Tiro de pechuga en La Prosperina
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Tiro de pechuga en La Prosperina

Tiro de pechuga

Por Arturo Cervantes

Fotos Guido Bajaña

Esta revista debería tener audio. Debería tenerlo para que usted, estimado lector, tenga una idea de lo que es entrar a una gallera. Trataré de ser lo más descriptivo posible, aunque soy consciente (solo ahora lo sé) de que la que escritura es limitada, hasta un tanto mezquina, diría. Las onomatopeyas no sirven de mucho. El vano esfuerzo por describir lo imposible, tampoco. Insisto: ¡esta revista debería tener audio!

Imagínese el cacareo de un gallo en el interior de algo que se asemeja a un coliseo. Añádale 50 gallos al lugar, o sea, 50 cacareos más. Estruendosos cacareos. Todos al mismo tiempo. Ahora, súmele la presencia de 12 vendedores que luchan por hacerse escuchar, gritando que venden (léase con tono veloz, de vendedor callejero): cebiches de pescado, dulces de piña, de higo y de manjar, chuzos, natillas, cocadas, alfajores, cigarrillos, caramelos, refrescos… La suma continúa: agregue el ruido que produce una botella Pilsener de vidrio al ser lanzada con violencia al suelo (¡crac!). Violencia propia de un gallero cincuentón pasado de copas. Y los gritos apasionados de decenas de aficionados. Y aún más: la música que exhala un gigantesco parlante moreno. Vicente Fernández con una canción ranchera a toda madre:

Linda la pelea de gallos,
con su público bravero,
con sus chorros de dinero,
y los gritos del gritón.

(…)

Ya comienza la pelea,
las apuestas ya cazadas,
las navajas amarradas,
centellando bajo el sol.

Cuando sueltan a los gallos,
temblorosos de coraje,
no hay ninguno que se raje,
para darse un agarrón.

La música, cada tanto, es interrumpida por un señor de voz carrasposa que anuncia a gritos los turnos de los competidores:

—Señores de Rocafuerte (provincia de Manabí), en 15 minutos acercarse a la mesa.

En rigor, la música no debería ser parte de la fiesta porque “desconcentra a los gallos”, o al menos eso es lo que dice Hugo Zambrano, quien lleva seis años asistiendo a espectáculos de este tipo. Porque esto, señores y señoras, lo que se vive en la gallera La Prosperina de Guayaquil es todo un espectáculo.

Gran trabajo para los oídos: identificar sonidos provenientes de todas partes. No llevaba más de dos minutos en el lugar cuando, de repente, a pesar del ensordecedor ambiente, logré escuchar mi nombre: —Arturo —me gritaron—. ¡Al fin llegaste! Di media vuelta. Era Marcos Díaz, un gallero trigueño y pasado de kilos al que había seguido el rastro la semana previa a la competencia. En realidad no lo había seguido a él, sino a uno de sus gallos: un dominicano robusto, negro como un Doberman, con alas coloradas y una cresta diminuta. Tenía cinco peleas invictas. O, lo que es lo mismo, cinco peleas sin conocer la muerte. A diferencia de cualquier otro deporte, en las peleas de gallos el pleito termina cuando uno de los dos luchadores muere. Pueden empatar, quedar bien parados, vivos, pero para eso tendrán que transcurrir diez eternos minutos. Lo normal es que, en cuestión de minutos, o segundos inclusive, uno de los dos animales muera víctima de una embolia o de un derrame. Eso es lo normal en una fiesta en la que la muerte es la invitada de honor.

—Depredador ya mismo compite —aseguró Marcos con emoción. Así llamaba a su gallo. Y no era en vano. Pocos días antes, observé sus entrenamientos: tenía serios argumentos para justificar su nombre.

El trámite para competir es, más o menos, sencillo. Marcos, su disimulada gordura y su temerario gallo enjaulado llegaron a la gallera La Prosperina. De inmediato puso al animal sobre una tabla vieja que sirve para cotejar (cotejar: dícese, en lenguaje gallero, del acto de comparar dos o más gallos hasta encontrar —al ojo— similitudes en estatura y, luego —con la ayuda de una balanza—, en peso). Al colocar su gallo en una balanza de cuero, asombrado, descubrió que Depredador había bajado de peso: ahora pesaba tres libras con 12 onzas. Una onza menos de lo que pesaba la noche anterior. Al parecer, la dieta a base de maíz había funcionado. Un manabita, que vestía un pescador caqui y una camiseta pirata del Inter de Milán, al ver las aproximaciones que existían entre su gallo y el de Marcos, lo retó a un duelo. Incluso lanzó una cantidad: 500 dólares. Así, como si nada. Como si fuesen caramelos los que estuviesen en juego. Marcos aceptó. Le tenía mucha confianza a su gallo. El manabita, por lo visto, también. Serio problema.

