Edición 448 – septiembre 2018.
En mi generación había una costumbre: cuando un hombre casado ingresaba solo a una discoteca, a un bar o a algún otro sitio donde era posible el ligue (precioso término que usan los españoles para lo que otros llaman flirteo y nosotros levante), lo primero que hacía era sacarse el aro de matrimonio y guardárselo en el bolsillo.
Con solo esa secreta acción (que los jóvenes actuales probablemente consideren irrelevante pues, si el matrimonio es una costumbre en vías de extinción, el aro deviene en un adminículo completamente arcaico) quedaba borrado el pasado y abierto el camino para la conquista, para las promesas de amor que irían surgiendo a lo largo de una noche de sorpresas, ternezas y aventuras, en que cualquier mentira era posible, sin trabas ni cortapisas.
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