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EDICIÓN 500

Política Internacional

Capitalismo Vs. Socialismo ¿o multipolaridad?

® ALAMY PHOTO SOCK.J. F. Kennedy y C. J. Arosemena, Ecuador, 1962.

Todo cambió desde 1980

por Jorge Ortiz

Las relaciones del poder mundial se trastornaron con una rapidez y una hondura que nadie logró anticipar.

Todos sabían, al un lado y al otro de la Cortina de Hierro, que lo que se celebraba en el Occidente y se lloraba en el Oriente no era un resultado deportivo. No. Era mucho más que eso: era una victoria en una batalla —importante, impactante— de la Guerra Fría. Por lo inesperada y rotunda, esa victoria fue llamada “el milagro en el hielo”. Y los vencedores fueron aclamados como héroes, con desfiles, condecoraciones y homenajes que duraron varios días. Por lo que, al comenzar marzo de 1980, la tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética había alcanzado sus niveles máximos.

Por entonces, estadounidenses y soviéticos, con sus respectivas alianzas políticas y militares, luchaban cada día y en todo terreno por la supremacía planetaria. ¿Era mejor el capitalismo, con su democracia y sus libertades, o lo era el socialismo, con su dictadura proletaria? ¿Qué sistema permitía el desarrollo más eficaz de las capacidades humanas, en lo político, lo económico, lo social, lo cultural, lo científico y, también, lo deportivo? Más aún, cuando terminara esa larga confrontación (que había empezado al concluir la Segunda Guerra Mundial), ¿cuál de los dos bloques prevalecería?

Para esa confrontación, uno de los terrenos más propicios —por la atención masiva que concentra— era el deportivo. Y al llegar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980, en Lake Placid, Nueva York, estadounidenses y soviéticos sabían que el mundo estaría pendiente. El interés se centró en el hockey, el mayor deporte invernal por equipos. El cuadro soviético era el inmensamente favorito, porque había ganado todos los torneos de los dieciséis años previos con unos números rotundos (veintisiete partidos ganados, uno empatado y solo uno perdido) y porque el gobierno de Moscú lo apoyaba sin reservas.

Frente a esa colección de estrellas, los estadounidenses tenían nada más que jugadores universitarios. Unas semanas antes, en un partido de preparación, los soviéticos habían vapuleado a los americanos 10 a 3. Otra goleada parecía inevitable. Pero fue entonces cuando ocurrió el “milagro en el hielo”: más por empeño y garra que por calidad, el equipo de los Estados Unidos derrotó al de la Unión Soviética 4 a 3. Un resultado increíble, que a la mañana siguiente estuvo en la primera página de todos los diarios del mundo (menos en los de la órbita socialista, que se demoraron tres días en publicarlo).

Caída del Muro de Berlín,9 de noviembre de 1989.
Caída del Muro de Berlín, 9 de noviembre de 1989. ® ALAMY PHOTO STOCK

Un año turbulento

Conmoción deportiva aparte, 1980 fue un año en el que los tambores de la guerra no dejaron de redoblar ni un solo día. Las amenazas y los roces fueron diarios. Pero para entonces, sin que casi nadie comprendiera aún su trascendencia, dos hechos ya habían puesto las bases de unos cambios geopolíticos y estratégicos que en los años siguientes transformarían el mundo para siempre, sin estruendo, convulsiones ni guerras. El primero fue la decisión del hombre fuerte de la China, Deng Xiaoping, de introducir elementos de mercado en la controlada, abúlica y yerma economía socialista china.

Había empezado a hacerlo en 1978, dos años después de la muerte de Mao, con una idea a la que llamó ‘boluan fanzheng’ (algo así como ‘eliminar el caos y volver a la normalidad’), cuyo primer propósito fue erradicar los rezagos de la sangrienta Revolución Cultural maoísta. Pero Deng quería ir más allá. Su meta era abrir la economía para contagiarla del dinamismo capitalista, permitiendo, por ejemplo, que los campesinos gestionaran las tierras en las que trabajaban y vendieran sus productos, aunque manteniendo la retórica socialista del partido único y la propiedad estatal.

