Edición 435 - agosto 2018.
El tío Alejo llegaba descalzo a los dos metros, de tal manera que resultaba un esfuerzo verle más arriba de la cintura porque te cegaba el sol o te dolía la nuca. Era algo así como tener un gigante de cuento flotando por la casona. Usaba los zapatos más grandes del mundo, que cuando los encontrabas solos, tirados por ahí, no parecían zapatos de persona sino de ogro.
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