¿Tienen que educarnos los medios de comunicación?
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¿Tienen que educarnos los medios de comunicación?

Por Rafael Lugo.

Ilustración: Tito Martínez.

Edición 450 – noviembre 2019.

Firma--LUgo

Hay una respuesta que aparece casi de inmediato: no, no tienen que educarnos. Para eso están la casa, la escuela, el colegio y la universidad.

En principio hay lógica y coherencia en esta respuesta. Se supone que debemos ser responsables de nosotros mismos. Vivimos en una época en la que el acceso a la información está más cerca que el acceso al agua. Deberíamos respetar los espacios y las responsabilidades de cada sector. Los medios están para informar y para entretener. No tienen responsabilidad de nuestra formación intelectual. Hay sentido en estas conclusiones, sin duda.

No obstante, parecería que no es una obligación de los medios fomentar nuestro desarrollo cultural, pero sí, definitivamente sí se está volviendo una necesidad. Una necesidad para ellos mismos.

Me explico. Y tendré que repetir algo que he venido diciendo por años. Hay demasiada similitud entre la búsqueda del rating y la búsqueda del voto populista. Y esta característica del público que comparten medios y políticos es una serpiente que ya se está comiendo la cola.

En el caso de los medios de comunicación que pretenden seguir siendo lo más objetivos y libres que se pueda, tener como público a una población que no puede distinguir entre secuestro y presencia voluntaria, o entre protesta social y golpe de Estado, solo les garantiza violencia y gritos alevosos.

Ha sido una excepción en los distintos medios de comunicación del Ecuador el espacio prioritario y relevante para los pensadores ecuatorianos y del mundo. ¿Cuántas páginas o minutos de televisión se le han dedicado a personajes como Iván Carvajal y cuántas a Ricardo Patiño? Esta simplificación no es una reducción al absurdo de las cosas. Es un pequeño ejemplo, nada más.

Se dice que “el cliente siempre tiene la razón”, pero esto no puede ser la columna principal en la estructura editorial de los medios de comunicación. Sencillamente, porque en nuestro país esto significa convertirse en parte activa, masiva y eficaz de la proliferación de la imbecilidad.

Todos recordamos las historias de las quemas de brujas en Salem. Populachos enardecidos por la ignorancia más sublime difundida por los púlpitos más protervos. En el caso de los medios de comunicación del Ecuador, no es exagerado decir que, pese a que también tienen púlpitos, terminan siendo incendiados por un populacho de similar ralea, pero con distinta religión. Algo no está bien.

Solamente cuando un periódico o canal de televisión está bajo el asedio de un político cuya fuerza está en el populacho (a quien hemos tratado de agradar en pos del rating), es cuando se acuerdan de convocar a las voces sensatas y formadas. Es un poco  hipócrita el asunto, déjenme decirles.

Nos han bombardeado de superficialidad y comodidad, y luego esperan que el grueso de la gente comprenda la importancia de la libertad de expresión, como le pasó al diario  El Universo de Guayaquil, cuya persecución correísta poco importó a sus propios lectores.

El odio irracional, del tipo que se contiene en una frase como “prensa corrupta”, germina con facilidad en mentes áridas que saben más de fútbol que de derechos constitucionales. Podemos seguir hasta llenar cien páginas de ejemplos.

En esta misma línea, estoy convencido de que tarde o temprano ciertos medios sufrirán las consecuencias de ser una especie de púlpito evangelizador. No hablo de karmas ni de otras creencias místicas sin ningún sustento racional, sino de consecuencias intelectuales. Por algún lado van a pagar y la factura les será entregada por sus mismos devotos a quienes contentan (por ahora) con su postura curuchupa y conservadora. Cuando por los azares del destino necesiten razonamiento lógico, respeto a las evidencias, objetividad, no la encontrarán en el grueso de su público. Van a ver lo que les pasa por santurrones.

Así, mi conclusión es que para los medios de comunicación la responsabilidad de educarnos es discutible, pero su necesidad de hacerlo es imperiosa.

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