Después fue necesario hacer oficial el asunto, para que ninguno de los dos galleros se hiciera el distraído al final del combate. Ambos depositaron los 500 dólares en un “banco” destinado para el caso. Luis Eureta —quien hace las de tesorero en La Prosperina— fue el encargado de recibir los mil dólares. Eureta repartió a los competidores dos papeles. Uno para cada uno. En el primero constaba por escrito: “Marcos Díaz. $ 500”. Y en el restante: “Emilio Monje. $ 500”. Al finalizar el combate, el juez es la persona encargada de entregar el papel del ganador al tesorero. Los 500 dólares no son en su totalidad del gallero que resulte victorioso. De ese valor se descuenta un 15 por ciento: diez por ciento por la inscripción al torneo y cinco para pagar al juez. Le dieron turno (pelearía después de que concluyeran dos peleas), y eso fue todo. Así de simple. Así de rápido.

Todo está listo. Tomé puesto en segunda fila y esperé a que Marcos y su gallo entraran al circo, el espacio físico destinado para que los gallos derramen su sangre. Dinero a cambio de sangre. El escenario bélico es redondo y de tierra. Es una especie de coliseo romano, pero versión maqueta. Hay gradas para que los aficionados-apostadores se sientan más cómodos. Aunque ni tanto. Sentados pueden estar 62 personas, el resto tiene que estar de pie, apoyando sus brazos en una baranda oxidada. El resto son muchos. Decenas. Desde que logré sentarme en segunda fila (privilegio periodístico) no he dejado de recibir ofertas. Las apuestas entre el público, esas sí, son de palabra. Siempre se cumplen, caso contrario el “estafador”, fácil, puede recibir una docena de golpes por parte de los galleros. Después vendría la exclusión social: lo sacan de la gallera y se le impide su ingreso de por vida. Aquí nadie intenta hacerse el vivo. Al fotógrafo, Guido Bajana, también lo han bombardeado con apuestas de todo tipo. Por un momento pensé que ambos llevábamos colgados un cartel invisible que decía: “Estáfame, soy inexperto en gallos”. Las rechacé todas, como si provinieran del diablo. No tanto por temor a ser estafado, sino porque solo cargaba 20 dólares en mi bolsillo; 20 dólares, créanme, en medio de tanto fanático que a cada rato exhibe sus voluptuosos fajos de billetes, es nada. Ese dinero lo estaba guardando para el gallo de Marcos Díaz. Más por compromiso que por convicción.

Marcos ingresa al circo. Viste una camiseta negra con rayas blancas y amarillas, un jean desteñido y una gorra beige. En sus brazos carga a Depredador. La imagen, si se la analiza, no es muy congruente: Marcos sostiene, de forma paternalista y hasta con cariño, a un animal con serios problemas de comportamiento. Un animal tan bravo que hasta sufre del hígado. Las apuestas, entre los aficionados, comienzan. Caen como gotas espesas provenientes del cielo. Caen como cae un clavadista desde una plataforma de 20 metros. Caen como piedras lanzadas de una terraza.

—Le voy cinco (dólares) a patas verdes.

—¡Dale!

—Le voy 10 a patas rojas.

—¡Lo tomo!

—¡25 a patas verdes!

—…

Depredador es patas verdes. No es que las tenga, sino que le han colocado un cintillo de ese color en esas extremidades para poder ser identificado. A su rival lo llaman patas rojas. Las apuestas se gritan para que todos puedan escucharlas. No se las dirige a nadie en específico. El que quiera tomarlas las toma. Bastará un movimiento de manos o un simple: “¡Lo tomo!” o “¡Le voy!” para cerrar el trato, tal como en la Bolsa de Valores Wall Street. Me animo a participar. “Voy 20 dólares a patas verdes”, grito. Un tipo que aparenta tener más años que la tortuga George se volvió 180 grados hacia mí para mirarme. Es de esos tipos que se peinan echándose todo el pelo hacia un lado para que no se note su calvicie. “¡Lo tomo!”, me responde. Sorprende verlo ahí, despierto, gritando, apostando. Acabo de establecer un trato con un anciano que, seguramente, ha pasado gran parte de su larga vida en esta gallera. Y que, no lo dudo, sabe lo que hace.

