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Tocqueville hace las Américas

por Diego Pérez Ordoñez

Un viaje aparentemente administrativo. Un viaje que se convirtió en recorrido de observación y que terminó por pavimentar el camino de la república contemporánea. Un inquieto magistrado francés, curtido por los trasiegos revolucionarios, recorrió los flamantes Estados Unidos de América en procura de la pócima secreta de la democracia.

Se trataba, pues, de un espíritu sensible, profundamente embebido de las ideas iluminadas (la necesidad de la razón, la inevitabilidad del progreso, la vigencia del humanismo), el de Alexis de Tocqueville. Se trataba también de la mirada panorámica de un Tocqueville que, en palabras de Octavio Paz, “traspasa la superficie de una sociedad y de una época”.

La historia es la siguiente: en 1831 el viaje de dos magistrados franceses, el mencionado Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, a Estados Unidos, de cierto modo trazó los primeros planos de la ciencia política contemporánea.

Este periplo conjunto resultó en La democracia en América, un largo y sesudo ensayo en dos tomos, que muestra la perplejidad y la fascinación de un joven Tocqueville con el nacimiento de un país al otro lado del océano. Aunque el viaje se hizo en conjunto, fue, sin embargo, el ojo crítico de Tocqueville el dínamo de esa invención: lo que empezó como una misión puramente burocrática (un análisis del régimen penitenciario estadounidense) terminó en un lúcido estudio del alumbramiento de una principiante república.

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El viaje de nueve meses que realizara en 1831 Alexis de Tocqueville (1805-1859) a través de Estados Unidos en busca de información sobre las reformas del sistema penitenciario norteamericano inspiró una de las más importantes obras de teoría política y de interpretación histórica de la época contemporánea.

Si el viaje fue en tándem, los jóvenes franceses sufrieron distinta suerte: si hoy Tocqueville es la estrella de rock, penosamente a Beaumont se lo recuerda como a su alter ego; un combo parecido al de Michel de Montaigne, la celebridad, y su mejor amigo, Étienne de la Boétie.

El caso es que Tocqueville invirtió el viaje en analizar desde el mismo terreno las premisas y condiciones que llevaron a la fundación de Estados Unidos de América y a convertirse, en pocas décadas, en potencia comercial, militar y política.

Claramente Tocqueville, acostumbrado a las milenarias instituciones francesas, herederas de lo antiguo y lo medieval, quedó deslumbrado con la ilusión estadounidense: un acuerdo social basado en la felicidad común (aunque la esclavitud haya sido un tumor centenario), un presidente obligado a rendir cuentas a la gente y a limitar sus poderes, un conjunto de Estados viviendo en federación (aunque la Guerra Civil haya sido la metástasis), así como la primera Constitución escrita y codificada de los tiempos modernos.

Lo que Gore Vidal en su tiempo llamó “la invención de una nación”, en relación a la paciente construcción de un nuevo país.

Empecemos a conocer al personaje. Alexis de Tocqueville (1805-1859), siempre de temperamento artístico, analítico y proclive a la observación, nació tiznado por la Revolución francesa: parte de su familia pasó por la guillotina, uno de sus bisabuelos fue defensor de Luis XVI y también vio cómo el proceso revolucionario que buscaba la república mutó en imperio, para poco después desembocar en la restauración de la misma monarquía. Tras sus estudios en la Sorbona —y su inicial admiración por la monarquía parlamentaria británica—, la coronación en 1830 del “rey-ciudadano”, Luis Felipe, lo convenció de que Francia avanzaba hacia un nuevo sistema político, más basado en la innovación de Estados Unidos que en la pompa y circunstancia del Reino Unido.

Con esos antecedentes, rápidamente, en el caso de Tocqueville, el viaje a Estados Unidos se convirtió en una expedición de análisis del nuevo régimen político estadounidense (la primera república contemporánea nacida tanto de un acuerdo social y político, como de las antiguas ideas grecolatinas y de las enseñanzas de la Ilustración), que lo llevó a visitar, entre otros lugares, Boston, Filadelfia, Nueva Orleans, Nashville, Memphis, Washington y la propia Nueva York, donde inicialmente se había apeado.

La inextinguible curiosidad de Tocqueville, sumada a sus entrevistas con varios de los actores de este proceso político, derivó en La democracia en América, un verdadero tratado respecto de las razones, de los factores y de las enseñanzas sobre la Constitución y el temprano funcionamiento de Estados Unidos. Es importante decir que desde 1835 su ensayo no ha dejado de reeditarse, reimprimirse, citarse y debatirse.

El tema importante es que La democracia en América prefiguró muchos de los desafíos de la política del siglo XX: las relaciones entre las mayorías y las minorías, las tensiones entre las libertades y la igualdad, así como los desafíos de la representación política, fundamentalmente. Siempre didáctico, el profesor Jacques Barzun, evaluó en Del amanecer a la decadencia (un libro de divulgación histórica que me ha hecho compañía desde hace tiempos) la importancia de los viajes de Tocqueville:

“En realidad, sobre los Estados Unidos solo hubo una obra exhaustiva y fiable: La Democracia en América de Tocqueville… Las minuciosas explicaciones que daba Tocqueville sobre la constitución estadounidense y el gobierno federal, sobre las instituciones locales y la prensa, así como sobre las ideas y actitudes predominantes en relación a cada uno de los elementos de la estructura, demostraban ampliamente que Estados Unidos no estaba gobernado por los menos capaces…

El retrato era una reivindicación de Rousseau y de Jefferson, así como del espíritu de la Ilustración. Esa imagen ha calado tan hondo en los estadounidenses que citar a Tocqueville tiene la fuerza de las Escrituras. Los presidentes norteamericanos nunca dejan la Casa Blanca sin haberle citado”.

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Aunque de raigambre monárquica, tras su viaje a Estados Unidos, Alexis de Tocqueville se convenció de que el futuro de la humanidad pasaría por la instauración de regímenes democráticos que combinaran adecuadamente las libertades públicas con políticas que lleven a cierta igualdad.

Del mismo modo, este magistrado francés innovó en el análisis de la sociedad civil (una variación de la ciudadanía) como cuerpo separado del Estado y en los peligros de lo que él mismo llamó “la tiranía de la mayoría”.

Es decir, la posibilidad cierta de que las mayorías, por asuntos aritméticos, aplanaran y colonizaran los derechos de las minorías. La trascendencia de la obra de Tocqueville está, justamente, en su capacidad de vaticinar los peligros de la democracia, desde la perspectiva de una república en ciernes. Desde ese punto de vista, su ensayo es casi un ejercicio de laboratorio.

Para cerrar, de acuerdo con André Jardin, su biógrafo canónico, el trabajo de Tocqueville terminó por trascender sus tiempos. A su muerte, era una autoridad intelectual en Inglaterra, Francia, Alemania y, por supuesto, en Estados Unidos.

Y concluye Jardin que (mi traducción) “Debemos apuntar que Tocqueville encontró una mayor audiencia a medida que las dolencias del mundo moderno —el totalitarismo, la alienación del ser humano con la sociedad de consumo, la omnipotencia de una burocracia anónima— han sido reveladas. Porque él denunció estos males, Tocqueville aparece como nuestro contemporáneo”.

Así, Alexis de Tocqueville viajó para trascender sus tiempos e iluminar los nuestros. Hizo las Américas y plasmó sus hallazgos en un ensayo revelador, radiante y todavía vigente. El viaje nutre el pensamiento, lo enriquece y abre trochas.