Suecia, la pandemia sin mascarillas
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Suecia, la pandemia sin mascarillas

Diners 464 – Enero 2021.

Por: Valentina Rodríguez.
Fotografía: Shutterstock.

La última mascarilla utilizada empezó su travesía en Quito. Salió de su empaque a las ocho de la mañana del 7 de julio, con un celeste pulcro que irradiaba sanidad. Tras treinta horas entre aeropuertos, aviones y taxis terminó su viaje, con los elásticos flojos, el 8 de julio a las nueve de la noche en la mesa de un departamento de Estocolmo. Pasó de ser un accesorio obligatorio en el Ecuador, a cumplir cuatro meses de confinamiento en un cajón olvidado de su nuevo hogar en Suecia. Un país que enfrenta la pandemia de la covid-19 sin mascarillas ni cuarentena.

Emelie extiende su toalla en el parque y —sin pensarlo— se quita la ropa. No solo su rostro está descubierto, todo su cuerpo está desnudo. Junto a ella, separados entre sí por un par de metros, por lo menos una docena de personas imitan su desenfadada rutina de bronceado.

Me acerco a Emelie. Mi mano en el bolsillo sostiene con fuerza mi mascarilla, como si tuviera el don mágico de protegerme guardada.

—¿La distancia es por la pandemia? —le pregunto.

—¿Te refieres a la covid? —dice como si cupiera la duda—. No, es una típica escena de verano en Suecia: todos asoleándose desnudos respetando la famosa “prudente distancia sueca”.

Más tarde entendería aquello de la “prudente distancia”, una especie de “sano distanciamiento” prepandemia, que los suecos respetan hace por lo menos cuatro generaciones y que va desde evadir a los vecinos en el ascensor y corredores, evitar contacto físico en saludos o despedidas, hasta pararse siempre a dos metros de distancia del otro.

A pocos pasos de quienes se broncean, Peter practica su rutina de ejercicios en el gimnasio al aire libre del mismo parque. Comparte máquinas con otros cinco deportistas que sudan por el esfuerzo y el calor. Todos llevan ropa ligera y las cavidades respiratorias expuestas.

Son las diez de la noche y el sol sigue brillando en Vasastan, un barrio de Estocolmo famoso por la vida nocturna en verano. Las calles están llenas de mesas de restaurantes cercanos, todas repletas de comensales que comparten en pareja, en grupos, con niños y ancianos.

Un par de anuncios desgastados pidiendo dos metros de distancia y unas pocas botellas de alcohol olvidadas en las puertas de los locales son los rastros más visibles de la política sanitaria.

Mientras el mundo afronta la “nueva normalidad”, poniendo de cabeza su rutina e interacciones sociales, Suecia es una burbuja de normalidad: con covid, pero sin miedo; con una cultura de distanciamiento social, pero sin mascarillas; con teletrabajo, pero sin confinamiento o cierre de emergencia; con poco contacto físico, pero con una vida social activa.

Un hombre de rostro serio e inmutable, con cabello entre blanco y castaño, marcas de edad que revelan sus 64 años y un estilo clásico de suéteres monocromáticos por los que sobresalen cuellos de camisa, es el epidemiólogo detrás de la política sanitaria de Suecia: Anders Tegnell. El experto, con treinta años de trayectoria en enfermedades infecciosas, no recomienda el uso de mascarillas en personas sanas, y disfruta de la jardinería y los viajes.

‘Lagom’, el secreto sueco para vivir feliz y tranquilo. El origen de la palabra –que se ha convertido en un sello sueco– es antiguo. “El mito popular es que vino del acortamiento de laget om (‘alrededor del equipo’) durante la era vikinga, cuando se pasaban entre todos un cuerno con una bebida alcohólica y se suponía que todos debían tomar lo justo. Pero la palabra en su verdadero origen significa ‘según la ley’, y apareció en los siglos XVI y XVII”. Fuente: eltiempo.com

El doctor Tegnell —como buen sueco— no prohíbe ni obliga, recomienda un distanciamiento social voluntario, evitar el transporte público y las reuniones de más de cincuenta personas. Nada que altere la cotidianidad de sus compatriotas, que llevan la distancia social en sus genes, que se movilizan a diario en sus bicicletas disfrutando los paisajes de las ciclovías y que prefieren una cena con un par de amigos a una fiesta multitudinaria.

Björn, cuyo nombre está en la lista de los más comunes, me explica que el confinamiento es una opción poco viable en Suecia, donde las personas disfrutan los parques sin importar el clima, la salud mental es una prioridad sanitaria y la depresión es un efecto común por la falta de luz en invierno.

En Estocolmo siempre hay algún lugar rodeado de árboles o naturaleza cerca, según Statista la ciudad tiene un poco más de setenta metros cuadrados de espacio verde por cada habitante.

