles, condecoraciones y homenajes que duraron varios días. Por lo que, al comenzar marzo de 1980, la tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética había alcanzado sus niveles máximos.
Por entonces, estadounidenses y soviéticos, con sus respectivas alianzas políticas y militares, luchaban cada día y en todo terreno por la supremacía planetaria. ¿Era mejor el capitalismo, con su democracia y sus libertades, o lo era el socialismo, con su dictadura proletaria? ¿Qué sistema permitía el desarrollo más eficaz de las capacidades humanas, en lo político, lo económico, lo social, lo cultural, lo científico y, también, lo deportivo? Más aún, cuando terminara esa larga confrontación (que había empezado al concluir la Segunda Guerra Mundial), ¿cuál de los dos bloques prevalecería?
Para esa confrontación, uno de los terrenos más propicios —por la atención masiva que concentra— era el deportivo. Y al llegar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980, en Lake Placid, Nueva York, estadounidenses y soviéticos sabían que el mundo estaría pendiente. El interés se centró en el hockey, el mayor deporte invernal por equipos. El cuadro soviético era el inmensamente favorito, porque había ganado todos los torneos de los dieciséis años previos con unos números rotundos (veintisiete partidos ganados, uno empatado y solo uno perdido) y porque el gobierno de Moscú lo apoyaba sin reservas.
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