Esos primeros brotes de propiedad privada y de iniciativa individual, que fueron ampliándose desde 1980, tonificaron la economía, sacaron paulatinamente de la pobreza, incluso de la miseria, a millones de personas y lanzaron a la China hacia un porvenir de esplendor, que al empezar al siglo XXI le permitiría convertirse en la segunda economía del planeta (la “fábrica del mundo” la llamarían”) y hasta a aspirar a ser en 2050 (tal vez, incluso, en 2030) la mayor de todo el mundo, dejando atrás a los Estados Unidos. Nada menos. El segundo hecho había ocurrido en la Unión Soviética.

Fue “la batalla del hielo”: en plena Guerra Fría, en 1980, los Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en la final olímpica de hockey. No se trataba solo de dos equipos, sino de dos sistemas políticos y dos visiones del mundo.
Fue “la batalla del hielo”: en plena Guerra Fría, en 1980, los Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en la final olímpica de hockey. No se trataba solo de dos equipos, sino de dos sistemas políticos y dos visiones del mundo. ® ALAMY PHOTO STOCK

El principio del fin

Afectada por la rigidez del dogma marxista y con su liderazgo llegado a una ancianidad necia, la Unión Soviética había decidido enrumbar por el camino totalmente opuesto al de sus pares chinos. Y en vez de pensar (como Deng) en que “no importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones”, Leonid Brézhnev había optado en la Navidad de 1979 por lanzar al Ejército Rojo a invadir Afganistán en apoyo de un gobierno que era impopular y débil, pero que se declaraba marxista. Fue una decisión catastrófica: diez años después, cuando —vencida— retiró sus tropas, la URSS ya era un país moribundo.

La guerra de Afganistán, en efecto, desnudó la verdad soviética: era una potencia militar global, sí, pero con una economía desfalleciente, una crisis política honda, un nivel general de vida declinante, un descontento social generalizado y, sobre todo, un ambiente evidente de desaliento, escepticismo y tristeza. El socialismo había fracasado. Y no lo había hecho sólo en la Unión Soviética, sino en todos los países de su órbita, aquellos que estaban detrás de lo que Winston Churchill llamó la Cortina de Hierro. El colapso final de ese mundo ya sólo sería asunto de tiempo.

Pero en 1980 nada de eso se veía venir: ni el vertiginoso ascenso chino ni el abrupto derrumbe soviético. Por el contrario, los Estados Unidos y la Unión Soviética, que en 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial, habían emergido como las potencias dominantes, seguían en la cúspide del escenario internacional, reforzados por alianzas militares poderosas y disponiendo —según parecía— de capacidades suficientes para luchar por la hegemonía planetaria dónde y cuándo fuera necesario. Todo llevaba a creer que ese equilibrio del poder mundial no tenía fecha de caducidad.

Mirándose a los ojos

Así lo creían, al menos, Jimmy Carter y Leonid Brézhnev, los líderes de las potencias dominantes, que a lo largo de ese tenso e intenso 1980 no dejaron de escalar la rivalidad americano-soviética. Todos los días se miraban a los ojos. Su actitud tenía un atenuante: la certeza de que una guerra con armas nucleares significaría la extinción de la especie humana había implantado una prudencia que fue denominada “equilibrio del terror”, que no detuvo el enfrentamiento pero sí le puso límites. Y el deporte terminaría siendo, una vez más, el terreno propicio para intercambiar asperezas.