—Los suecos apreciamos un estilo de vida al aire libre: en otoño e invierno es vital una caminata al día para absorber luz solar y, después de meses de frío y oscuridad, necesitamos aprovechar los cálidos y largos días de sol de primavera y verano. Suecia ha optado por una política libre de mascarillas y confinamiento, pero coherente con su cultura y modo de vida, agrega Björn.

Tomar medidas extremas irían contra la filosofía Lagom, que es el corazón del estilo de vida sueco, enfatiza Sofia. Esta palabra no tiene traducción, pero se refiere a la justa medida: ni excesivo ni muy poco. Un equilibrio inalterable por el que un sueco procura no hacer un escándalo, pero tampoco reprime sus juicios; que sueña con un bote y una villa para el verano, en lugar de una mansión y ruidosos autos deportivos, y que se preocupa por la pandemia y sus efectos, pero sin alterarse al grado del pánico.

—Nuestra política sanitaria es Lagom: suficiente para cuidarnos, pero sin alterarnos. Sacarnos de ese equilibrio casi zen podría causar una crisis social y una pandemia de enfermedades mentales tal vez más grave que la covid —reflexiona Sofia.

Los suecos siguen saliendo a la calle con la cara descubierta. Ya sea en el metro de Estocolmo, en los centros comerciales o incluso visitando a una persona mayor en una residencia, la gran mayoría de los 10 millones de habitantes del país no usan mascarilla. Fuente: eltiempo.com

En la gráfica comparativa de Google sobre la covid-19 en Suecia, sobresale entre todos los meses el pico de contagios registrado en los pocos días que van de noviembre. La “segunda ola” de Europa coincide con los típicos resfriados por la llegada del invierno en Suecia. Más de uno ha confundido los síntomas, dice Erik mientras da un paseo con su perro en la oscuridad de las cuatro de la tarde, que se confunde fácilmente con las diez de la noche.

La novedad de la última semana de octubre fueron las nuevas recomendaciones sanitarias. “Abstenerse” es la forma más estricta de pedir a sus ciudadanos que no visiten lugares cerrados (centros comerciales, gimnasios, museos, etc.), que “de ser posible” no tengan contacto físico con personas con las que no conviven y que los mayores de quince años se abstengan de actividades deportivas en grupo. Ahora, los restaurantes solo reciben grupos de hasta ocho personas, pero las mascarillas aún no son obligatorias si no hay síntomas y el confinamiento estricto no se aplica, como han optado otros países europeos.

Erik coincide con Sofia en que aplicar medidas extremas en su país podría desatar una ola de enfermedades mentales que agravaría la situación. Recalca que, aunque el número de casos ha incrementado notoriamente en Suecia, el número de muertes no ha seguido este patrón ni ha llegado a las tres cifras, como sucedió en los peores días de abril. Con su rostro y su voz inmutables, Erik me cuenta que su abuela falleció por la covid hace un par de meses: “Está bien, ya era mayor”, dice sin lamentaciones.

Esa reacción ante la muerte de alguien cercano ya la había observado en mis compañeras de estudios, Freja y Jennifer, quienes también perdieron familiares por la covid-19. La tasa de muertes por la pandemia en Suecia supera en miles a la de sus vecinos escandinavos Dinamarca, Noruega y Finlandia y, con esa excusa, le confesé a Erik que me sorprendía la naturalidad ante la muerte que había visto en él y otros amigos suecos.

—Como puedes ver el invierno aquí dura varios meses, así que convivimos con la muerte desde la naturaleza y nuestro entorno. A finales de octubre los árboles pierden todas sus hojas y quedan en ramas secas, pero para abril están nuevamente verdes y con flores. Es un ciclo natural donde la muerte es parte de la vida. Esta reflexión la leí en un libro sobre la filosofía Lagom de Suecia. Aunque otra explicación es que somos uno de los países menos religiosos del mundo.

Esta última afirmación salta a la vista en pocos días en el país nórdico, no solo es un mito. En un artículo de 2015 de la BBC, Suecia figura como el tercer país menos religioso del mundo, solo alrededor del 19 % de la población practica alguna religión.

Antes de despedirnos Erik me recuerda que una de las razones principales por la que los suecos están felices de pagar más del 30 % de su salario en impuestos es por su sistema de salud pública que, aunque como todos se ha visto afectado por la crisis sanitaria, mantiene gran confianza en la población, y esto alivia su estrés frente a la pandemia. Así como sus beneficios laborales en medio de despidos masivos, que también han impactado a Suecia, y la educación gratuita desde la guardería hasta la universidad.

Su política sanitaria sin mascarillas ni confinamiento, su percepción de la muerte, su estilo de vida Lagom —que atraviesa la cultura desde lo personal hasta lo laboral— y su amabilidad y buen humor, incluso durante el largo y oscuro invierno, son aspectos de Suecia que se entienden, dejan de sorprender y se asimilan tras unos años aquí, opinan otros migrantes.

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