Sucre, el hombre de la guerra

La batalla de Pichincha se ganó gracias a una táctica y una ejecución inteligente de Sucre.

Tras una noche de lluvias intensas, en las primeras horas del 24 de mayo de 1822, los débiles rayos del sol recién habían logrado traspasar las nubes en las partes bajas y medianas de la montaña.

Con los ojos aún legañosos, las tropas del general Melchor Aymerich, que acampaban en El Panecillo, advertían un inusual movimiento entre los árboles y matorrales. No lo podían creer, eran las tropas republicanas: alertas con toque de clarín.

Al frente occidental de El Panecillo, en lo que hoy se denomina la Cima de la Libertad, también había sorpresas. Las tropas del general José Antonio de Sucre, desilusionadas, no podían creer lo poco que habían avanzado desde la noche del 23 de mayo.

La aventura había comenzado en Chillogallo, pretendían llegar hasta Iñaquito cobijados por el bosque y, desde ahí, atacar por la retaguardia a las tropas colonialistas.

Sucre.
Fotografía: Christoph Hirtz.

La maniobra militar de Sucre fue considerada tan estratégica como osada por los realistas atrincherados en el sur y en El Panecillo para cerrar el avance del general.

Ese cerro más las lomas de Puengasí eran un tapón geográfico que impedía toda posibilidad de acercamiento. Aymerich, que había reemplazado a Murgeon, ni siquiera sospechaba la posibilidad de que las tropas independentistas se alzaran con una victoria.

Confirmada la presencia de Sucre en la montaña, los españoles se lanzaron a enfrentarlo. En un principio el combate fue desigual, los realistas eran más numerosos y habían descansado.

Al contrario, los republicanos, después de caminar y cabalgar toda la noche, estaban exhaustos. Tuvieron que cambiar los métodos de guerra, recurrieron a las bayonetas y a la lucha cuerpo a cuerpo.

La victoria patriota y luego la capitulación de Aymerich fueron los mayores hitos de la guerra y la confirmación de que Sucre fue el militar fundamental; Bolívar no se equivocó al encargarle la arriesgada misión de liberar a Quito.

“Si la providencia nos hubiese concedido el derecho de elegir a nuestros familiares habría elegido como hijo al general Sucre”, señala la biógrafa Marie Arana en Bolívar, libertador de América.

Según Arana, la epopeya de Sucre “no pudo evitar una punzada de celos” en Bolívar. La batalla de Sucre en el Pichincha —dice la historiadora— , y no la suya en Bomboná, “pasará a la historia como la tercera hermana de Boyacá y Carabobo”.

“Sucre tenía mayor número de tropas que yo y menos enemigos, el país (Quito) le era muy favorable por sus habitantes y por la naturaleza de su terreno; nosotros, por el contrario, estábamos en el infierno (al sur de Colombia) lidiando con los demonios”, cita el inglés John Lynch en su libro Simón Bolívar.

“La batalla de Pichincha, la tercera gran victoria de la revolución al norte de Sudamérica, se ganó gracias a una táctica inteligente y a una ejecución magnífica”, añade Lynch en su biografía.

Lynch cita una carta de Bolívar al vicepresidente de la Gran Colombia, Francisco de Paula Santander, que sintetiza el valor de Sucre durante la guerra por la Independencia:

“Es una gloria que dos de mis amigos y segundos hayan salido dos prodigios… yo soy el hombre de las dificultades —reconocía Bolívar—, usted (Santander) el hombre de las leyes y Sucre el hombre de la guerra”.

La posteridad —decía Bolívar— representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí. La hazaña del Pichincha fue solo el comienzo, el mariscal venció en el Alto Perú y se convirtió en el inmortal mariscal de la guerra por la Independencia de América.

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