***

Las espuelas son a los gallos lo que las manos son a Jackie Chan. Lo son todo. Son sus únicas armas de combate. Son como navajas que los gallos llevan en sus patas y que sirven para herir-matar a sus rivales. Los gallos no saben de llaves ni de puñetes secos. Su estrategia es simple: agarrar con su pico a su enemigo y dar patadas hasta clavar sus filudas espuelas en el cuerpo de su oponente. Ahora bien, las espuelas naturales, además de que tardan mucho en crecer, no son tan afiladas como las artificiales. Por esa razón, en las peleas de gallos se utilizan estas últimas. Las hay de dos tipos: de hueso de pescado (extraídas del pez sierra) y las de plástico. En La Prosperina se usan espuelas de plástico. Si bien es cierto que estas no son tan dañinas como las de pescado (y reducen las posibilidades de producir quistes), a la hora de la pelea, se convierten en herramientas mortíferas. El procedimiento para colocarlas tarda pocos minutos: primero se recortan o se liman las espuelas naturales; luego se limpia y desinfecta la poca sangre que sale del animal y se coloca una cera para enganchar las nuevas espuelas. Finalmente se las forra con esparadrapo, por si las moscas se quieran salir en pleno combate.

***

Los dos galleros están frente a frente. Sostienen a sus crías, a las aves hoy cotizadas en 500 dólares. Valor que, dicho sea de paso, en el país equivale a más de dos salarios básicos. Están picando a los animales, es decir, acercándolos y alejándolos para que entren en calor, en coraje. No los sueltan todavía. Es un ritual que no deja de ser necesario: los gallos se conocen mutuamente. Cero amistad de por medio. Depredador conoció al animal al que debe destrozar. Eso, si le da la gana de portarse amable con mi bolsillo, el de Marcos y el de muchos aficionados que confían en él.

Trataré de narrar la pelea con tono de periodista radiofónico apasionado por Barcelona:

El juez pita, los galleros sueltan a sus gallos y arranca el combate. Depredador se aproxima a patas rojas. Está con rabia. Mucha rabia. Conecta una patada en el ala derecha de patas rojas. Patas rojas se enoja y también lanza una patada. Su espuela queda enganchada en la carne abdominal de Depredador. El juez interviene. Su silbato suena y los galleros ingresan al circo para separar a los gallos. El juez vuelve a pitar. Los galleros sueltan a sus animales, no sin antes acariciarlos, darles besos. Los sueltan para que, ahora sí, de una vez por todas, terminen con su oponente. Depredador está caliente. El público se emociona, silba, agita las manos, grita (“¡Métale patas verdes!”, “¡Dale duro que es gallina!”, “¡Pique, dele, pique, pique, pique…!”) El dirigido por Marcos Díaz aletea hasta elevarse ligeramente. En el aire, lanza una patada con destino al ojo derecho de patas rojas. “¡Ahí!, ¡ahí!”, gritan en las gradas al observar esa patada. Patas rojas tambalea. Las filudas espuelas lastimaron su ojo. Está sangrando. Depredador no da tregua, nuevamente conecta una patada. Esta vez le da en el pecho. Eso fue todo, señores y señoras, Depredador acaba de ganar la batalla. Esa patada atravesó el pulmón de patas rojas. Lo suficiente para matarlo.

Ese golpe ganador es conocido, en la jerga gallística, como “Tiro de pechuga”.

Marcos Díaz se muestra sonriente. Siempre lo está, pero ahora que se sabe ganador, se le nota aún más. Levanta a Depredador como quien levanta el trofeo de la UEFA Champions League luego de ganarla. El público aplaude. Yo grito su nombre y él me escucha. Le enseño el billete con el rostro del expresidente gringo Andrew Jackson, que acabo de ganar. Él se ríe. Se ríe con ganas. Yo también me río. No es para menos: jamás había ganado 20 dólares sentado, viendo 38 segundos de enemistad ajena.

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