La Unión Soviética se había preparado con meticulosidad para los Juegos Olímpicos de Verano que empezarían el 19 de julio. Había que vengar “el milagro en el hielo”. Pero Carter, que había hecho de los derechos humanos el emblema de su presidencia, le advirtió a Brézhnev que si no retiraba sus tropas de Afganistán (115.000 soldados, con artillería y aviación), los Estados Unidos se abstendrían de asistir. La respuesta soviética fue redoblar los ataques contra los campamentos de los muyahidines, los combatientes de la guerra santa, uno de cuyos jefes era Osama bin Laden.

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De izq. a der.: Mijaíl Gorbachov, Deng Xiaoping, Margaret Thatcher y Ronald Reagan. ® CAMILO PAZMIÑO

En efecto, los atletas americanos no fueron a Moscú, una ausencia que fue una de las noticias relevantes de 1980. Pero, claro, ese año hubo hechos aún más trascendentales, como la apertura de relaciones entre Egipto e Israel, que significó el primer vínculo israelí con el mundo árabe, pero derivó en el asesinato —un año después— del presidente egipcio, Anwar el-Sadat. Y hubo otro crimen resonante: John Lennon fue asesinado en Nueva York. Y ese año se anunció que la viruela —una de las enfermedades que más mortandades causó a lo largo de la historia— había sido erradicada de la faz de la Tierra.

La confrontación incesante

En los cuarenta años de la Guerra Fría (que comenzó en 1949 cuando la Unión Soviética se dotó de su bomba atómica y terminó en 1989 cuando cayó el Muro de Berlín), cada suceso político ocurrido en cualquier lugar del planeta estuvo inscrito en la lógica del mundo bipolar. Así, por ejemplo, que en abril de 1980 Robert Mugabe tomara el poder en Zimbabue, el país antes llamado Rhodesia del Sur, fue un éxito soviético, así como la entrada tumultuosa en la embajada del Perú en La Habana de cubanos despavoridos que huían del régimen castrista fue un triunfo americano.

Esa entrada, iniciada el 4 de abril de 1980, llegó a ser el mayor caso de refugio y asilo bajo protección diplomática jamás habido. Fueron 125.000 personas que en el transcurso de siete meses recibieron asilo en los Estados Unidos. Se lo llamó el “Éxodo del Mariel” y fue uno de los episodios de más impacto de esos años ásperos. En realidad, toda América Latina vivía épocas difíciles, con dictaduras militares violentamente represivas y grupos insurgentes armados, cuyo combate diario derramó ríos de sangre. Una excepción era el Ecuador, que un año antes había vuelto a la democracia.

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De izq. a der.: Juan Pablo II, Lech Walesa, Vaclav Hável, Osama bin Laden. ® CAMILO PAZMIÑO

En 1980 la mayor tensión internacional se concentró en Irán, que en septiembre fue atacado por Iraq, lo que desencadenó una guerra que duraría diez años, causaría un millón de muertos y fuera el epílogo de la milenaria rivalidad entre chiitas y sunitas, y entre persas y árabes. Pero, además, a todo lo largo de ese año 52 diplomáticos americanos permanecieron cautivos en su embajada en Teherán, que en noviembre anterior había sido asaltada por la Guardia Revolucionaria Islámica. Fue una humillación sin atenuantes para los Estados Unidos, que duró 444 días y que recién terminó en enero del año siguiente.

Los grandes líderes

En efecto, el 20 de enero de 1981 los diplomáticos fueron liberados, mediante —tal vez— alguna negociación secreta con el nuevo gobierno. Y es que ese día Ronald Reagan asumió la presidencia de los Estados Unidos, tras haber derrotado electoralmente a Jimmy Carter, cuyo prestigio se había desplomado por la crisis de los rehenes en Irán. Con la llegada de Reagan se completó el conjunto de líderes que en los años siguientes substituirían la apocada y pusilánime política de contención frente a la Unión Soviética por una actitud de confrontación y careo. Y cambiaron el mundo.

Margaret Thatcher había empezado esa substitución cuando asumió como primera ministra británica, en mayo de 1979: no sólo aplicó políticas liberales, algo inaudito en una época en la que el liberalismo era visto como un pensamiento obsoleto y superado, sino que proclamó la supremacía de los valores occidentales. Su alianza con Reagan fue rápida, y a ellos se fueron sumando otros líderes resueltos, en especial el francés Valéry Giscard d’Estaing y el alemán Helmut Schmidt. Para 1980, los síntomas del fracaso del socialismo ya eran claros. Se podía, entonces, ganar la Guerra Fría.

Tropas soviéticas durante la invasión a Afganistán(1979-1989)
Tropas soviéticas durante la invasión a Afganistán (1979-1989).® ALAMY PHOTO STOCK.

En efecto, el sistema crujía en los países de la órbita soviética, a tal punto que en septiembre de ese año la presión popular forzó al gobierno de Polonia a legalizar un sindicato independiente, ‘Solidaridad’, el primero en un país socialista. Ese avance había sido posible por el estado de exaltación en que estaba Polonia desde que, en octubre de 1978, el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, se había convertido en el papa Juan Pablo II y su prédica a favor de la libertad humana (él había resistido la ocupación nazi de su país) se había erigido en una bandera de lucha contra el régimen imperante.

El final de una era

Los sucesos se precipitaron: durante la década siguiente los achaques del sistema se multiplicaron, mientras el socialismo se quedaba sin referentes tanto por las diarias evidencias de su fracaso como por el desastre soviético en Afganistán y el creciente alejamiento chino de la ortodoxia marxista. Ese proceso de crisis tuvo su desenlace el 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. En los dos años posteriores, los países de Europa del Este adoptaron el capitalismo y la democracia y, al llegar la Navidad de 1991, se disolvió la Unión Soviética. Una era de la historia mundial había concluido.

Del final de la Guerra Fría surgió un mundo geopolíticamente unipolar, con la democracia liberal triunfante y los Estados Unidos en la cima, lo que apresuró el proceso de globalización y la interconexión de las redes de suministros. Parecía que la nueva normalidad seria duradera, al extremo de que, refrescando la interpretación que le había dado el marxismo a la teoría hegeliana, hubo quienes creyeron que había llegado el final de la historia. Pero esa ensoñación fue efímera, porque para el cambio de milenio ya era perceptible que esa posguerra —tanto como las dos primeras— había durado poco.

Guerra Irán-Iraq(1980-1988).
Guerra Irán-Iraq (1980-1988).® ALAMY PHOTO STOCK.

La unipolaridad se transformó, con una rapidez de vértigo, en una multipolaridad caótica, proveniente del ascenso chino, la explosión demográfica india, el regreso del afán imperial ruso, el reforzamiento de la identidad europea, el renacimiento islámico, la aparición de potencias intermedias (Irán, Turquía, Indonesia, Arabia Saudita, Brasil, Sudáfrica…) y la irrupción —aún incipiente— del “Sur Global”. Todo lo cual se precipitó, perturbándose y alborotándose, por una pandemia que mató gente, interrumpió procesos, hundió economías y convirtió en habitual la difusión de las más delirantes teorías de la conspiración.

Sí, todo cambió desde 1980. El mundo está ya en la cuarta revolución industrial, la robótica y la inteligencia artificial avanzan con una fuerza irresistible, los magnates de las grandes firmas tecnológicas son los nuevos amos de la Tierra, el calentamiento global se agrava día tras día, las redes sociales y su carga de frustraciones han llegado a ser omnipresentes, hay ejércitos privados que emprenden guerras y golpes de Estado, el nacionalismo y el populismo atacan con una potencia desintegradora y, según la creencia callejera, las ideologías ya no existen. Todo es distinto. El tiempo dirá si para bien o para mal.

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Acerca de Jorge Ortiz

Ha sido periodista y corresponsal internacional, articulista, presentador de noticias, entrevistador y colaborador de la revista Mundo Diners, además de autor de cuatro libros de relatos históricos.
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